Mi mamá es feminista y no lo sabía

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Cecilia tiene 31 años. Es hija del EGB y de las incipientes discusiones sobre machismo en la escuela. Mirta, su mamá, tiene 70 y este jueves participó por primera de una marcha: “Estoy orgullosa de haber venido”, dice. Hace un tiempo comenzaron a debatir sobre feminismo, derechos, aborto e igualdad. Como resultado de aquellas discusiones, participaron juntas del #8M. Crónica de un feminismo que atraviesa generaciones.

Fotos: Sol Avena

Dos días antes del Paro Internacional de Mujeres, Cecilia estaba sentada en el borde de un escalón frente al anexo de la Cámara de Diputados. Miraba a las mujeres que se encontraban en la zona y sentía que el pecho le iba a estallar. Por primera vez el proyecto que busca la despenalización del aborto lograba colocarse en agenda y ser presentado con el récord histórico de 71 diputados firmantes. El llamado respondió a un impulso: “Voy a comer”, le dijo a su mamá. Quería compartir con ella aquella conquista. “No lo entiende, pero soy feminista gracias a su ejemplo”, cuenta con una mezcla de burla y admiración.

Las charlas entre Cecilia y Mirta son algo habitual: hay puteadas, hay portazos, hay silencios y hay debate. Hace ya un tiempo que las cuestiones de género atraviesan sus conversaciones. El acoso callejero, los dichos de Cacho Castaña, el trabajo doméstico no remunerado, las palabras de Facundo Arana y la maternidad. Sin embargo, aquella última visita fue crucial para que el 8 de marzo decidieran poner el cuerpo y movilizarse juntas en sintonía con otras 500 mil mujeres en la Capital Federal y millones en distintas partes del mundo.

Mirta asegura que decidió marchar para acompañar a su hija. Su hija, asegura que ella marcha gracias a su mamá. Con muchas diferencias, ambas lograron llegar a la conclusión de que se lo llame como se lo llame, las dos buscan la igualdad. Un feminismo que se expande y que incluye en su lucha a más de una generación.

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Cecilia tomó el tren y, en vez de bajarse en Temperley, siguió hasta Longchamps. Cuando llegó a la casa de su mamá lo primero que hizo fue prender el televisor. “Es que en casa no tengo tele y pensaba ¡Quiero saber qué pasa! Necesitaba hacer zapping y ver qué decían sobre el tema”. Pasando los canales, y mientras Mirta refunfuñaba “porque ella odia ver televisión”, sintonizaron a Jorge Rial con el pañuelito verde en la muñeca.

“Ahí dije: pará. Quiero ver esto. Ella me decía no, sacalo, poné música y yo le decía no, dale, escuchemos”. Entre el almuerzo y la pantalla el tema se instaló.

– Y vos, ¿De dónde venís?, preguntó Mirta.

Cecilia es combativa, pero en aquel momento recurrió a los mismos recursos que su madre había utilizado con ella y que había aprendido después de más de cuarenta años de docencia. “Le empecé a contar que venía de una marcha referida al aborto, le conté que mujeres fueron presas, que un montón mueren y así, entre un dato y otro, charlamos durante todo el almuerzo”.

En Argentina se realizan 450 mil abortos clandestinos por año y es el propio Ministerio de Salud el que afirma que la interrupción del embarazo es la principal causa individual de mortalidad materna en nuestro país. Lo inseguro no es la interrupción del embarazo –ya que los abortos realizados en óptimas condiciones la tasa de mortalidad es más baja incluso que en los partos– sino las condiciones en las que se realizan debido a la clandestinidad. Incluso en los casos en los que es legal implementarlo –por violación o riesgos en la salud de la madre– el derecho no se encuentra garantizado.

Aquellos datos que salieron de la boca de su hija horrorizaron a Mirta: “Ella empezó a decirme que no sabía esto, no sabía lo otro y así charlando con una palabra muy sincera me dijo ah, entonces sí estoy a favor del aborto. Ahí le dije bueno, si vos pensás esto tenés que venir conmigo”, dijo Cecilia en relación al segundo Paro Internacional de Mujeres.

Cuando recuerdan la anécdota ambas se ríen. A Mirta la idea todavía le hace un poco de ruido, pero no cierra la posibilidad de reflexionarlo: “Yo sigo pensando, no sé si en su totalidad estoy a favor, pero creo sí que es importante que cada mujer pueda decidir si sigue su embarazo o no”.

– Ves, estás a favor del aborto entonces mamá, la interpela Cecilia.

– Bueno, hay distintas circunstancias, pero es verdad que traer un hijo al mundo si no se quiere es feo, es injusto nacer y no ser querido y cuando eso pasa después los chicos enfrentan muchas dificultades, conozco muchos casos. Pienso, como mamá, que si ella hubiera quedado embarazada, hubiera sido difícil. Es algo difícil y por supuesto que lo hubiéramos hablado y hubiéramos visto la forma de salir adelante, continúa Mirta.

Cada tanto ambas hacen silencio. Cecilia resalta que lo importante es charlar y seguir construyendo espacios de reflexión para que estos temas puedan seguir pensándose de forma colectiva. Mirta recuerda que le contaron que una compañera suya se había practicado un aborto. “Era de mi edad, había sido abusada cuando era joven y abortó. Pensando ahora esa mujer está casada, tiene hijos y no sé qué hubiera pasado si hubiera seguido con ese embarazo. Lo que sí sé es que para la sociedad hubiera sido mal señalada”.

