La vuelta del revanchismo del 55

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El 16 de septiembre de 1955 el peronismo fue desalojado del poder por la autodenominada Revolución Libertadora, también conocida como Revolución fusiladora. Sus hombres y mujeres encarnaban en realidad una contrarrevolución conservadora. Cambiemos ensalza ese odio de clase que hoy se reactualiza en el antikirchnerismo. El sueño eterno de terminar con el peronismo salvaje, de domesticarlo, no encuentra sosiego.

Se cumplen sesenta y tres años del Golpe de Estado que desalojó por la fuerza al peronismo del poder en 1955. El frío cálculo económico de quienes planearon el golpe desde las alturas de las elites, se combinó con una tumultuosa interna dentro de la FFAA que se saldó a favor de los golpistas, y una corriente de población civil que acompañó activamente el levantamiento.

El fuerte sentimiento de odio clasista que arraigó en extendidas capas de la población, no nació con el peronismo, podemos rastrear sus raíces desde los orígenes mismos de la Nación, y no se acabó con el peronismo fuera del poder. Comprobar la supervivencia y virulencia de ese sentimiento, que hoy se corporiza en el antikirchnerismo encierra una de las claves ineludibles para entender la dinámica política que llevó a Cambiemos al poder, y que contra toda evidencia lo sigue sosteniendo.

Podemos hablar eternamente de los intereses de EEUU, de los grandes propietarios rurales, de los más poderosos empresarios y hasta de los móviles de las FFAA que llevaron a ese frente –que junto con la Iglesia– protagonizaron el golpe de estado. En un afán de inspiración literaria denominaron Revolución Libertadora lo que en realidad era una contrarrevolución conservadora. Pero no se trató solamente de cambiar el gobierno, no debía volver a suceder el populismo. Es en ese contexto que se pueden entender las palabras que escribió, Mario Amadeo, la desperonización era equivalente al “exterminio de ratas”, el cual, en otras palabras, incluía una “pequeña dosis de reeducación y una gran dosis de ‘leña’”. Frase dicha en el marco de la persecución y el encarcelamiento de adversarios políticos por parte de la dictadura de Lonardi.

Para el 16 de septiembre, día del golpe, la UCR había convocado a un acto en la Casa Radical, donde repartieron armas en comités y en parroquias. Los comandos civiles ultracatólicos –llamados “palomas”, uno puede imaginar lo que serían los “Halcones”– convocaron a la acción armada. Previamente negociaron un crédito con la Sociedad Rural para que financie actividades desestabilizadoras, como sabotajes a la red eléctrica, a los cables de la empresa telefónica Entel, disparos a las ruedas de camiones de bomberos y ambulancias. Días antes, represantantes de la UCR viajaron a Uruguay y se entrevistaron con Emilio Eduardo Massera, Horacio Mayorga, Oscar Montes, y Osvaldo Cacciatore, según cuenta Susana Bianchi en su libro Catolicismo y peronismo.

Antiperonismo

La Constitución aprobada en 1949 fue derogada y se restableció la de 1853, la Corte Suprema de Justicia fue reemplaza en su totalidad por integrantes antiperonistas, los jueces intermedios peronistas o sospechados de peronistas fuera pasados a retiro, todos los símbolos peronistas fueron prohibidos, los que habían sido funcionarios, diputados, senadores, ministros o gobernadores fueron perseguidos o exiliados.

Un apotegma cayó sobre toda esa época: corrupción y totalitarismo. No deja de ser una paradoja muy ruidosa el hecho de que quienes llegaron a posiciones antiperonistas a través de su identificación con el antifascismo, no vacilaron en arrasar con cualquier vestigio republicano y apoyaron con ahínco una dictadura y sus medidas anti igualitarias.

Los artistas populares que se habían identificado con el peronismo cayeron en desgracia, fueron prohibidos o no se les daba trabajo, muchos debieron exiliarse, otros cayeron en fuertes depresiones. Lo mismo ocurrió con los deportistas. Una insistente propaganda de la prensa gráfica, radial y de los noticieros cinematográficos hacía circular noticias de escandalosos descubrimientos sobre Perón y Evita.

El antiperonismo se quiso ver a sí mismo como los representantes de la civilización contra la barbarie. Es una tradición no explícita pero tácita que ya está presente en los escritos de Domingo Faustino Sarmiento en su Facundo, de 1845, cuando pregona que él caudillo “incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido”. La barbarie genera “un despotismo que viene del desierto y produce desierto a su alrededor”. Ese árabe es el indio, será el gaucho, el inmigrante anarquista europeo, el cabecita negra descamisado, el inmigrante sudaca, el pobre planero, el drogadicto, delincuente, mapuche, grasa militante, villero, las mil caras de la barbarie.

En los discursos oficiales de Macri y en el de sus funcionarios el latiguillo repite el mito de que la Argentina sufre una distorsión desde hace 70 años. El sueño eterno de terminar con el peronismo salvaje, de domesticarlo, no ha encontrado sosiego.

El menemismo fue un gobierno peronista que no generó el odio clasista que el kirchnerismo exaspera. En 1994 el historiador Tulio Halperín Donghi escribió La larga agonía de la Argentina peronista, esa agonía finalmente fue tan larga que no era una agonía, era una supervivencia que se mostró más vital que el radicalismo.

Esos anuncios prematuros de muertes que no suceden se repitieron hasta el paroxismo desde 2015: “el kirchnerismo ha muerto”, dijeron uno a uno todos los grandes medios casi como un mantra. Evidentemente no hay nada más vivo que aquello que se mata todos los días.

La dictadura del 55 fue la que inició las negociaciones con el FMI, fue la primera que empezó a hablar de ajustes, de que el Estado gasta más de lo que recauda, de los impuestos distorsivos, de los salarios demasiado altos. Allí empezaron las cotizaciones de las propiedades en dólares, los alineamientos compulsivos con EEUU, la idea de que las FFAA están para hacer seguridad interior.

El nacionalismo opera una metamorfosis notable, en lugar de hacer incapié en la soberanía nacional desde la defensa de la soberanía económica, tanto los golpistas del 55, como los de 1966, como los de 1976 ponen su eje en el fantasma del comunismo, y como en Argentina el comunismo nunca fue de masas, la amenaza pasó a ser el peronismo.

El gobierno de Cambiemos es un fenómeno político nuevo para defender lo viejo. Es un conservadurismo moderno que logró llegar al gobierno por medio del voto popular y que no cumplió ninguna de las promesas que hizo. El antiperonismo en Argentina no es mayoritario pero si es de masas. Siempre lo fue, algunas veces logró ganar elecciones como en 1983, en 1999 y en 2015. El problema en el que parece que estamos atrapados es que los intentos de destruir la Argentina igualitaria han desembocado en explosiones sociales y crisis muy dolorosas.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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