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El desconcertante resultado de la elección presidencial en Chile cierra el largo ciclo bipartidista nacido en la post-dictadura. Los votos recibidos por el moderado oficialismo y la ascendente nueva izquierda del Frente Amplio forzarán a una imprevisible nueva coalición entre dos fuerzas progresistas sólo unidas por el espanto a Piñera. El ex presidente llega al balotaje alicaído por haber obtenido un desempeño menor al esperado y por el  sorpresivo crecimiento del neopinochetismo dentro del bloque conservador.

El primer aviso llegó, paradojalmente, del exterior. Antes que se abrieran las urnas de la elección presidencial chilena, la Junta Electoral de ese país dio a conocer un dato curioso. El novel Frente Amplio, una coalición heterogénea de partidos de izquierda y movimientos sociales, triunfaba en el rubro “ciudadanos que votan en el extranjero”. Un segmento exiguo en el padrón, por su bajo caudal de votantes, pero que, indudablemente, comenzaba a anticipar que el país trasandino se estaba tiñendo de rojo.

Luego, alrededor de las nueve de la noche, las pantallas de los principales canales de televisión y portales informativos oficializaban un resultado que helaba la sangre del candidato conservador Sebastián Piñera, ex Jefe de Estado y de buena relación con nuestro primer mandatario Mauricio Macri. El magnate y su bunker esperaban contabilizar un 45% de los votos, acorde con el pronóstico de todas las encuestas. Sin embargo, la conquista de un insuficiente 36% de los sufragios para llegar cómodamente al balotaje tensó notablemente el rostro del ex dueño de la compañía aérea LAN cuando brindó su conferencia de prensa en el recoleto Hotel Crown. Rodeado de familiares y jóvenes asesores, Piñera agradeció el apoyo recibido y simuló alegría con cierta torpeza cuando recibió un dulce pellizcón de su esposa en el momento que aludía, precisamente, a los mimos y “pellizcones de cariños” recibidos durante la campaña. Pero, indudablemente, la estrategia que el piñerismo había diseñado de cara al balotage iba en la medianoche de ayer rumbo a la papelera de reciclaje.

La caza electoral del mapuche en Chile

El candidato de Chile Vamos anhelaba cosechar un volumen electoral similar a los comicios del 2009, un 44%. Además, el ex Jefe de Estado tenía fijado proponer a la ciudadanía un programa de gobierno de centro con el fin de atraer el apoyo de la Democracia Cristiana y el electorado independiente. Ahora, ese relato que pretendía suavizar el carácter regresivo de su plan para el Ejecutivo se dará de bruces porque, además del Frente Amplio, la otra gran estrella de la jornada fue el Senador independiente José Antonio Kast (cuarto en los comicios con el 7% de los votos), un parlamentario que reivindica el legado de Augusto Pinochet y que, a tono con ese postulado, tenía como principal baza ante la ciudadanía generar un gran frente de unidad contra el “comunismo reinante” en La Moneda. Iniciativa que lanzó tras puntuales reformas impulsadas por la Jefa de Estado saliente Michelle Bachelet como la despenalización del aborto en algunas circunstancias y una pequeña desarancelización del sistema educativo.

Recapitulando, Piñera, que no sólo presenta similitudes de perfil con Macri en el capítulo offshore –tiene fuertes denuncias en su contra por desviar activos a guaridas fiscales- si no también en su deseo de erigir una derecha postideológica, más amigable en las formas por más que perviva en él la música ajustadora del Consenso de Washington, deberá construir su anhelado acuerdo programático de centro con un dirigente, Kast, más a tono con la ultraderecha europea que con los nuevos modales corteses del conservadorismo regional.

Sin embargo, en diálogo con Nuestras Voces, Patricio Navia, profesor de ciencia política en la Universidad Diego Portales, considera erróneo equiparar a Piñera con Macri. En ese sentido, Navia apunta que el líder de Chile Vamos posee un linaje más político que empresarial y que ese activo, su olfato para leer la coyuntura, pesará en el nuevo tramo de la campaña ante el dubitativo candidato del oficialismo, el periodista, sociólogo y Senador Alejandro Guillier.

“Si bien hay similitudes entre el perfil de Macri y Piñera, creo que son mayores las diferencias.  Piñera tiene una extensa carrera como político. Fue senador entre 1990 y 1998. Luego buscó ser candidato presidencial en 1999, pero no pudo. Tuvo un frustrado intento como candidato senatorial en el 2001.  Llegó a presidente de Renovación Nacional, uno de los dos partidos clásicos de la derecha local.  Fue candidato presidencial en 2005. Luego, ganó la elección de 2009.  Al contrario de Macri, Piñera no fundó un partido propio, se sumó a uno que existía e hizo carrera en esa fuerza.  Por otro lado, a diferencia de Macri, Piñera no es hijo de un millonario. Su padre era embajador. Tenían buena situación económica, pero Piñera armó su fortuna por sí solo. No es un hijo de padre poderoso”, puntualiza Navia desde Santiago.

