La CGT según pasan los años: Rucci, Ubaldini y Moyano

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El vacío de poder del liderazgo de Moyano se traduce en un paro “en silencio”, sin marcha, que llega como tardía respuesta al reclamo de las bases. Cada líder de la CGT estuvo moldeado de acuerdo a su momento histórico, pero las transiciones siempre fueron agitadas y se ganaron en la calle, antes que en las internas palaciegas. De Rucci a Moyano, pasando por Ubaldini, un vistazo histórico por el sindicalismo peronista.

El apogeo y caída de los líderes sindicales argentinos siempre estuvo estrechamente vinculado a los avatares y necesidades de los diferentes momentos históricos. La CGT es una herramienta fenomenal de lucha de los trabajadores, como existen pocas en el mundo. Pero sus dirigentes muchas veces no estuvieron a la altura de la historia.

Hace una semana la multitud gritó, exigió “Paro General” en la marcha. Esa multitud estaba poniendo en escena, tal vez sin saberlo, el vacío de liderazgo que representa Hugo Moyano en la CGT. La respuesta de la cúpula hizo honor a este vacío: paro sin movilización, para «responder en silencio» (SIC) al Gobierno.

¿Cómo llegamos hasta aquí? En la historia reciente de la CGT podemos mencionar a tres grandes dirigentes que lograron trascender a su propio sindicato de origen para convertirse en líderes del conjunto: José Ignacio Rucci, Saúl Edolver Ubaldini  y Hugo Antonio Moyano. Por supuesto que nunca lograron imponerse en forma unánime y tuvieron diferentes grados de cuestionamiento y rupturas. Los momentos de transición de un liderazgo a otro fueron muy controvertidos y siempre lograron resolverse por acción en las calles, en las fábricas, en los lugares de trabajo y nunca en tertulias palaciegas.

Un liderazgo trascendente es una construcción que no depende de la simple voluntad personal, depende enteramente de saber responder a las necesidades de los trabajadores de cada momento. En gran medida un liderazgo es una herramienta que permite unificar luchas y darles fuerza y organización. A simple vista parecen actos de pura afectividad pasional, pero son de una racionalidad absoluta.

«Ni yanquis ni marxistas, peronistas»

El acto de hace una semana protagonizado por la CGT comenzó con una referencia histórica. Se pidió desde el cuestionado palco un minuto de silencio para los mártires del movimiento obrero: “Perón, Evita y el compañero Rucci”. En efecto, los trabajadores argentinos tienen una larga lista de mártires, producto de la represión estatal tanto en dictaduras como durante gobiernos constitucionales, o víctimas de represores paraestatales pagados por empresarios. Pero ninguno de los tres mencionados cae en estas categorías. Nombrar a Rucci en la apertura del acto, como ya había ocurrido en la movilización del 29 de abril del año pasado frente al Monumento al Trabajo, es sin duda un intento de marcar la cancha ideológica, trazar una línea histórica, un claro mensaje que dice: no nos identificamos con la izquierda peronista, no tenemos nada que ver con las tradiciones del sindicalismo combativo y clasista, somos los que siempre gritamos “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”, en tiempo presente: no queremos saber nada con el legado kirchnerista. No es casual que dos de los tres triunviros sostenidos por Moyano sean militantes orgánicos del Frente Renovador.

Capacidad de adaptación

Los trabajadores argentinos son unos de los más organizados del mundo. En los países de la región el sindicalismo abarca a muy pocos trabajadores y la figura del delegado de fábrica, o la comisión interna son absolutamente desconocidas.

La paritarias, las negociaciones colectivas de salarios, son conquistas que están instaladas profundamente en la cultura argentina. Este solo hecho va completamente a contramano de la tendencia mundial del capital, que en su obsesión por fluir y maximizar ganancias hasta el paroxismo vive con irritación la persistencia de estas instituciones laborales a las que juzga como lastres inverosímiles de los siglos XIX y XX.

Sin embargo, la CGT sigue vigente. Con una capacidad de movilización superlativa y una vida interna demasiado proclive a la horizontalidad pretoriana. La permanencia de los líderes sindicales en sus puestos de Secretarios Generales en Argentina es en promedio mayor a 20 años, con el récord absoluto en manos del legendario Ramón Baldasini quien lleva 54 años al frente de la Federación de Obreros y Empleados de Correo.

