Marcharon por el derecho al aborto que sus madres no tuvieron

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El Ni Una Menos rompió barreras entre generaciones. Madres que por primera vez pudieron contar sus abortos clandestinos a sus hijas. Hijas que por primera vez pudieron escuchar a sus madres y acompañarlas como mujeres a la par. Pequeñas historias de esas charlas que van cambiando la Historia. Y que llegaron a una nueva marcha unidas por el reclamo de un derecho.

Majo y Valentina llegan a las corridas al Congreso, salieron de trabajar, se tomaron el subte y al bajar en Callao desataron el pañuelo verde que cuelga de la mochila todos los días y se lo ataron en el cuello. Ahora se mezclan entre los carteles y los cantos compartidos de las que vinieron solas, las que están en familia, las que vinieron encolumnadas. Pero cuando hablamos al final de la marcha, Majo me cuenta cómo ve que cada una que está ahí fue atravesada por el feminismo en un punto único. En un mambo histórico con su cuerpo, en un miedo a bailar como se le dé la gana en los boliches o en un primer noviazgo donde siempre cedimos un poco más de lo que hubiésemos querido.

El feminismo hoy es tapa de los diarios, es teñir el Congreso de verde todos los martes, es esperar la media sanción el 13 junio con más ganas que la primera fecha del mundial. El fervor en la agenda pública desde hace ya tiempo atravesó la televisión y es tema fijo en la sobremesa, que quizás empezó con una insistencia al papá o al hermano a que lave los platos, o a no poner de fondo en la tele a unas chicas desnudas siendo toqueteadas por unos chicos en traje. Remamos contra el “no exageres” y el “¿otra vez vas a salir con eso?” hasta que en un momento nuestras mamás dejaron de vernos como adolescentes que querían romper todo al marchar, y nos empezaron a ver como el reflejo de sus silencios incuestionados pero sentidos, y difícilmente olvidados. Hoy, en las cenas en la casa de Valentina el debate a la mesa lo llevan las dos. “Mi mamá y yo estamos en la misma etapa. Mi lucha es su lucha”. Y así surge el relato evitado. Muchas mamás que abortaron y se lo pudieron contar ahora por primera vez a sus hijas.

El aborto llegará a Diputados antes del Mundial

Una vez que abrimos los ojos es imposible volverlos a tapar. Cuando entendés que el silencio mata, tu historia se vuelve revolucionaria. Sin darse cuenta, entran en ese círculo de mujeres que se inventaron Valentina, su hermana y su mamá, Mariana. A la mamá se le escapa a través del nudo en la garganta que ella también abortó, hace mucho tiempo. Y la hija se imagina a sus abuelas, que no se despegan el rosario del cuello, y se pregunta qué tanto supieron de lo que pasó, y si su mamá lo hizo por ella, o por su viejo, o porque no tenía plata. Entiende el miedo a contarlo, pero ¿cómo logró ocultarlo tanto tiempo?

Majo y su mamá se repensaron una y mil veces en este tiempo. Porque ahora, como tantas otras madres e hijas, se miran a la par. Encuentra que su mamá también fue hija, y fue criada por una mujer que se tuvo que quedar en casa porque su marido se fue a trabajar a Corrientes para poder mandar un dinero todos los meses. Y que también abortó, dos veces: una con plata y otra sin plata. De la primera casi ni se acuerda, porque después de que te aten de manos y piernas a una camilla y te quieran meter un palo por la vagina sin anestesiarte ni dejarte mover, desangrarte en un baño, pero con la difusa seguridad de un médico que te promete que “está todo bien”, no resalta mucho cuando repasás tu historia la vez que todo fue más “cuidado”.  Cuando los papás de Majo se separaron todo quedó “claro” muy rápidamente: la madre era “loca, violenta” y “de lo único que sabía vivir” era de “robarle plata al papá”, que era un “buen trabajador, propietario de casa y auto, y buen padre” de las chicas. “Hoy encontrarnos como mujeres con mi mamá me hace entenderla en un montón de cosas que nunca le perdone como hija”, dice Majo.

“Creo que el feminismo nos toca a todas y a cada una en algún punto particular”, agrega Majo. “Yo crecí sintiendo que mi cuerpo no pertenecía, que siempre estaba molestando. Ahora conocemos la palabra aborto, ahora es parte del debate. No es cuestión de edad, esto es agenda pública, y eso lo trae a la casa.”

Aborto: hablando de la libertad

“¿Para ir a la pileta tampoco te vas a depilar?”, me dijo mi mamá hace 2 años, cuando asomé mis piernas con pelos al primer domingo de calor del verano. El domingo siguiente se repitió la misma escena, pero esa vez terminé llorando en el baño sacándome a las apuradas los pelos con la Epilady. Este verano, mi vieja entró a mi cuarto con un vestido por encima de las rodillas, sin medias y peluda: “Los pelos ni te cambian la forma del cuerpo, sos igual de linda con o sin ellos. No entiendo por qué tanta obsesión con depilarse”. De los pelos al aborto hubo un paso. Hablamos. El feminismo hizo que en casa -además de madres, hijas, tías y abuelas- seamos mujeres y compañeras que se escuchan, que aprendamos entre todas, que nos acompañemos. Porque solo ganamos si la de al lado gana un poquito más que nosotras.

Hace tres años Majo, Valentina y yo marchábamos por primera vez juntas, en un Ni Una Menos desordenado, al que llegamos con el gusto a incertidumbre de lo autoconvocado, para fascinarnos con una multitud inesperada, e irnos con el desconcierto frente a una marea que no terminaba de tener una corriente clara. En un vomito de miedos, angustias, expectativas y ansiedad, la primera vez que nos encontramos gritando por nuestro derecho a vivir, a pensarnos, a conocernos, y a decidir sobre nuestro cuerpo fue en ese torbellino que hoy no perdió fuerza pero si tomó forma. Nos informamos y transformamos, y esta vez nos toca a nosotras decirles a nuestras mamás, abuelas, tías: “no estás sola”, como tantas veces ellas nos dijeron a nosotras. Hoy nos encontramos como compañeras para decirles que pueden hablar, que tienen que hablar. Que el grito es vida y la clandestinidad es muerte. Hoy por primera vez, Andrea le mandó un mensaje a Majo antes de marchar: “Abrigate, avísame donde estás, y que no haya Ni Una Menos”.

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