Roitman, un desaparecido con cuerpo y alma

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El Hospital Posadas fue su lugar de trabajo, el pozo donde estuvo secuestrado y la porción de tierra en la que sus asesinos lo enterraron. Los restos del médico Jorge Roitman aparecieron el mes pasado mientras se hacían trabajos en la parte posterior del policlínico. La identificación –que se confirmó días atrás gracias al trabajo del Equipo de Antropología Forense (EAAF)– significa una prueba más en el juicio que deberá afrontar en 2018 Luis Muiña, el represor beneficiado con el 2×1 de la Corte Suprema.

“Explotó una garrafa”, pensó la médica Graciela Donato cuando un fuerte ruido la despertó en la medianoche el 2 de diciembre de 1976. Se había dormido junto a su hija mayor mientras su marido miraba un partido por televisión con su beba Alejandra en brazos. La mujer se apuró y vio a su marido inclinado hacia la mirilla de la puerta, con la nena a upa, y diciendo algo que no llegaba a comprender. Al instante vio que entraban unas cuatro o cinco personas vestidas con ropa de fajina azul y borceguíes.

A Jorge le arrancaron a Alejandra de sus brazos. Encerraron a las dos nenas en un dormitorio con la madre. Lo único que escuchaba era cómo vaciaban el alhajero. Uno de los hombres irrumpió en la habitación y empezó a revisar el ropero, Graciela se las arregló para escabullirse y buscar a su marido.

Acostado en el piso, con una camisa en la cabeza. Esa fue la última imagen que guardó del doctor Roitman, uno de los médicos jóvenes que desde hacía unos años trabajaba en el Posadas, el políclínico que Eva Perón había soñado para atender a los pobres, que se había convertido por décadas en un instituto sanitario para la investigación y que hacía menos de cinco años oficiaba como hospital general.

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–Déjenme despedirme – le imploró al integrante del grupo de tareas que seguía hurgando en su habitación.

— Ya se lo llevaron – le respondió, según ella les contó a los jueces en el Juicio a las Juntas de 1985.

Ana María González era vecina de Roitman y Donato en el edificio de la calle Espora 1060 en Ramos Mejía. A ella también la sobresaltó un estruendo. Se acercó a la mirilla de la puerta y vio cómo unos hombres tomaban posición en el pasillo. Escuchó un llanto: era el de Alejandra. Un grito: el de Graciela. No vio nada más.

“A Jorge se lo llevaron en el baúl de un Falcon”, le contó otro vecino. El doctor Roitman iba camino a su calvario.

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Jorge Roitman nació un 23 de noviembre de 1944 en la Ciudad de Buenos Aires.  Sus padres, Bernardo Roitman y Ester Lupka, vivían por entonces en la calle Acoyte al 1200. Fue hijo único hasta que a los diez años nació su hermana, Diana.

— ¿No estás celoso? – le preguntó una tía insistente.

— No. A mí ya me mimaron mucho por diez años.

Con su hermana, los unía un amor profundo.

“Manitos de pianista, piernitas de bailarina, carita de Miss Argentina”, le escribió a Diana cuando se le ocurrió incursionar en la poesía. A los dos les gustaba tocar el piano. A él, también, le gustaba el fútbol.  Jugaba en un potrero cerca de la casa. A Jorge y a su padre los unía, entre otras cosas, el amor por Chacarita.

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La secundaria la cursó en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda en el barrio de Palermo y estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cuando volvió de Estados Unidos después de especializarse en infectología, Daniel Stamboulian lo eligió como uno de sus discípulos mientras empezaba a desarrollar un departamento de esa especialidad en el Hospital Posadas.

“Jorge era un joven y brillante profesional – escribió Stamboulian años atrás en un libro de Semblanzas que produjo la Comisión de Derechos Humanos del Posadas –, a quien seleccioné para trabajar con pacientes adultos”.

Carlos Bevilacqua compartió con Roitman el servicio de clínica médica y de terapia intensiva. Bevilacqua lo recuerda como un colega brillante, apasionado por la pintura, especialmente por los impresionistas. También dice que estaba bastante alejado de la política, no tenía actividad gremial ni militante.

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Gladys Cuervo entró a trabajar en el Posadas cuando no era hospital sino un edificio en el que funcionaba el Instituto Nacional de la Salud (INS). Trabajó ahí entre 1958 y 1966. Recién volvió al Posadas en 1973, el año en el que los trabajadores tomaron el centro médico y designaron al consejo que lo manejaba y al director que debía abrir la institución a la comunidad.

A Roitman lo vio pocas veces. En alguna oportunidad cuando él visitó el servicio de Traumatología del que Gladys era la enfermera a cargo; otra en el comedor. Volvió a encontrarlo cuando el horror ya se había apoderado del hospital.

El Posadas fue ocupado militarmente el 28 de marzo de 1976 en un operativo a cargo de Reynaldo Benito Bignone, el último presidente de facto argentino y por entonces el delegado de la Junta en el Ministerio de Bienestar Social. Los militares tenían listas en las manos con el personal a detener. Hubo más de 50 detenciones y decenas de cesantías. Los detenidos fueron, al tiempo, legalizados.

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Bignone dejó al coronel médico Agatino Di Benedetto como interventor en el Posadas. Al tiempo, lo reemplazó Julio Esteves, responsable de la llegada al centro médico de una guardia de seguridad interna, que – con el pasar de los días – los trabajadores iban a llamar “Grupo SWAT” por la ostentación de armas que hacían en los pasillos del hospital.

