López: una herida que no cicatriza

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Treinta años. Todos esos días y todas esas noches, Jorge Julio López esperó poder mirar a la cara a Miguel Osvaldo Etchecolatz, el director de investigaciones de la policía bonaerense durante la dictadura, para decirle que era un asesino. Lo atesoró en su memoria y cuando los recuerdos dolían demasiado adentro, los escribió, los dibujó, los empezó a contar. El represor no estuvo cuando él declaró y a López lo desaparecieron cuando sus abogadas tenían que acusarlo y lograr su condena. Diez años de una ausencia pensada para herir de muerte al proceso de verdad y justicia que recién empezaba a ponerse de pie.

DYN52, LA PLATA 03/11/06, MARCHA POR LA APARICION CON VIDA DE JORGE JULIO LOPEZ TESTIGO EN EL CASO DEL POLICIA BONAERENSE MIGUEL ETCHECOLATZ.FOTO:DYN/JORGE ACUÑA.

“Me dijiste que iba a estar Etchecolatz”, protestó con resignación López cuando terminó de declarar ante el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata. Su interlocutora era Guadalupe Godoy, una joven abogada que integraba el equipo de Justicia YA! que participaba en el primer juicio que se había iniciado desde la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final por parte de la Corte Suprema.

El juicio a Etchecolatz había comenzado el 20 de junio de 2006, poco más de una semana antes del que pondría en el banquillo a Julio Simón – el “Turco Julián” – en los tribunales de Comodoro Py. López se había sentado el 28 de junio ante el tribunal presidido por Carlos Rozanski y había empezado hablar ante la mirada de Luis Bofi Carri, el abogado de Etchecolatz, que cada tanto se ponía los anteojos y hacía anotaciones mientras López hablaba, temblaba y volvía a entrar a los centros clandestinos a través de su relato.

Guadalupe lo había conocido en una confitería antes de que tuviera que declarar en el juicio. Se habían reunido con Nilda Eloy, otra sobreviviente y querellante como López. El encuentro había sido duro, pero la abogada y el testigo habían logrado conectarse – tal vez porque la letrada no lo delataba cuando fumaba un cigarrillo a escondidas, pese a la prohibición que pesaba sobre él.

Su desaparición forzada – como la caratuló la Cámara Federal de La Plata en 2008 – ya lleva una década y esa ausencia se convirtió en una herida que no cicatriza.

“López es la certeza de por qué hay que hacer los juicios, es la certeza de todo lo que falta: democratizar las fuerzas de seguridad. López es la certeza de todo lo que falta construir para deconstruir lo que dejó la dictadura”, dice la abogada.

Un servidor

López no había cumplido los 46 años cuando una patota comandada por el propio Etchecolatz llegó a su casa en Los Hornos, un barrio en el que se mezcla el asfalto y el barro en las afueras de La Plata. Había nacido en 1929 en General Villegas. Para la familia era “Tito”. No pudo terminar la primaria porque tuvo que empezar a ayudar en el campo. En el ’50, le tocó hacer el servicio militar obligatorio y lo mandaron a Junín de los Andes. A su compañía le tocó edificar las instalaciones donde el científico Ronald Richter iba a avanzar con el proyecto atómico que desvelaba al peronismo. Juan Domingo Perón y su mujer, Eva Duarte, visitaron la Isla Huemul – donde anidaba el sueño del desarrollo atómico – en abril de 1950.

Muchos años después, López contaba que había visto a Eva y a Perón y que había estado trabajando en la construcción de un reactor en el sur. Con su libro Los días sin López, los periodistas Werner Pertot y Luciana Rosende probaron que no mentía.

López siempre fue peronista. Le contó al sociólogo Horacio Robles que tuvo que irse de General Villegas en 1956, poco después de que la Revolución Libertadora arrancara a Perón del poder y que la persecución se extendiera hasta aquellos que osaran siquiera pronunciar su nombre.

