Trump, la ayuda humanitaria y los misterios de la economía venezolana

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Desde este sábado, Donald Trump intentará ingresar a Venezuela la ayuda humanitaria con el apoyo de Colombia, algunos países de la región y parte de la oposición. Venezuela no reúne los requisitos para que la comunidad internacional le entregue este paliativo previsto para casos de cataclismo natural o de guerra. Pero las dificultades existen. ¿Por qué faltan alimentos? ¿Por qué suben sus precios constantemente? ¿Por qué la nafta es casi gratis? La frontera colombo-venezolana y el contrabando. El control por el precio del dólar. La invasión psicológica. Un análisis de José Roberto Duque, periodista y escritor venezolano.

(Desde Caracas).- Ha llegado el día. Sábado 23 de febrero: la fecha indicada para que, luego de un concierto en el que se dieron cita algunos cantantes famosos por haber estado de moda hace algunos años, una triple alianza conformada por facciones de Estados Unidos, Colombia y Venezuela, intente irrumpir dentro del territorio venezolano con unas cajas contentivas (dicen) de ayuda humanitaria: fundamentalmente alimentos y medicinas.

Anoche, luego del recital a favor de la intervención, el gobierno venezolano anunció el cierre de la frontera con Colombia. “El Gobierno Bolivariano informa a la población que, debido a las serias e ilegales amenazas intentadas por el Gobierno de Colombia contra La Paz y la soberanía de Venezuela, ha tomado la decisión de un cierre total temporal de los puentes Simón Bolívar, Santander y Unión!”, publicó en su cuenta de twitter Delcy Rodríguez, vicepresidenta del país.

La suma de la “ayuda” que pretenden introducir totaliza unos 60 millones de dólares, provenientes de Estados Unidos y la Unión Europea, en su gran mayoría. A comienzos de febrero, el gobierno de Donald Trump se apropió unilateralmente, bajo la figura del embargo, de todos los activos de la filial petrolera venezolana CITGO en territorio norteamericano. Esta expropiación supera los 8 mil millones de dólares, y esto debe sumarse a la retención de 31 toneladas de oro pertenecientes a Venezuela perpetrada por el Banco de Inglaterra por un monto de 1.300 millones de dólares. Fácil: te expropio más de 9 mil millones y te ayudo humanitariamente con alimentos y medicinas que totalizan 60 millones.

De ser cierto que esa “ayuda” contiene lo que contiene, y si la triple alianza logra el objetivo de hacer que esos contenidos entren en territorio venezolano sin la autorización del Gobierno de Nicolás Maduro (que lo que ha denunciado como un intento de invasión violenta y un ataque a la soberanía), los efectos que están enviando alcanzarían para satisfacer por un mes las necesidades de un millón y medio de familias. En Venezuela existen 8 millones de núcleos familiares, y 5 millones 500 mil son atendidos por el programa Consejos Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), consistente en la venta casa por casa de cajas de comida subsidiada. La Cruz Roja Internacional no participó en la operación de penetración de las fronteras venezolanas con la “ayuda”, y su presidente Christoph Harnish, dijo en Colombia que el contenido no encaja en el concepto de “ayuda humanitaria”.

Más allá de estas cifras y comparaciones, la preocupación central del momento es la forma en que se pretenden violentar los controles fronterizos para que un número indeterminado de personas ingrese rompiendo las barreras, con el publicitado objetivo de darle algo que comer al pueblo de Venezuela. La coreografía que se espera este sábado 23 es más o menos la siguiente: un grupo de personas y vehículos, portadores de las cajas armadas por la USAID, llegarán a la línea fronteriza y exigirán que se les permita el paso. Las autoridades venezolanas no lo permitirán. Habrá gritos y declaraciones airadas por parte de funcionarios y personajes más o menos notorios (se ha anunciado la presencia del senador estadounidense Marco Rubio), y aumentará la presión para intentar el ingreso. Las barreras serán reforzadas y los intentos recrudecerán. En Caracas y otras ciudades hubo un proceso de reclutamiento de voluntarios venezolanos para ir a entregar y/o recibir las cajas con la “ayuda”; donde hay multitud y movimiento enérgico de personas hay posibilidades de estampidas y lesiones.