No siempre las charlas se dieron con esta liviandad. “Tuvimos que madurarlo juntas”, confiesan. Sus formas de percibir el mundo han sido completamente diferentes. Mirta tiene 70 años, trabajó como docente de escuela primaria desde los veinte y si bien su padre no era un clásico machista las tareas para la mujer se encontraban bien definidas en su hogar. A los 30 años se enamoró de Juan Carlos, el papá de Cecilia, aunque como no existía la Ley de Divorcio (sancionada en Argentina recién en 1987) y él había formado una pareja con anterioridad, no pudieron casarse. “Yo viví en pareja con su papá y ser concubina en ciertos lugares me ponía mal. Decir el Estado civil era una cosa que me dolía. Me acuerdo cuando Cecilia tomó la Comunión yo me quedaba sentadita y mis hermanos comulgaban por mí”, recuerda Mirta. “Yo soy catolica pero no soy practicante, sin embargo eso me dolía mucho. Cuando falleció Juan Carlos pensé ahora estoy liberada, ahora para todos soy viuda entonces puedo ser libre, puedo escuchar la misa e ir a comulgar”.

La mayoría de las discusiones entre madre e hija se dan porque para Cecilia, Mirta no registra la cantidad de veces en las que ha sido víctima del patriarcado. “Lo naturaliza tanto al punto de no darse cuenta: Che loco, es verdad. La sociedad me juzgaba, mi marido no me ayudaba”. Mirta sonríe, baja la mirada y cuenta: “Si, bueno eso sí. En el momento no te das cuenta. Yo siempre fui una mujer práctica y si el otro no lo hacía lo hacía yo, pero para salir adelante. Hoy soy consciente de los derechos que necesitamos y que debemos tenerlos como los tienen los hombres”.

Cecilia siempre se enojó por las mismas cosas, solo que ahora puede llamarlas por su nombre. “Mi pensamiento es el mismo, pero en este último tiempo lo que nos pasa un poco a todas es que tenemos un nombre para esto, nos da un marco teórico que nos respalda y con el que podemos decir las cosas de manera que se entiendan mucho mejor y que se tomen más en serio. Yo le digo, si estás pidiendo la igualdad entonces bienvenida, sos feminista”.

Mirta es un poco más reacia. Le choca la palabra feminismo y jamás había participado de una manifestación. Sin embargo, tiene sus propias consignas muy claras: “Marcho porque mi hija charló conmigo, porque me hizo ver esta posibilidad de venir. A veces me da cierto temor por las consecuencias de algunos inadaptados y algunas inadaptadas. Pero vengo porque quiero que sea una marcha cultural y que todo el mundo vaya entendiendo que tenemos que estar unidos, hombres y mujeres, para poder lograr un mejor país, un mundo mejor. Es difícil, pero yo creo que de a poquito se va a lograr”.

– Obvio, ¡te tenemos acá!, le dice Cecilia y se ríe.

– Es verdad. Acá estoy. Es la primera vez que vengo a una marcha y estoy orgullosa de haber venido.

Cuando dos días atrás Cecilia le había propuesto participar juntas de la marcha Mirta se emocionó: “Es que cuando le dije que sí se levantó de la mesa, vino, me abrazó y me dio un beso. Ahí terminé de entender que si mi hija está luchando por estos derechos que también son míos bueno, bienvenido sea todo esto”. Mientras tanto su hija la frena y entre risas afirma: “Es muy loco, porque ella cree que viene acá por mí, y no se da cuenta de que en verdad yo estoy acá gracias a ella”.

Cuando su papá falleció Cecilia tenía catorce años. Mirta no había abandonado su trabajo al ser mamá, por lo que a pesar del golpe pudo llevar económicamente adelante el hogar y acompañar a Cecilia en toda su crianza. “Un poco antes de su enfermedad nosotros nos habíamos separado, pero igual lo acompañé durante todo el proceso”, recuerda Mirta.

Cecilia recuerda una anécdota y comprende ahora a la distancia que algo de su feminismo se anidaba en aquellas prácticas de su madre: “Una vez ella me dijo, mamá me venís a buscar a la escuela, vení caminando (porque yo la llevaba en auto, la dejaba y me iba a trabajar), vení caminando y ya tenés que tener el almuerzo hecho”.

– Bueno, es que no comías nunca conmigo y yo veía que mis compañeritas sí hacían eso con sus mamás, retrucó Cecilia algo avergonzada.

Tenía razón. La mayoría de las mamás esperaban a sus hijas en la puerta de la escuela y las esperaban con el almuerzo calentito. Mirta dejaba la comida preparada de la noche anterior, no podía buscarla en la escuela y solía faltar o llegar tarde a las reuniones de padres. “En ese sentido si, yo de alguna manera envidiaba a las mamás que estaban en la puerta esperando, pero igual siempre estuve presente en lo que necesitaba”.

Cecilia dice también que marchó por su mamá: “Para adentrarla en esta conciencia de género tan importante. Para reclamar los derechos que no tenemos como mujeres y para que ese reclamo se visibilice. Pero fundamentalmente para charlar con ella. Para ver los carteles, discutirlos, debatirlos y que juntas podamos identificar aquel machismo del que somos víctimas”.

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