López que siempre fue peronista, le contó al sociólogo Horacio Robles que tuvo que irse de General Villegas en 1956, poco después de la Revolución Libertadora.

Era albañil. Con eso se ganaba la vida y mantenía a su familia: a su mujer Irene y a sus dos hijos.  En el ’73, se acercó a la unidad básica del barrio. Estaba a tres cuadras de su casa y ahí iba a enseñarle a los pibes a patear a la pelota.

Los militantes más jóvenes no le decían “Tito” como su familia. Ahí era “Partido Socialista”, como cuenta Jorge Pastor Asuaje. Le quedó el sobrenombre después de que López dijera: “Esos que cantan ‘Perón, Evita, Partido Socialista’ no son peronistas”.

El 27 de octubre de 1976, la noche cayó con más fuerza en Los Hornos.  Una patota de la bonaerense entró en la casita del albañil. El mismo Etchecolatz participó del allanamiento. Al hombre lo cargaron en lo que él definió como un carromato. Le pusieron un pulóver de punto abierto para tapar sus ojos. Esos puntos abiertos iban a ser la ventana de la memoria para López.

En Arana, volvió a ver a dos de los chicos que había conocido en la unidad básica: a Ambrosio De Marco y a su compañera, Patricia Dell’Orto. “López, no me fallés”, le suplicó la chica de los ojos claros. “Dale un beso a mi hija de parte mía”, le pidió – con la confianza de que él podría salir de allí después de haber transitado la muerte. La hija de Patricia y de Ambrosio, Mariana, tenía 25 días el 5 de noviembre de 1976, cuando se los llevaron.

El 8 o el 9 de noviembre, Patricia y su compañero fueron asesinados. López pudo ver por una hendija cómo sucedió. Las imágenes y los sonidos le quedaron grabadas. Patricia gritó que la mandaran a la cárcel, que no la mataran, que quería criar a su hija. No les importó. Un gangoso – como lo identificó López ante el TOF 1 y como lo había hecho en 1999 en los Juicios por la Verdad – la mató.

“Si lo llegan a encontrar, llámenme, que yo lo voy a reconocer”, le prometió a Rozanski durante su declaración testimonial. Poco después, antes de levantarse de la silla de la municipalidad de La Plata – donde se llevaba adelante el juicio – López le insistió al juez que quería ayudar, que 30 años después creía que había llegado la hora de hacer justicia.

“Todas las preguntas y cooperación que necesiten, un servidor”.

Un desaparecido vuelto a desaparecer

Los alegatos en el juicio a Etchecolatz eran el 18 de septiembre. López y Nilda Eloy, los dos querellantes de Justicia YA!, tenían que estar presentes en la sala para que los abogados pudieran hacer la acusación formal.

López había quedado en encontrarse con Nilda a las 9.30 en el edificio de la municipalidad de La Plata. Por eso tenía que estar preparado a las 8.45 cuando su sobrino, Hugo, iba a pasar a buscarlo. López no estaba. ¿A qué hora había salido?

Media docena de vecinos que lo conocían lo vieron esa mañana caminando por el barrio, tal como figura en la causa. El último en verlo declaró haberlo visto sobre la avenida 66 – la principal arteria de Los Hornos – justo “entre el local de Edelap y la verdulería”.  Justo ahí vivía alguien que tiempo después se comprobaría que figuraba en la agenda de Etchecolatz: la expolicía Susana Gopar.

Nilda esperaba cuando vio llegar a uno de los hijos de López y al sobrino. López no estaba. Los querellantes fueron a hablar con los jueces. La respuesta fue clara. “Si López no está, no pueden alegar por él”.

El día de los alegatos en el juicio a Etchecolatz López tenía que estar en la sala para que los abogados hicieran la acusación formal pero nunca llegó.

