Los bisnietos: una identidad entre el dolor y el orgullo

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Gonzalo, Sebastián, Leandro, Irina y Lola son hijos de nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo. Son la cuarta generación que sufre las consecuencias de la Dictadura Cívico-Militar. Algunos de ellos nacieron con otra identidad, otros sabiendo la verdad. La historia íntima y crucial de una identidad construida sobre bisabuelas que nunca dejaron de luchar por ellos, abuelos que fueron asesinados o perseguidos, y padres apropiados y recuperados. La historia Argentina reciente en primerísima persona.

Gonzalo Tarelli lleva a sus abuelos en la piel. Es literal. En un brazo dice Toti, en el otro, Hilda. Toti -Roque Orlando Montenegro- tenía 20 años cuando desapareció, e Hilda Ramona Torres Cabrera tenía 18. Ambos militaban en el ERP. Sus abuelos eran más chicos que él hoy: tiene 24 años y es el hijo de Victoria Montenegro, nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo. Gonzalo forma parte de la cuarta generación víctima de la última dictadura cívico militar que, aún después de 41 años, sigue repercutiendo de manera trascendental en su vida.

Sebastián y Gonzalo Tarelli. Foto: Joaquín Salguero

Gonzalo y su hermano Sebastián tenían 8 y 10 años respectivamente cuando su vida cambió para siempre. Aún recuerdan cuando vivían en Lugano 1 y 2 y se pasaban casi todo el día en la casa de los que consideraban sus abuelos, Germán y Mari Tetzlaff. “Teníamos un vínculo muy fuerte, era prácticamente una convivencia. Ellos vivían en el departamento de al lado nuestro”, rememora Gonzalo. “Germán transmitía una carga ideológica muy fuerte, era un ordenador familiar, un cacique”, agrega Sebastián. Gonzalo y Sebastián junto a su mamá, la entonces María Sol, esperaban todo el año para que llegue el 29 de mayo: el Día del Ejército Argentino. Se vestían de gala e iban al Hipódromo a celebrar junto a su abuelo jubilado, pero que añoraba sus días de Teniente Coronel. Gonzalo soñaba con ser Militar del Ejército y Sebastián de la Fuerza Aérea. Pero Tetzlaff no incentivó demasiado esa idea. “Me acuerdo que yo quería ir al Liceo Militar y no fui porque en ese momento Germán decía que era una cuna de subversivos, que si yo iba era algo contagioso e iba a terminar contaminado por la idea de los guerrilleros”, cuenta hoy entre risas.

Pero aquel sueño, o como bien dicen ellos, “aquella mentira”, se terminó en febrero del 2002, cuando vinieron a buscar al Teniente Coronel Tetzlaff acusado por cometer delitos de lesa humanidad. “Nosotros no entendíamos nada, nos encerraron en la casa y con un vaso de metal tratábamos de escuchar por la pared a ver qué pasaba en la otra casa, que era donde vivían ellos. Mamá nos había dado una charla de que no importaba lo que pasara, que nosotros teníamos que estar juntos”, recuerdan. Victoria Montenegro había recuperado su identidad dos años antes, en el 2000, pero había estado más de un año sin aceptar conocer a su familia biológica.

Todos los fines de semana Victoria y sus hijos iban a visitar a Tetzlaff a la cárcel. Para ellos seguía siendo su abuelo, aunque todo les hacía ruido, más aún cuando comenzaron a frecuentar a su nueva familia, la de Toti e Hilda. El ruido subió, y subió, hasta que se convirtió en una nueva melodía, la de su identidad recuperada y, hoy, escrita en la piel.

“Yo tenía cuatro años. Papá me empezó a contar un poco lo del secuestro de él y de mi verdadera abuela, y fue ahí cuando yo me asuste y comencé a preguntar si me iban a secuestrar a mí también”.

Algo parecido le ocurrió a Leandro Nadal, hijo de Pedro Nadal García, quien recuperó su identidad en el año 2004, cuando tenía apenas 4 años. “Yo era bastante apegado a mi abuela no-biológica y cuando mi papá se enteró de cuál era su verdadera identidad hubo un distanciamiento inmediato entre nosotros y ella. Para mí fue muy doloroso”, recuerda Leandro, que hoy tiene 17 años. “Yo le preguntaba a mi papá por qué no me llevaba a verla y él me respondía que estaba enojado por algunas cosas que había hecho ella. Obvio que al  tener 4 años yo no podía recibir toda la información de lo que sucedía entonces, me lo fueron contando de a poco. En una de las primeras charlas en la que yo seguía haciendo preguntas, mi papá me contó algunas cosas que capaz al ser tan chico no pude entender bien y no fue su culpa, hasta para él era difícil encarar esa situación. Me empezó a contar un poco lo del secuestro de él y de mi verdadera abuela, y fue ahí cuando yo me asuste y comencé a preguntar si me iban a secuestrar a mí también”.

La historia del nieto restituido Pedro Nadal es una rara avis dentro de los otros nietos, porque su padre, Jorge Nadal, no había desaparecido y estaba vivo. “Al principio me costó decirle abuelo a alguien que recién conocía, pero con el tiempo lo fui asimilando mejor”, cuenta hoy Leandro.

“Estaba en el jardín cuando mis papás me contaron la historia de mis abuelos, pero recién entendí la historia a los 10 años, cuando vi el capítulo sobre mi mamá en Televisión por la Identidad”.