Ni mapuches chilenos, ni aborígenes terroristas

Red hot Chile Peppers

Algo está pasando en Chile. El país conocido, y muy visitado en la región, por sus fuertes ofertas en electrodomésticos y ropas; el país más apático del Cono Sur en participación electoral, los niveles de concurrencia a las urnas promedian el 50% de asistencia; el país cuyo último dictador, Augusto Pinochet, es gratificado a viva voz en varios estamentos de los sectores medios; bueno, ese país está cambiando. Ayer, una fuerza nueva, cuyos valores programáticos críticos del extractivismo económico, la persecución a los mapuches y la privatización del sistema educativo, precisamente las políticas de Estado que fueron respetadas por el modelo bipartidista hoy roto, estuvo a centímetros de disputar la segunda vuelta electoral.

Es cierto que el Frente Amplio, a diferencia de la gobernante Nueva Mayoría (ex Concertación Democrática), es una coalición más endeble y heterogénea que el oficialismo, porque en su interior conviven colectivos anticapitalistas y socialdemócratas desencantados. Pero, sin embargo, bulle de futuro. Sus máximos referentes parlamentarios como Giorgio Jackson y Gabriel Boric, celebrities del aguerrido movimiento estudiantil que puso en jaque a Piñera, tienen todavía muchas millas de vuelo en el hemiciclo para ganar experiencia y roce parlamentario.

Pero, por más que su veinte por ciento de votos sea un hecho noticioso, el Frente Amplio no disputará el balotage. El hombre que se medirá en la segunda vuelta contra el magnate y experimentado político Sebastián Piñera es un Senador independiente, con más rodaje en la televisión que en el tablero legislativo (fue presentador en los principales informativos del país), que fue bendecido como candidato a último momento por la cúpula de una Nueva Mayoría cuando se percataron que su idea original, postular al ex presidente Ricardo Lagos, tenía baja recepción en el electorado.

No hace falta tener un postgrado en matemáticas para verificar que la adhesión tomada en primera vuelta por Alejadro Guillier, la periodista Beatriz Sánchez (del Frente Amplio), más los apoyos recibidos por dos candidatos que fueron parte de la Concertación como la democristiana Carolina Goic y el líder progresista Marco Enríquez Ominami, sobrepasan cómodamente la barrera del 50%.

Precisamente, Ominami, hijo del mítico líder guerrillero Miguel Enríquez, adelantó a Nuestras Voces un apoyo contundente a Guillier, medalla de plata en los comicios de ayer: “Transparento que votaré por Guillier en segunda vuelta, y me pongo a su disposición. Soy un soldado, un soldado que no le tiene miedo a Sebastián Piñera”. Goic, cuya fuerza se retiró del oficialismo cuando Bachelet encaró pequeñas reformas en el campo de la política, la educación y hacia las minorías sexuales, ayer tuvo un pronunciamiento ambiguo donde se lee, sin embargo, un entusiasmo mayor a que persista Nueva Mayoría en La Moneda, donde hoy aún reportan funcionarios de la DC, a que vuelva a gobernar la derecha local.

¿Fin del bipartidismo en Chile?

El problema es que la cuenta del progresismo chileno debe sumar números de fuerzas que no simpatizan mucho entre sí. Nueva Mayoría, el Frente Amplio, la Democracia Cristiana y el Partido Progresista (Ominami) poseen lenguajes distintos y criterios muy disímiles sobre con qué intensidad debe Chile despegarse del molde económico y político con el que el país trasandino ha quedado encorsetado desde que el plebiscito del NO pudo cerrar la larga noche dictatorial de Pinochet.

Sin embargo, la ambición de ser gobierno, y por lo tanto alcanzar interesantes cuotas de poder en un gobierno colegiado, forzará al póker de partidos  progresistas a buscar un nuevo entendimiento nacional para que Chile deje de ser sólo sinónimo de precios off en celulares. Sin duda, el 17 de diciembre, día del balotaje, Alejandro Guillier podrá ser seguramente encaramado como el nuevo presidente chileno. No se abrirán las alamedas al socialismo pero, sin dudas, será una mala noticia para los Macri de la región.

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Emiliano Guido

Periodista especializado en política internacional. Forma parte del Programa de Integración Regional y Financiamiento para el Desarrollo en Fundación SES (Argentina). Ganador del Premio José Martí (2006) otorgado por la agencia Prensa Latina.

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