La espera se empezó a prolongar. Algo andaba mal, podían olfatear los periodistas. Una reportera se acercó a los querellantes que estaban reunidos y les preguntó qué pasaba. “Pasa que Julio López, uno de los querellantes, está desaparecido”, dijo Adriana Calvo – dirigente de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos (AEDD). Calvo puso en palabras ese mismo día lo que a muchos ni se permitían pensar.

Una búsqueda para la que nadie estaba preparado

Etchecolatz fue condenado el 19 de septiembre de 2006 por asesinatos y secuestros cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en el país. No hubo tiempo para festejos. Hubo que buscar a López. Al día siguiente, Nilda Eloy, Guadalupe Godoy y Marta Vedio junto a Gustavo, uno de los hijos del testigo, fueron al programa Mañanas informales. Ahí se mostró la foto de López por primera vez.

Guadalupe había llegado a la causa como militante pero sin saber cuánto ese juicio iba a marcar su vida. Había conocido a Adriana Calvo en los encuentros de los abogados de lesa humanidad y volvió a cruzársela en una actividad en Mar del Plata. “Tenés que ayudar con los juicios en La Plata”, Calvo le dijo. La abogada le dijo que sí, que podía puntear causas. Participó de una de las reuniones preparatorias para el juicio a Etchecolatz que se hacían en la casa de María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani en La Plata y a las semanas ya estaba embarcada en la presentación de prueba para el juicio.

Etchecolatz fue condenado el 19 de septiembre de 2006 por asesinatos y secuestros cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en el país.

“Nosotros somos de la generación que se sumó para pedir juicio y castigo, no aparición con vida”, reflexiona a días de un nuevo aniversario de la desaparición de López.

Lo que siguió a la desaparición de López fueron puertas cerradas, aprietes, complicidad. A dos días apareció un cuerpo calcinado en Punta Lara, un camino donde solían aparecer cadáveres durante la última dictadura y en los años anteriores. La abogada cuenta que iban a ver a funcionarios judiciales y no les tomaban declaración testimonial porque pensaban que la querella podía tener algo que ver con la ausencia del testigo.

Durante los tres primeros meses, la causa tramitó en la justicia provincial y con la policía bonaerense a cargo, la misma fuerza que comandaba Etchecolatz durante la dictadura. Durante los primeros meses, se siguió una línea de investigación tendiente a demostrar que López se había extraviado. “Se llevaba la investigación como si fuese una persona perdida”, se queja la diputada Myriam Bregman, una de las abogadas de López en el colectivo Justicia YA!.

La causa pasó a la justicia federal después de una reunión con el titular de Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, en la que participaron Eloy y otros querellantes. Quedó en manos del juez Arnaldo Corazza, que dejó la causa después de que la familia López – patrocinada por los abogados Alfredo Gascón Cotti y Hugo Wortman Jofré – lo denunciaran junto a los fiscales y a los propios abogados de López por no haber impedido la desaparición. La investigación cayó en manos del titular del otro juzgado federal penal de La Plata, Manuel Blanco, quien falleció en 2014.

Durante los primeros meses, se siguió una línea de investigación tendiente a demostrar que López se había extraviado.

Durante mucho tiempo, los funcionarios judiciales no asociaron la desaparición de López con los juicios por crímenes de lesa humanidad, como reclamaban los querellantes ni tuvieron en cuenta el contexto de movilización que tenían los sectores que se oponían a la reapertura de los procesos.

En 2009, la investigación quedó en manos de la Unidad de Derechos Humanos a cargo del fiscal federal Marcelo Molina.

Líneas de investigación

Para los abogados, hay un polo donde todo parece tocarse: Etchecolatz, el mismo que en 2014 aferraba en su mano un papel con el nombre del testigo desaparecido mientras pretendía dárselo como ofrenda a quienes acababan de condenarlo por los crímenes cometidos en La Cacha. Para ellos, hay que investigar a su entorno, a quiénes fueron nombrados por López en su declaración y quiénes estaban dispuestos a frenar el avance de los juicios que recién empezaban a ponerse en marcha.