Para esa época, entró a trabajar en el Posadas Luis Muiña, el represor que la Corte Suprema sacó de su gris anonimato este año cuando le concedió el 2×1 para morigerar su condena. Nacido en 1954 en Merlo, provincia de Buenos Aires, Muiña era perito mercantil. Según declaró ante la justicia, tuvo un paso por la Gendarmería entre 1974 y 1976, hasta cuando supuestamente pidió la baja. Rubio, delgado y agresivo. Así lo recordó Marta Chester ante el juzgado de Daniel Rafecas cuando contó que había entrado en su casa el 26 de noviembre de 1976 para llevarse a su marido, Jacobo Chester. Un día antes, Gladys Cuervo había sido secuestrada dentro del mismo hospital.

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En un placard. Allí estaba Gladys Cuervo atada, amordazada por los integrantes del “Grupo SWAT”. Un día se aflojó las manos, movió la venda y pudo ver que en el placard había una tarjetita firmada por las voluntarias del Posadas. Reconoció así que su lugar de trabajo era ahora su lugar de cautiverio. Al tiempo, se enteraría que estaba secuestrada en el chalet que era habitado por el director interino hasta el golpe de Estado de 1976.

Durante su cautiverio, Gladis vio a Roitman y a otra médica, Jacqueline Romano. Eran otros secuestrados como ella, sometidos a la ferocidad de sus captores.

A Roitman lo escuchaba quejarse. Pidió a uno de los represores verlo: lo encontró en un charco de sangre y orina. A ese mismo represor, Oscar Tévez, le preguntó otro día por qué se escuchaban corridas. “Se murió Roitman – le contestó –, y vinieron los milicos a llevárselo”.

Por el testimonio de Gladys, el juez Rafecas – a cargo de las investigaciones por los crímenes cometidos en el Primer Cuerpo del Ejército – situó la muerte de Roitman el 8 de diciembre de 1976, aproximadamente una semana después de su secuestro.

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En 2011, Alejandra – la beba que estaba en brazos de su padre cuando lo secuestraron – le pidió al Tribunal Oral Federal 2 de la Ciudad de Buenos Aires adelantar su declaración. Quería prestar testimonio, contar cómo había reconstruido la historia de su padre a través de otros relatos, para poder escuchar a quienes habían trabajado con él en el Posadas para seguir encontrando piezas que le permitieran armar su historia.

Contó que Estéves – el coronel médico que había traído a Muiña y al resto de los integrantes del “Grupo SWAT” – le dijo a su madre cuando fue a buscar información que le permitiera dar con el paradero de su padre que a él “lo había matado la barba y el apellido”.

Durante el juicio, el fiscal Javier De Luca pidió que se acusara a Muiña por el asesinato de Roitman y de Chester, pero el TOF 2 no hizo lugar al pedido. A Muiña le dieron 13 años. También los jueces condenaron a Bignone por haber comandado la represión de marzo de 1976 en el Posadas y al brigadier Hipólito Mariani, por ser la máxima autoridad de la Fuerza Aérea en la zona cuando funcionó el centro clandestino de detención conocido como “El Chalet”.

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El 8 de noviembre, un grupo de obreros cavaba una zanja para un desagüe cuando encontraron un cuerpo. Estaba a solo 25 metros del lugar donde funcionó el centro clandestino durante la dictadura y que actualmente funciona como una escuela de enfermería y como sede de la Dirección de Derechos Humanos del Hospital Posadas.

El juzgado le dio intervención al EAAF, que en un poco más de un mes pudo determinar que eran los restos del doctor Roitman. Fueron las muestras de sangre de su hija Alejandra y de su hermana Diana las que permitieron identificar al médico desaparecido en 1976.

Dos semanas atrás, el juez Rafecas le comunicó a la familia de Roitman que después de 41 años habían hallado los huesos de su padre en el Posadas, en el mismo lugar donde trabajó, donde estuvo cautivo y donde cada marzo y noviembre es homenajeado junto a los otros diez trabajadores desaparecidos del centro médico.

El juzgado le pidió al EAAF que inicie un relevamiento para investigar si pueden encontrarse los restos de otras personas que hayan pasado por ese centro clandestino. Los trabajos comenzarán en las próximas semanas, confirmaron fuentes judiciales.

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Muiña volverá a juicio en mayo del año próximo. Deberá responder por las muertes de Roitman y de Chester, los cargos por los cuales el TOF 2 no quiso juzgarlo en 2011. El juicio estaba inicialmente previsto para marzo, pero se demorará dos meses más.

El exintegrante del “Grupo SWAT” estaba en libertad condicional cuando la Corte Suprema emitió el fallo que lo beneficiaba y abría el camino para otros represores en mayo de ese año. Volvió a prisión el 30 de junio por pedido de la fiscal Ángeles Ramos, quien estará a cargo de la acusación en el juicio oral.

“La aparición del cuerpo es una prueba contundente para el juicio”, dice Gladys Cuervo con la precisión de alguien que hace más de 32 años recorre juzgados, tribunales y fiscalías en busca de justicia.

Este viernes 29, amigos y colegas de Jorge Roitman lo despedirán en el Hospital. Se reunirán a las 10 de la mañana para ver pasar el cortejo que a las 10.45 conducirá el cuerpo del médico hasta el cementerio 41 años después de su asesinato. Estarán juntos en el Posadas, en el lugar donde todo se inició y aún se buscan las respuestas.

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Luciana Bertoia

Luciana Bertoia

Periodista, Licenciada en Ciencia Política y Magíster en Derechos Humanos. Cubre temas vinculados con justicia y derechos humanos. Formó parte del Buenos Aires Herald y trabajó en la sección El Mundo del diario Página/12 y en Miradas al Sur.

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