La capacidad de adaptación de los sindicalistas a los grandes cambios políticos y sociales que se fueron sucediendo en la historia argentina se observan con mayor nitidez en la cúpula de la CGT que en los sindicatos que la conforman.

Los `70: Rucci

En 1970 José Ignacio Rucci se convirtió en Secretario General de la CGT. Venía de ser un estrecho colaborador de Augusto Vandor, el hombre fuerte del sindicalismo argentino, el que lo marcó para siempre. Pero quiso volar más alto que Perón y el sol le quemó las alas de cera y cayó asesinado en su propia oficina de la UOM en 1969. El sucesor por peso específico tendría que haber sido Lorenzo Miguel. Su escasa capacidad de orador en público lo persuadió de poner en ese puesto a Rucci, convencido de que podría manejarlo con facilidad. Lo que hizo trizas este plan fue que el mismísimo Perón lo adoptó casi como a un hijo y le dio juego propio y proyección inaudita. Eran los tiempos en que los movimientos sociales y los trabajadores comenzaron un proceso de radicalización creciente a partir del Cordobazo. A la CGT le había surgido en 1968 la CGT de los argentinos con un programa de lucha que la interpelaba y le sacudía las bases. A diferencia del actual triunvirato, a fines de octubre de 1970 Rucci anuncia que la CGT le puso fecha a un paro general de 36 horas.

Más allá de las diferencias internas en el movimiento obrero, la corta permanencia de Rucci al frente de la CGT marcó una impronta de conflictividad creciente: por la vigencia de los derechos laborales, la defensa salarial, el fin de la dictadura y el regreso de Perón a la Argentina y al poder.

Todos estos objetivos lograron cumplirse. Su asesinato el 25 de septiembre de 1973 marcó un punto de inflexión trágico. La muerte de Perón al año siguiente dejó a la CGT en una deriva y falta de liderazgo que puede sintetizarse en la frase que dijo el secretario general de la CGT, Casildo Herrera, en vísperas del golpe de estado de 1976: “yo me borré”.

Resistencia y transición democrática: Ubaldini

La dictadura militar selló una nueva etapa política y social. La represión sangrienta, los despidos y las bajas salariales pedían a gritos la necesidad de una nueva conducción, de un nuevo liderazgo. Y así, desde la lucha y la resistencia emergió la figura de Saúl Ubaldini.

Proveniente de un sindicato chico, el de los cerveceros, se opuso a las políticas de la dictadura con un discurso simple pero efectivo: “paz, pan y trabajo”. Enfrentó a los sindicalistas que colaboracionistas como Jorge Triaca (padre). Surgió la llamada “Comisión de los 25”, que junto a las 62 organizaciones peronistas lanzaron en abril de 1979 un paro general contra la dictadura. Al año siguiente fundaron la CGT Brasil, con el firme objetivo de disputar con la CGT oficial de la calle Azopardo. El 7 de noviembre de 1981 organizaron una enorme manifestación a la Iglesia de San Cayentano en Liniers, a la que concurrieron 10.000 personas, entre ellas, las Madres de Plaza de Mayo.

El punto culminante de esta resistencia fue el 30 de marzo de 1982 cuando la CGT Brasil convocó a una marcha a Plaza de Mayo que terminó en una dura represión y los dirigentes gremiales presos.

El regreso de la democracia y el triunfo de Alfonsín en 1983 implicaron enormes y prometedores cambios en Argentina. Pero a esa primavera democrática le faltaba una pata; nada más y nada menos que la situación de los trabajadores, y Ubaldini se convirtió en la voz incómoda y poderosa que venía a recordárselos.

En los cinco años y medio que duró el gobierno de Alfonsín la CGT, unificada tras la figura de Ubaldini, realizó catorce paros generales y unas movilizaciones multitudinarias que lo tuvieron como orador y figura excluyente:  “Saúl/querido/el pueblo está contigo” le gritaban trabajadores de todos los rubros. El Partido Justicialista, muy golpeado desde la derrota contundente de 1983 y con sus principales dirigentes en decadencia, se amparó en “Saúl querido” que soportaba con gusto ser “la columna vertebral” de un movimiento sin cabeza.

