La batalla cotidiana de los trabajadores callejeros

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Florencia, Rubén y Bernardo son vendedores callejeros de La Plata pero su realidad es similar a la de los más de 8 millones de trabajadores informales del país. Con el desempleo llegando al 10 por ciento, cada día se les hace más difícil sobrevivir. Compran los productos para revenderlos y tiene que remarcar los precios cada quince días. Venden lo justo y cada vez ganan menos. “Está todo parado”, dice Florencia que vende jeans. Además de la caída de las ventas –y el aumento de los servicios, el alquiler y la comida–, deben soportar la hostilidad policial constante que les impide trabajar para poder ganar lo mínimo. 

Fotos: Joaquín Salguero

Los Hornos es un barrio ubicado a las afueras de La Plata, uno de los más populares y poblados de la ciudad, con 60 mil habitantes. En el último lustro, además, se ha convertido en un atractivo centro comercial y burocrático que, para cientos de platenses, es la mejor opción para evitar el vértigo de la zona céntrica. Sin embargo, la calma se ha perdido. Día a día, semana a semana, los visitantes son los testigos perfectos de una nueva fachada en las vidrieras de los locales: palabras como “liquidación por cierre” –pintada o pegada con letras blancas–,  “rebajas de 40 por ciento”, o “2 por 1” concentran la curiosidad en las veredas. “En un radio de quince cuadras, en la avenida principal, cerraron cuatro negocios en menos de un mes”, dice José Pardo, que atiende un puesto de diarios en una esquina. “La gente sigue viniendo, pero consultan, entran a los locales, dan un par de vueltas y no compran nada –explica–. En mi local, me cancelaron suscripciones y las revistas para niños y de espectáculos, que son las que más suelo vender, bajaron más de un 50 por ciento”.

Todas las semanas Florencia Marinelli, de 29 años, recorre las calles de Los Hornos para vender jeans. Tiene un emprendimiento que se llama “Citrino”, donde capacita a un grupo de revendedoras. Para atraer a los clientes suele diseñar un folleto con precios y modelos de ropa. “Voy hasta Capital Federal a comprar los jeans, pero en el último mes ha sido un caos. Por ejemplo, le pongo un precio a los productos en los folletos que luego tengo que modificar porque cada quince días me lo suben un 15 por ciento. Hasta que no llego a Capital, no sé con qué realidad me voy a encontrar”, dice a Nuestras Voces.

Los especialistas no dudan en afirmar que es la mayor caída económica de la última década, una realidad que afecta tanto a la economía formal como informal. Para el INDEC, la informalidad laboral en el país supera el 34 por ciento: los cuentapropistas son más de 8 millones. Además, algo más de la mitad de los trabajadores y las trabajadoras que están en la informalidad se desempeñan en tres sectores de la economía: servicio doméstico, construcción y comercio.

Los ingresos más importantes de Florencia provienen de la venta de ropa: dice que aunque nunca tuvo un salario fijo, antes podía calcular cuánto cobraba. Pero en el último tiempo existe una situación que excede a su negocio y que ha perjudicado la dinámica semanal. “Lo que pasa es que en los barrios me compraban porque tenía mejores precios que en los locales del centro, pero ahora la diferencia no es significativa –dice Florencia–. Entonces vendo lo justo, y tengo que achicar ganancias, hoy me cuesta reinvertir. Los negocios tuvieron que resignar plata para no cerrar, entonces bajaron mucho los precios y hacen promociones incluso más baratas que las mías. Conozco a personas que me han dicho que están al borde de la quiebra. Con lo que pagan de alquiler, más los impuestos y los empleados, ya no les alcanza. El ánimo de la gente es no querer gastar. Es un tiempo del ‘por las dudas’. ‘Por las dudas no compro, por las dudas te suspendo el encargo’. Está todo bastante parado”.

Rubén Boazzo tiene 62 años y es conocido como “Perfuman” en el mundo del comercio callejero de la ciudad. Hace dos décadas que vende frascos de perfumina y dice que hace tres años vendía un promedio de 20 frascos por día. Ahora sólo vende 6. “Nos hemos empobrecido gradualmente en los últimos años y la sensación que se respira es la del 2001”, dice mientras explica que, en el último bimestre, las materias primas aumentaron  un 30 por ciento. “Todo subió su precio: los envases, los alcoholes, las esencias. Cada vez que voy a buscar los insumos no compro ni la mitad de lo que compraba”.

A la hora de la venta, a Rubén no le quedó otra opción que aumentar su producto. “Si hoy te lo vendía a 120, mañana lo tengo que subir a 150, ¿y qué puedo decir si no me comprás? Los clientes se lamentan por no poder comprar, y los negocios que encargaban un litro ahora lo redujeron a un cuarto. Todo se remarca en el día a día, la inestabilidad es terrible”.