Hasta ahora hemos evitado el uso de la palabra “violencia”, pero el personaje al que Estados Unidos ha recurrido para que diseñe la tenaza que pretende derrocar al gobierno de Venezuela se llama Elliot Abrahms, el mismo que planificó y ejecutó la caída y encarcelamiento del presidente panameño Manuel Noriega en 1989. Si el senador Marco Rubio decide estar presente en ese forcejeo, su nombre pudiera aparecer en algún titular escandaloso: a la prensa mundial le encantaría poder difundir un titular donde aparece un senador estadounidense con un rasguño en el cutis.

La base está (y es de EE.UU.)

¿Venezuela necesita todo esto?

Si la ayuda humanitaria es un beneficio o paliativo que se le entrega a países en franco proceso de destrucción y descomposición de su tejido social a causa de un cataclismo natural o de la guerra, Venezuela no reúne los requisitos para que una comunidad internacional despojada de apetitos políticos decida que ese país no puede valerse por sí mismo y por lo tanto hay que ir a darle comida a sus habitantes. ¿Hay dificultades en Venezuela? Las hay. Lo que sigue es un intento por resumir las claves y las causas inmediatas de esas dificultades.

En Venezuela se ha dislocado el sentido primario de la compra-venta, y el resultado más grave y corrosivo de este fenómeno es la dislocación de la realidad. “La realidad”: ese territorio donde el acto de comprar-vender, que en cualquier sociedad recibe el nombre de “comercio”, consiste en que tú compras una mercancía a un precio acá, te desplazas unos kilómetros (pueden ser unos pocos, o tal vez docenas o centenares) y la vendes un poco más cara allá. “Un poco” puede significarte una ganancia de 30 por ciento, aunque en algunos casos pudieras obtener una ganancia por encima del 50 y a veces el doble: ese acto soñado y mágico en que duplicas tu inversión. La fantasía de todo comerciante es poder comprar algo, aquí, en 50, y venderlo en otro barrio o ciudad en 100. En Venezuela ha desaparecido toda posibilidad de cálculo en ese territorio, y un comerciante puede obtener una ganancia neta de diez o más veces el precio de la mercancía sin agregar ningún extra, ni tan siquiera el gasto del desplazamiento o transporte.

Acotación necesaria: ese comerciante que está ganando el mil por ciento tal vez deba pagar el mil doscientos por ciento para sostener el funcionamiento de su negocio, y para subsistir.

Más abajo intentaremos explicar (en serio: lo intentaremos) cómo es que mercancías tan cruciales para el funcionamiento de las sociedades como la gasolina y el gasoil (diesel) son casi gratis, pero al mismo tiempo costosísimas y peligrosas. En rigor, el peligro es una cualidad que habita en todos los combustibles.

Cuesta mil, pero dos mil

En los expendios de alimentos, bienes y servicios se vive el tiempo del equívoco y la confusión. Si te tropiezas con el personaje correcto (incorrecto, mejor) pudieras presenciar y ser víctima del fantástico, insólito, increíble evento en el que nada es exactamente como te lo acaban de afirmar hace unos segundos: “Pero me acabas de decir que el kilo de tomates cuesta mil bolívares”. Responde el vendedor: “Sí, pero ese es el precio si pagas en efectivo. Así que son dos mil bolívares”. Las cosas tienen un precio si pagas en efectivo y otro si lo haces con tarjeta bancaria.

No es un impuesto que haya sido establecido por ninguna autoridad, sino simplemente la continuación de una práctica informal que se hizo común durante 2016 y 2017, años en que vivimos una escasez de billetes legales circulando por las calles. Poco tiempo tardó en saberse que había toneladas de billetes venezolanos disponibles en las ciudades fronterizas de Colombia.

