El tarifazo mató otro sueño

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Jimena es bailarina. En 2012 creó Café Müller, un espacio de danza en Villa Crespo que creció vertiginosamente y llegó a tener reconocimiento nacional e internacional. Miles de espectadores y asistentes pasaron por la sala. A partir de 2016 la realidad cambió. La gente dejó de asistir porque no podía pagar la entrada. Intentaron resistir, tenían esperanzas, pero todo empeoró. Finalmente, este año tuvieron que cerrar las puertas del espacio. “El tarifazo nos liquidó”, dicen con tristeza.

El día que Café Müller cerró sus puertas, Jimena García Blaya descubrió que los lugares sin las personas no valen nada. Allí se habían dictado talleres, presentado obras, realizado muestras y exhibiciones de arte. Café Müller se había convertido en uno de los principales espacios culturales de Villa Crespo y en el único lugar de la ciudad con alcance internacional que buscaba esquivar los umbrales competitivos de la danza para construir una comunidad horizontal y colectiva.

Los tarifazos en los servicios públicos, el aumento en el transporte, la devaluación de los salarios y el poder adquisitivo de los ciudadanos hizo que el espacio no pueda subsistir. “Tuvimos esperanza”, dice su coordinadora, “pero fue cada vez peor”.

Como cientos de espacios culturales del país, los artistas, docentes y alumnos que integraban Café Müller, ubicado en Lavalleja 1116, tuvieron que abandonar el lugar. Una historia repetida sobre los efectos de la crisis macrista en la cultura.

El surgimiento de espacios alternativos

“Café Müller nació de una manera muy ingenua”, dice Jimena. Fue ella quien, junto con una compañera, supo que debían apostar a la creación de un espacio de encuentro. “Su florecimiento fue en 2012, para nosotras un momento de producción y sensibilidad económica. Nos parecía que necesitábamos un lugar así”, cuenta la bailarina García Blaya.

El Club de Danza trabajó desde sus inicios sobre cuatro cuestiones principales: la construcción de una sala específica para la exhibición de trabajos, la formación profesional a través del dictado de talleres, la investigación desarrollada gracias a la residencia de artistas y la gestación de un espacio de encuentro social que permitiera ampliar los límites actuales de la danza: mezclarse, dialogar y ser interpelados. Café Müller había construído también su propia biblioteca con bibliografía específica, su área de visuales y varias actividades satélites desarrolladas para cada año.

“Nuestro proyecto partía de la idea de que la gestión cultural es política, pertenece al mundo del pensamiento y forma parte de un mercado en el que no participamos”, dice Jimena y aclara que desde Café Müller, durante toda su existencia, se hizo un fuerte trabajo para inventar nuevas formas de llevar adelante el espacio.

Desde su creación, el Club realizó más de quinientas funciones nacionales e internacionales, recibió más de ocho mil espectadores y produjo alrededor de sesenta obras de la mano de diversos artistas, intérpretes, realizadores, coreógrafos, universidades e instituciones públicas.

Gestionado por y para artistas, Café Müller Club de Danza necesitó de un gran esfuerzo para nacer: “Durante los primeros años la inversión a nivel humano fue muy grande, pusimos mucho esfuerzo. Pero después ya no se trataba de simplemente subsistir, crecíamos y nos manteníamos con la propia actividad del espacio”. El objetivo era desarrollar arte sustentable. Talleres, obras de teatro, espacios de construcción y pensamiento colectivo. “El lugar explotó”, dice Jimena recordando los primeros meses. “Mucho público, muchos alumnos, mucha gente con propuestas para presentar obras y trabajos”.

El azote del cambio

El 2016 fue un año difícil para el espacio desde sus comienzos: “Teníamos un subsidio muy pequeño que venía del 2015. Intentamos inyectar ese dinero en el grupo de trabajo e intentamos prorratear los gastos, pero no nos salió”, cuenta Blaya a Nuestras Voces.

  • ¿Qué pasó?