El vendedor de perfuminas dice que camina por la tradicional calle 12 y siente un dolor en el pecho. A los negocios que cierran, se suma un efecto de incertidumbre que es la de vivir con la presión a cuestas: en La Plata, como ocurre en Capital Federal y otros centros urbanos del país, se han dado una serie de proyectos de ley, ordenanzas y actos represivos a los trabajadores y las trabajadoras ambulantes, como la brutal persecución a los vendedores senegaleses y la expulsión de los “manteros” del espacio público.

“La calle se ha puesto peligrosa, hay miedo al cacheo de la policía y los controles del municipio son más asfixiantes. Antes veías gente esperando por alquilar fondos de comercio, hoy te encontrás con empleados que no abrieron caja en toda la jornada y en vez de ocho horas, ahora laburan cuatro porque el dueño no les puede pagar más. En mi caso, antes me pasaba toda la noche armando los frascos de perfumina y ahora estoy sólo un rato. Vivo con mi tía y antes le dejaba mil pesos para gastos de la casa y en las últimas semanas le di tres mil, para pagar la luz y el gas y la comida que aumentó el doble. Esto se está yendo al carajo. Y me pregunto, ¿llegaré a diciembre?”.

Mientras se esperan las últimas cifras oficiales sobre la economía informal, Valeria Paniagua, economista e investigadora de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), estima que “a partir de la disparada del dólar, y con la crisis del consumo interno que se arrastra desde hace dos años, no sólo que caen las ventas drásticamente sino que asistimos a lo que se conoce como ‘el gasto mínimo’, es decir, hay una enorme depreciación del poder adquisitivo porque los sueldos no suben a la altura de la inflación, y además, aumenta el transporte y los impuestos. Es un callejón sin salida. Se gasta lo justo y necesario, hay un boom de ofertas, se crean ‘feriazos’ y trueques y los vendedores colapsan la calles porque se da una bestial lucha por la supervivencia”.

Paniagua entiende que el impacto de la economía no es sólo monetario sino que también repercute en el plano psicológico. “El signo mayor de la zozobra es la suba y baja del dólar, que se manifiesta en el aumento de los costos de producción en la economía informal. Pero el malestar se traduce en el plano de la proyección a futuro, en pensar que la crisis tendrá un desenlace fatal, una suerte de déjà vu que produce una desesperación por captar clientes con precios irrisorios, porque el cálculo que le queda hacer al trabajador es ‘bueno, ya que no puedo ganar, al menos no pierdo y evito fundirme’. Tenemos ya un desempleo del casi 10 por ciento, y eso produce una feroz competitividad. Y hay quienes deciden producir stock y guardarlo para más adelante”.

Así lo decidió Bernardo Pagliettini, de 36 años, que con su marca de mates “Calabalumba” ha vivido una drástica suba de los costos del producto. “El último mes y medio se experimentó un cambio notable. Acabo de recibir un mail de la Feria Internacional de Artesanías donde dicen que suspenden el evento por la crisis del país. Nunca había pasado algo así”. Y explica: “Estás acostumbrado a que te suban gradualmente los costos un 15 o 20 por ciento, y de golpe aumentó un 40 y 50 por ciento más. El metal, que es un elemento clave en el armado del mate, subió un 150 por ciento. Entonces mis calabazas terminan costando el doble, por lo que opté por producir más que nunca, aunque tenga que guardar la mercadería por un tiempo. Y a la vez apuesto a viajar a dos a tres ferias mensuales, dejando el producto en locales”.

Bernardo explica que suele comprar los metales en Warnes, algunos productos en San Francisco Solano y que las calabazas le llegan desde Paraná. Él se encarga luego, con sus máquinas, de tallar, alisar, pulir y engarzar cada mate. Según su visión, ante la crisis hay que diseñar nuevas estrategias comerciales. “El consumo bajó muchísimo y los costos subieron un montón, por ejemplo en las ferias vendía un 70 por ciento y ahora un 30 o 40, pero no nos queda otra que ser audaces. Le meto a las redes sociales, busco promociones y colocar el producto en nuevos circuitos con regalos empresariales, souvenirs, eventos y shows o descubrir locales nuevos. Tenemos que pensar qué hacemos con el tiempo productivo, no nos podemos resignar”.

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Juan Manuel Mannarino

Juan Manuel Mannarino

Periodista. Colabora en este portal, en la revista digital Anfibia y el sitio Cosecha Roja. Es docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y escribe obras de teatro.

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