Toda vacuna es política

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La actual campaña de vacunación que se desarrolla en Argentina es inédita no solo por el gigantesco operativo que se ha establecido y la cantidad de gente que será vacunada; también será recordada como la más politizada de la historia.

La actual campaña de vacunación que se desarrolla en Argentina es inédita, no solo por el gigantesco operativo que se ha establecido y la cantidad de gente que será vacunada; también será recordada como la más politizada de la historia. A los ya tradicionales militantes antivacunas, se les han sumado los opositores al gobierno que critican que la vacuna Sputnik V sea rusa, país del que desconfían porque no les gusta Vladimir Putin, o porque ven reminiscencias del comunismo que desapareció hace treinta años, o porque no les gustan los eslavos. Lo cierto es que sin ningún tipo de información fidedigna, la derecha argentina y los grandes medios de comunicación se han lanzado a torpedear la única salida posible de la pandemia. El extremo de este fenómeno ocurrió en Olavarría, donde se arruinaron trescientas dosis de vacunas porque les cortaron la cadena de frío.

Pese a todos estos inconvenientes y sabotajes, el gobierno anunció que la semana que viene irán a buscar la segunda tanda de vacunas de Rusia y son inminentes las llegadas de vacunas de China y Europa.

Los antivacunas existieron siempre. El problema es que era un tema superado. Y lo que nunca había ocurrido era oponerse a una vacuna por motivos geopolíticos. Veamos algunas historias de vacunación en Argentina.

 

Medios que envenenan con la vacuna

 

Las primeras vacunas

En 1949, el Manual escrito por los médicos González y Floriani señalaba que “Todos los recursos de la propaganda de la educación y la convicción serán pocos para llevar la necesidad de vacunarse, la compenetración de la gravedad de la viruela y la seguridad de que la viruela existe por culpa de quienes no se vacunan”. Ésta afirmación tan contundente da cuenta de una cultura sobre las vacunas que tardó muchos años en imponerse.

La primera vez que se registra una campaña de vacunación en estas tierras fue gracias al médico español Francisco Javier Balmis, que entre 1803 y 1806 encabezó una expedición mundial con el fin de hacerla llegar a todo el imperio español. Así, la vacuna llegó al territorio nacional hacia junio de 1805. Inmediatamente, el célebre médico Cosme Argerich lideró una suerte de campaña, en la que llegó a ofrecer la vacuna de manera gratuita en su domicilio. Sólo asistieron doce personas. La resistencia al novedoso método fue una gran barrera para superar la enfermedad. La construcción de la cultura médica todavía tenía un largo recorrido por delante.

En 1813, La Gaceta de Buenos Aires publicó un Reglamento del clérigo-médico, Saturnino Segurola, para prevenir a los habitantes de las Provincias Unidas de los estragos de la viruela, por medio de la propagación del fluido vacuno. Se habilitaron al respecto en Buenos Aires casas de vacuna y empleados que inocularían a la población.

Juan Manuel de Rosas llevó a cabo una política de amistad con determinados grupos indígenas. En 1830, cuando se declaró en Buenos Aires una epidemia de viruela que afectó sobre todo a los indios denominados «pampas» que estaban en la ciudad, el gobernador los visitó sin alarmarse ante el contagio. Mostró a los caciques que él también había sido vacunado y estimuló que hiciesen lo mismo. Ese gesto los convenció. Más de cien indios aceptaron inmunizarse, por lo que esta práctica puede ser observada formando parte de los acuerdos y pactos realizados por el gobernador para pacificar el territorio.

 

Vacunas: un mundo más desigual emerge

 

La salud y las ciudades

Las enfermedades contagiosas pusieron bajo la lupa la necesidad de generar mejoras en la infraestructura urbana y reducir la mortalidad, introduciendo a los médicos con mayor legitimidad para regular la vida y las costumbres de la población urbana. El cólera en 1868 y 1886 y la fiebre amarilla en 1871, con miles de muertos en el Litoral, constituyeron un verdadero «parteaguas» histórico. Según Diego Armus, abrieron la puerta a un sector de profesionales que requería para consolidarse de una mayor implicación en el Estado-nación, sentaron las bases discursivas sobre la peligrosidad del contagio infeccioso y sobre todo, hicieron sentir la indispensable regulación pública, haciendo de las enfermedades un problema social.