Y fue justamente a partir de 1989, cuando Carlos Menem alcanzó la presidencia, que la figura de Ubaldini se eclipsó. Era el portaestandarte de una política que dejó de tener vigencia. Vinieron los tiempos de las privatizaciones y los ajustes. Lo dejaron solo en su ostracismo del que no volvió a emerger. El movimiento obrero se dividió en 4 sectores diferentes: 1) Los que apoyaron activamente a Menem (Barrionuevo, Triaca, Baldassini y siguen las firmas), 2) Los que querían negociar (Cavallieri, Pedraza), 3) Los que enfrentaron estas políticas sin querer romper la CGT (Moyano, el MTA), y 4) Los que se van de la CGT y terminaron formando la CTA con Victor De Gennaro a la cabeza.

Los `90 y más: Moyano

La incipiente ola de luchas para resistir las políticas menemistas se fue haciendo cada vez más fuerte y la figura de Hugo Moyano comenzó a descollar. Se formó una CGT disidente que nucleó al estratégico conglomerado de sindicatos del transporte.

Durante el gobierno de De la Rua, Moyano se convirtió en el hombre duro que se opone y denuncia. El que se planta y denuncia que para aprobar la reforma laboral el gobierno de la Alianza usó la “Banelco” para coimear senadores. Es el hombre que toma la calle y forja un nuevo liderazgo.

Claro que nunca fue unánime, los llamados Gordos de la CGT no se movilizaron ni siquiera en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. La CGT fue la gran ausente en aquellas luchas, no los trabajadores, pero si éstos dirigentes.

Con la llegada del kirchnerismo al gobierno en 2003 -el reinicio de las paritarias, el crecimiento del empleo y la negociación de los sueldos al alza- Moyano ocupó el centro de la escena, por mucho tiempo fue el gran cuco de los grandes medios de comunicación. Néstor Kirchner lo tuvo de aliado, el gran momento simbólico fue en medio de las movilizaciones de la Mesa de Enlace en 2008, con las patronales del campo tomando la iniciativa. Allí Moyano movilizó a plaza Congreso una multitud para apoyar al Gobierno. También resultó sumamente simbólico que el mismo día de la muerte de Néstor Kirchner el diario La Nación publicó un artículo con consejos para la presidenta entre los que ponía como prioridad alejarse del camionero.

Pero Moyano también quiso volar alto, exigió la conducción del PJ de la provincia de Buenos Aires y ante las elecciones pidió “un presidente trabajador”. A partir de su alejamiento y ruptura con el gobierno de Cristina Kirchner, su liderazgo comenzó a no encajar con la etapa histórica. Se centró inauditamente en reclamos sobre el impuesto a las ganancias y por mucho tiempo la CGT se desentendió de los problemas de la mayoría de los trabajadores. En ese derrotero se fue corriendo a la derecha en sus posicionamientos políticos y terminó participando con Macri en la campaña electoral, inaugurando juntos un monumento a Perón y nombrándolo “compañero Macri”. En tanto se revelaron noticias los posicionaban como compañeros de negocios, en torno a la basura, la AFA y las autopistas, antes que de lucha.

Los trabajadores argentinos desde diciembre de 2015 han empezado a vivir un nuevo ciclo de despidos y bajas salariales, y Moyano decidió correrse del lugar de líder; ahora se lo puede ver en la conducción del club Independiente, en el laberinto de las internas de la AFA y jugando al equilibrista entre Massa y Macri.

La nueva época necesita un nuevo liderazgo que dé respuestas y resistencias. El triunviro que dirige ahora la CGT no está a esa altura y las bases se lo hicieron sentir de una manera pocas veces vista.

El último paro general de la CGT fue por “ganancias” en tiempos kirchneristas, tema que ni siquiera se mencionó en la movilización del martes pasado, pese a la incumplida promesa electoral de Macri, ya superada por inflación y paritarias a la baja. El anunciado paro del 6 de abril tiene el sello de ser la respuesta a un reclamo de las bases y está lejos de ser la marca de un liderazgo a la altura del momento histórico.

@sergiodwy

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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