“Dejó de venir gente que pudiera pagar. Dejó de pasar esa cosa efervescente de tomarse una birra antes de la función, de pagar el taller, de acceder a un espectáculo. Las entradas tuvimos que aumentarlas, pero no al porcentaje que hubiéramos tenido que hacerlo por los aumentos que nosotros recibíamos”.

  • ¿Qué aumentos sufrieron?

“Principalmente la luz. El alquiler, aunque ya sabíamos que iba a aumentar, también nos liquidó. Sabíamos que todo iba a ir creciendo. Una cosa vital fue que toda la comunidad fue muy castigada, porque todo es muy informal y porque el sostenimiento económico se volvió muy irregular e inestable. Los docentes que antes trabajaban seis horas en Café Müller tenían que estar tres, porque el resto las necesitaban para buscar trabajos que los ayuden a mantenerse. Toda una comunidad que era estable y que se sostenía empezó a tener situaciones graves”.

Los coordinadores del espacio no quisieron alarmarse antes de tiempo. Aunque el comienzo del año había sido duro, aspiraban a tener una mejor temporada en el segundo semestre. “La temporada alta de teatro suele ser septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Es cuando hay más gente, así que un poco lo estiramos hasta ese momento. Pensamos ya va a repuntar. Teníamos un grano de esperanza. Políticamente todos estábamos informados, sabíamos que era una ilusión, pero antes de bajar los brazos dijimos quizás… pero eso no pasó. Fue cada vez peor”, menciona Jimena.

La decisión de cerrar fue difícil. “Fue de a poco. La administración y la coordinación, en pequeñas reuniones que hacíamos, íbamos planteando cuál era la situación. En un momento recuerdo que estábamos con el administrador Jonatan Kluk y Federico Moreno, encargado de la sala. Él me había dicho los números no dan, salgamos de acá porque ¿hasta dónde nos vamos a endeudar en esta situación, con este gobierno?”.

“Hubo una última reunión ya con todo el equipo en donde se decidió. Hubo líos, esperanza de seguir de otra manera. Podemos sostener esto como una escenografía, reducir las actividades, ocupar el lugar, teníamos esas posibilidades. Pero cerrar Café Müller era un acto político también. No íbamos a sostener esta escenografía a costa de los trabajadores. A la sociedad le dijimos: sepan lo que está pasando. El único lugar con prestigio nacional e internacional, con años de formación, con participación en ciclos internacionales, tiene que cerrar. Creí que eso era lo que había que hacer”.

La última función en Café Müller fue Truco, una coproducción con México en donde actuaba la artista Olga Gutiérrez. “El espacio se cerró con una función llena, completamente independiente y de producción regional”, afirma Jimena. Al día siguiente, se realizó una práctica compartida que invitaba a moverse por el espacio: “El lugar explotó. Participaron otras agrupaciones como Giró Cartelera, hubo gente cocinando, estaba la radio La Tribu, en donde tenemos una columna, el lugar estaba lleno de gente”, dice su coordinadora y agrega: “Cuando había que cerrar me pidieron que hable. Solo pude decir nos tenemos que ir, vayámonos así, con esto que pudimos construir. Yo miraba a la gente y no los conocía, no eran mis amigos, era algo que había crecido entre la comunidad. En ese sentido lo logramos, formamos parte de un mismo proyecto”.

Después de todas las actividades finales a Jimena le tocó vaciar el lugar y entregar las llaves: “Cuando volví tres días después la enredadera que habíamos hecho crecer durante cinco años había muerto. Estaba completamente seca. Fue simbólicamente muy triste, aunque me ayudó a darme cuenta de que lo que quedaba era un lugar vacío, que sin nosotros dentro no significaba nada”.

La lucha de Café Müller continúa afuera del espacio. El colectivo de artistas mantiene activas sus redes sociales para impulsar nuevos proyectos en donde la danza sea pensada como un arte con poder de transformación cultural y social.

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