Los casos de Irina y Lola son diferentes. Ambas nacieron sabiendo la verdad. Irina Neustadt es hija de Tatiana Sfiligoy Ruarte Britos, la primera nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo, en el año 1980. “Desde que soy chiquita que voy a todas las marchas”, cuenta Irina de 16. “Estaba en el jardín cuando mis papás me contaron la historia de mis abuelos, pero recién entendí la historia a los 10 años cuando vi el capítulo sobre mi mamá en Televisión por la Identidad”.

Irina Neustadt junto a su madre, Tatiana Sfiligoy Ruarte Britos. Foto: Joaquín Salguero

El caso de Lola se asemeja al de Irina, aunque su madre, Juliana García Recchia no es nieta restituida sino que es hija de desaparecidos y encontró a su hermana, Bárbara, la nieta número 97.

A los 4 años, cuando preguntó por qué sus abuelos estaban muertos y su padre le dijo que era una historia complicada ella lo retrucó: “Ya sé que los mataron los militares”.

Lola, de 13 años, siempre fue muy curiosa. No se conformaba con saber que sus abuelos estaban muertos. A los 4 años, cuando preguntó por qué y su padre le dijo que era una historia complicada ella lo retrucó: “Ya sé que los mataron los militares”. Desde que era chiquita, Lola fue a las marchas del 24 de marzo y sabía que había un tío al que tenían que encontrar. “Yo le había contado a Lola que marchábamos para encontrar a su tío, entonces me acuerdo que una vez volvimos de la marcha y Lola nos dijo ´uy había tanta gente que no pudimos encontrar al tío´”, recuerda con cariño Juliama, su mamá.

Transformar el dolor

Todos los bisnietos coinciden en que la historia no es fácil de transitar, que la historia -su historia, que es nuestra historia- les duele todos los días. Pero también hay otra coincidencia que es reparadora: los cinco nietos están orgullosos de sus abuelos.

“Si estuviese en su lugar y en esa época, hubiera hecho lo mismo”, dice sin dudar Irina, que es delegada en su división del Colegio Carlos Pellegrini. “Si pienso ahora que no podría decir lo que pienso realmente me volvería loca. Porque soy una chica sin filtro. Si pienso algo lo digo. Ellos militaban para tener un país en el que se pueda ser libre y poder pensar lo que uno quiera. Y como en ese momento no se podía lo hacían clandestinamente. Ellos decidieron no darse por vencidos y seguir pensando, siguiendo sus convicciones”, agrega.

Para Leandro, sus abuelos “tuvieron que defenderse y luchar. Querían que las cosas fueran distintas, querían los derechos que les correspondían, que dejen de desaparecer personas, entre muchas otras cosas”. Leandro hace muy poco que puede contar esta historia. Recién el año pasado se animó a invitar a su papá a la escuela para el 24 de marzo y que todos supieran quién es. “Hace un año recién que me empecé a interesar por la política y de a poco voy aprendiendo, informándome y tratando de tener mis propios ideales o sacar mis propias conclusiones. Creo que es algo en lo que todos en algún momento nos tenemos que interesar ya que te ayuda para cuestiones de la vida cotidiana, para el futuro de uno y el futuro de las demás personas”.

Lola está de acuerdo con la lucha de sus abuelos, que militaban en Montoneros, pero es muy crítica del peronismo. “Me siento orgullosa de que mis abuelos hayan sido militantes, las cosas no podían quedarse como estaban, pero ideológicamente no soy peronista como ellos, soy de Izquierda Socialista”. Pero lo que más llama la atención en Lola es que ya tiene una vocación: quiere ser ingeniera genética. Y aunque por ahora crea que no tenga tanto que ver con su historia, en el fondo sabe que la genética le devolvió parte de su familia.

Para Gonzalo y Sebastián Tarelli, que adoraban al apropiador de su madre y que además fue el jefe del operativo que los secuestró, el hecho de aceptarse y estar orgullosos de sus abuelos desaparecidos no fue un producto únicamente de la terapia: “La recuperación personal de aceptarnos como nietos no hubiera sido posible sin los gobiernos de Néstor y Cristina. No es menor porque cuando vos tenés un Estado que se involucra y toma el tema de Derechos Humanos como política de estado a uno también le hacen ruido ciertas cosas que tenía como verdad”.

Para ellos, las Madres y Abuelas eran “viejas locas” y la dictadura cívico militar había sido una “guerra para combatir a los subversivos”.

“Cuando nosotros empezamos a sentir había un Presidente que pedía perdón en nombre del Estado, que le daba voz a los desaparecidos, entonces eso también nos hizo sentir diferentes a nosotros”. La otra reparación llegó con la militancia. Los Tarelli pertenecen a la agrupación Kolina.

Los cinco son hijos de la democracia, pero el pasado los atraviesa y los interpela de manera cotidiana. Pero como sus bisabuelas, como sus padre o madres, los pibes decidieron transformar ese dolor en acción, esa angustia en lucha. Y aunque cada uno tiene su historia, su estilo de vida, su ideología, hay algo que los une: Este 24 marcharán todos con un mismo lema, la indiscutible tríada de Memoria, Verdad y Justicia. Por sus abuelos, que son los 30 mil.

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