Pizzería Mi Tío: sobrevivir a la crisis

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Daniel llegó a trabajar como todas las mañanas a la pizzería Mi Tío pero estaba cerrada. Sus dueños la vaciaron y se fueron. Los trabajadores, algunos con veinte años de antigüedad, decidieron rescatarla para preservar su fuente laboral. Durante meses durmieron en el local por miedo al desalojo. Esperan poder convertirla en cooperativa. “Queremos mantener nuestra fuente de trabajo, somos todos sostenes de familia”, asegura el “Chino” Fernández que trabaja en Mi Tío desde hace trece años. Otra historia de una Argentina en crisis.

Fotos: Joaquín Salguero

En pleno corazón de San Telmo, donde el inglés o el portugués se escuchan más que el español, donde las chucherías made in argentina son un suvenir obligado, una de las pizzerías más famosas del barrio vive una situación crítica: Mi Tío, en la esquina de Defensa y Estados Unidos, que desde 1974 es un clásico para los vecinos y los turistas, se convirtió en un bastión de lucha de los trabajadores. El 29 de marzo, los históricos dueños cerraron la persiana sin aviso y dejaron a todos los trabajadores en la calle. Ellos decidieron tomar las riendas y empezar el camino para formar una cooperativa.

Adrián el “Chino” Fernández está sentado en una de las mesas de la pizzería Mi Tío, lugar en el que trabaja hace trece años como mozo del turno noche. Los que entran lo saludan por su apodo y él también responde por el nombre de pila de los clientes. “Acá somos como una familia”, cuenta un poco más tranquilo, después de casi tres meses en los que al menos dos veces por semana, dormía en un colchón sobre sillas en el local, en un sistema de rotación con el resto de sus compañeros, por miedo a que los desalojaran.

La pizzería Mi Tío conserva su clásica fisonomía de cantina de barrio, aunque ahora con un aditamento: todas las paredes están intervenidas con carteles que rezan frases como “De Mi tío no nos vamos” “Aguante la pizzería Mi Tío” “Apoyo a los trabajadores de Mi tío”.

El Chino aún recuerda aquel fatídico miércoles 29 de marzo, cuando a las 7 de la mañana, su compañero Daniel –el maestro pizzero­– llegó como todos los días pero no pudo entrar. A esa hora, los dueños, Héctor Villaroel y María Marta Romero abrían el local y recibían la mercadería. Pero ese día no estaban.

Desde que asumió el nuevo gobierno, el local comenzó a sufrir las primeras consecuencias del ajuste. Las boletas de gas y luz llegaban con montos exorbitantes, los precios de los productos subían y los clientes ya no entraban como antes. Los dueños –que abrieron el local hace 43 años– empezaron a tomar medidas que perjudicaron a sus empleados. Los sueldos se pagaban a destiempo, el aguinaldo no se pagaba, no se hacían los aportes a las obras sociales, y el destrato tanto con sus trabajadores como con la clientela se convirtió en algo habitual. Había una suerte de guerra fría entre todos. Es por eso que los trabajadores –la mayoría con casi 20 años de antigüedad– comenzaron a reunirse con abogados laboralistas para intentar resolver esta situación. Lo que nunca se imaginaron fue que sucedería de esa manera.

La mañana del 29 Daniel esperó y esperó. Nada. Se fue al puesto de diarios de la esquina, para esperar en compañía, pero tampoco. Nada. Se hicieron las 9 y volvió a su casa. Antes les avisó a sus compañeros. Todos lo supusieron pero nadie se animaba a decirlo. Nunca más volverían a ver a sus patrones.

A eso de las 15 llegaba Hermógenes el “Pety” Romero, el mozo de la noche, que trabaja en el local desde 1977. No sólo las persianas seguían bajas, sino que el candado principal era otro. A las 16 todos los trabajadores estaban reunidos en el bar de la otra cuadra. La decisión era unánime: se iban a hacer cargo de Mi Tío, ellos, los trabajadores.

Desde ese día se creó un gran movimiento de apoyo entre vecinos y clientes más frecuentes. A través de las redes sociales y grupos de WhatsApp se tejió una red de solidaridad y contención que es lo que los sigue manteniendo en pie a los nueve trabajadores. El trabajo es el doble, porque ahora no sólo hacen las tareas de siempre sino que además, deben armarse como cooperativa y eso conlleva un esfuerzo extra entre reuniones, papeles y trámites.

“Estamos tratando de salir adelante gracias a la ayuda de todos. Estamos en camino a convertirnos en cooperativa, ya presentamos todos los papeles. Queremos mantener nuestra fuente de trabajo, somos todos sostenes de familia”, concluye el Chino. Mientras tanto, continúan atendiendo el local en su horario habitual, de 7 de la mañana a 2 de la madrugada.

Es la hora de la merienda y el local se va llenando. El Chino tiene que seguir. Sabe que los tiempos que vienen son difíciles, pero también sabe que necesita ese trabajo para seguir adelante. “De Mi Tío no nos vamos”, repite casi como mantra. La frase que se convirtió en un lema para los vecinos de San Telmo vuelve a reflejar la situación social y económica de tipos comunes, que de un segundo para otro tuvieron que cambiar su vida.

@taligoldman

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