Durante la Guerra de la Triple Alianza (1864–1870), que enfrentó al país junto a Brasil y Uruguay contra el vecino Paraguay, la calamidad de la enfermedad estuvo presente. El ingeniero principal del ejército paraguayo, un inglés llamado George Thompson, señaló en sus memorias: «En Paraguay habían muerto desde el principio del reclutamiento unos 30.000 hombres (…) la diarrea y la disentería no habían cesado de hacer grandes estragos (…) Hubo también epidemias de viruela y sarampión, tanto en Paraguay como en Corrientes, que arrebataron millares de hombres, dejando a otros tantos en estado completo de extenuación». En ese momento no supieron frenar la catástrofe, pero se comenzó a tomar conciencia a nivel regional. Así, al llevarse a cabo la mal llamada Conquista del Desierto años más tarde, el Ejército Argentino llevó consigo médicos que administraron vacunas contra la viruela a los aborígenes cautivos, pues la enfermedad los diezmaba. Decidieron salvar a los cautivos que les resultaban útiles para el trabajo, a los demás los trasladaron a la Isla Martín García donde murieron miles de hombres, mujeres y niños diezmados por la enfermedad.

En nuestro país, las campañas de vacunación tomaron importancia recién a partir de la segunda presidencia de Julio Argentino Roca. Desde principios de abril de 1901, la viruela se presentó con caracteres alarmantes, lo que obligó a las autoridades a implementar un plan inmediato de vacunación domiciliaria. Entre niños y adultos, se inmunizó a unas mil personas por día. Conventillos y edificios donde se hacinaban los inmigrantes fueron el principal foco de atención. Los dueños de aquellos espacios eran multados si no colaboraban con las autoridades sanitarias. Además, estos mismos agentes concientizaban a la población haciendo públicas las precauciones y los periódicos colaboraban publicándolas. La situación se repitió por muchos años.

Las campañas que constituyeron verdaderas políticas de Estado dieron gran resultado en la concientización de la población. Hacia 1905, Caras y Caretas informó: «Las disposiciones dictadas últimamente que exigen con todo rigor la vacunación obligatoria han sido esta vez tan fielmente obedecidas de parte del público, que se han visto en ciertos aprietos los encargados de darle cumplimiento. Respondiendo al llamado que se hizo, los amplios patios de la Asistencia Pública resultaron estrechos para dar cabida al numeroso gentío que, acompañado de crecido número de bebés, concurrió lleno de impaciencia temerosa, a preservarse de los peligros de la viruela. La imposibilidad de satisfacer en el día todos los pedidos dio lugar como era de esperarse a las consiguientes protestas». Es decir que las vacunas pasaron de ser una práctica rechazada e ignorada a ser una demanda por crecientes sectores de la población.

Pero nunca estuvieron ausentes los antivacunas. En Caras y Caretas se refirieron a éstos en 1906: «Algunos honorables comerciantes que han formado ligas contra la vacuna en varios países europeos han encontrado, hojeando tal vez libros muy viejos de medicina, que la vacuna sirve de vehículo de contagio de muchas enfermedades infecciosas, tales como: la tuberculosis y otra peor. Pero está perfectamente probado que el único medio eficaz de profilaxis individual es la vacunación; de modo que, si nadie se somete al pequeño y hasta agradable lancetazo, la viruela aumenta, y aumenta de un modo tan alarmante que puede diezmar a la población; ¿es esto lo que quieren las ligas a que nos hemos referido anteriormente?».

A partir de la creación del ministerio de Salud, durante la presidencia de Juan D. Perón, las políticas sanitarias llevadas adelante por Ramón Carrillo implicaron por primera vez a toda la estructura del Estado en campañas de vacunación nacional con carácter obligatorio y gratuito.

En 1983 la democracia naciente promulgó la ley de vacunación obligatoria para todas las enfermedades prevenibles.

Pero el Covid nos pone ante una nueva situación. Se deberán vacunar al menos unos 30 millones de argentinos para que el virus no pueda circular, y esto debe hacerse en el menor tiempo posible.

Siempre hubo quienes se opusieron a las vacunas, nunca había pasado que estuvieran motivados por razones  políticas tan mezquinas como la de querer el fracaso de un gobierno. Son pocos pero ruidosos. El sentimiento mayoritario es el de salir adelante, vacunarse y dar vuelta la página de esta pandemia que nos afecta la salud y nos afecta la economía.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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