“Pudimos saber que grupos de represores estuvieron en contacto en esos días. Se llamaban, estaban en una acción coordinada que tenía que ver con tratar de hacer que no se reanude el proceso de juzgamiento en Argentina”, explica Aníbal Hnatiuk.

¿Cómo llegaron a esa conclusión? A través del entrecruzamiento de llamadas de los días anteriores y posteriores a la desaparición de López. En la unidad fiscal, entienden que ésa es la vía más segura para encontrar información. La semana pasada, Ernesto Kreplak, el juez que ahora tiene la causa en sus manos y que el mes pasado se opuso a la concesión de la prisión domiciliaria a Etchecolatz, dictó una cautelar para impedir que las empresas telefónicas borren los registros de llamadas y de mensajes de textos que puedan servir, confirmaron a este medio fuentes del juzgado.

Desde la fiscalía explicaron que en las últimas semanas se incorporaron más hombres de la Policía Federal (PFA) para colaborar con la investigación y que se envió un exhorto a la justicia de Córdoba para determinar si un cadáver enterrado en cemento podía tener algo que ver con la causa.

La Secretaría de Derechos Humanos a cargo de Claudio Avruj informó que iba a presentarse en la causa como querellante.

“La forma de investigar un delito como éste no es ir a las pruebas directas – porque ya se perdieron – sino ver quiénes encubrieron para proteger a quién”, dice Bregman, quien el mes pasado reclamó un pedido para que se abran los archivos de inteligencia sobre el caso López. Según la diputada, Antonio “Jaime” Stiuso y Francisco “Paco” Larcher estuvieron volcados a la investigación.

“No podemos pensar que Stiuso es un inocente agente de inteligencia que recurre a la guía telefónica – como se ve en el expediente – cuando tiene que buscar a una persona desaparecida. Si lo hizo es porque algo encubría”, insiste.

A través del diario Clarín, la Secretaría de Derechos Humanos a cargo de Claudio Avruj informó que iba a presentarse en la causa como querellante. Al cierre de esta nota, tal presentación no se había hecho. Si se efectiviza, será Kreplak quien deba darle el visto bueno.

Para Godoy, no hay argumento para que el Estado sea aceptado como querellante. Ahora no se trata de un Estado democrático querellando a un Estado terrorista. López desapareció en democracia.

Crímenes que no vencen

Para López era difícil hablar en la causa de sus días en Arana, en Cuatrerismo, en las comisarías quinta y octava o en la Unidad 9 de La Plata. Cuando no podía hablar, escribía. O dibujaba. Hacía que esos recuerdos que punzaban en su memoria se materializaran en un papel. Para no olvidar. Para que no se pudieran borrar. Para no desaparecer.

Durante la entrevista que hizo con Robles antes de su desaparición, López le contó que escribía en las bolsas de cemento. Cuando todavía trabajaba como albañil, paraba para comer y escribía. Algunos de esos escritos fueron rescatados por su familia días atrás y aparecieron publicados en la revista Gente.

Otros estaban en manos de Pastor Asuaje, quien lo había conocido en la unidad básica – cuando ésta todavía funcionaba en la avenida 66, la misma avenida donde un testigo vio por última vez a López. En 2004 o 2005, según consta en el libro Memoria escrita, López le dio unos papeles a su antiguo compañero de militancia, cuando los juicios todavía eran un sueño que andaba lejos.

“Pastor: te dejo esta carta para ver si algún día podés hacer justicia. Yo ya me aburrí de hablar con los derechos humanos, jueces y con gente de desaparecidos, pero me dicen que no pueden hacer nada porque son cosas que dice la gente y casi todo lo vi yo y deciles a los familiares de todos estos”, pidió López con la certeza de que había que quebrar el silencio.

“Estos crímenes no vencen nunca”, dijo Jorge Julio López, el mismo que aún desaparecido sigue señalando a sus desaparecedores.

@lucianabertoia

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