Hubo un momento singular, durante casi todo 2016, en el que algunos personajes te proponían el siguiente negocio: deposito en tu cuenta bancaria 200 bolívares por cada billete de 100 bolívares que me entregues. Era para no creerlo: tener cinco mil bolívares en billetes de 100 era tener diez mil, automáticamente. Los comercios que disponían de puntos de venta para tarjetas bancarias comenzaron a vender el efectivo: si quieres efectivo tendrás que pagar el 5 por ciento. Luego el 10, más tarde el 20 y en algún momento ya era la mitad: “pasabas” tu tarjeta por una compra ficticia de 150 mil y recibías 100 mil en billetes.

El fenómeno causó furor sobre todo en los estados fronterizos con Colombia o cercanos a la frontera. Los compradores fueron llevándose mediante este y otros mecanismos los billetes venezolanos, hasta que el dinero en efectivo comenzó a escasear, y aquellos compradores colombianos a cobrar: si quieres tus billetes venezolanos tendrás que venir a Colombia y pagar el cuádruple de su precio. Un billete de cien costaba 400: eso se llama saber invertir.

Venezuela en la política argentina

Los buenos vecinos

Las perturbaciones de precios y de la economía en general se hacen más visibles y sensibles a medida que el viajero se acerca a la frontera oeste, esa línea  imaginaria colombo-venezolana de 2.200 kilómetros que tiene fama de ser, o de haber sido, la más activa comercialmente de toda América. A lo largo de su historia Colombia y Venezuela se han dedicado a perturbarse mutuamente, pero últimamente ya “perturbación” resulta un sustantivo tibio, tímido, casi generoso.

Hora de aterrizar en el tema que mejor explica todo, o casi todo. el enredo con los precios y la escasez de alimentos en Venezuela.

Pudiera bastar con decir, sin mucha explicación, que la gasolina que usan los vehículos en Venezuela es gratis. Esto no sería totalmente cierto, y además le restaría dramatismo e incluso diversión a la explicación. La cosa es así: la gasolina venezolana de 91 octanos cuesta, según el último aumento decretado por el Gobierno, un bolívar fuerte (1 BsF) por litro, algo así como 0,0002 pesos argentinos. Llegas al expendio de gasolina, llenas tu tanque con 45 litros y pagas 45 bolívares fuertes (todavía menos de 10 centavos argentinos). Pero ya esa moneda llamada “bolívar fuerte” no existe, ya no está en vigencia; desde el 20 de agosto de 2018, la moneda legal se llama bolívar soberano (BsS), y cuesta 100.000 bolívares fuertes. Es decir: algo que costaba 100.000 bolívares fuertes pasó a costar un bolívar soberano. Entonces, algo que costaba un bolívar fuerte (por ejemplo, la gasolina) ahora cuesta un bolívar soberano dividido entre 100 mil: BsS 0,00001. “Eso” cuesta la gasolina venezolana.

El primer conductor que llega a poner gasolina en la mañana llena su tanque, paga con un billete de 50, bosteza, le da las gracias al trabajador que pone la gasolina y se larga sin esperar el cambio. Ese generoso conductor habrá pagado ya la gasolina de todos los automóviles que pondrán gasolina ese día.

¿Y qué tiene que ver Colombia con todo esto? Va otro ejercicio de cálculo. La gasolina se traslada a las gasolineras en esos grandes camiones cisterna de 36 mil litros de capacidad: BsS. 0,036. Pero en  Colombia cada litro de gasolina cuesta aproximadamente 10 centavos de dólar (1 dólar: BsS 3 mil, aproximadamente). Resultado: resulta una hazaña conseguir gasolina en las ciudades fronterizas con Colombia, pero en Colombia se revende la gasolina venezolana. Colombia no produce ni refina un solo litro de gasolina, pero es un país exportador de gasolina (venezolana).

Así como la gasolina, toneladas de alimentos, medicinas y enseres de limpieza, producidos en Venezuela o importados por Venezuela, sólo se encuentran en expendios al aire libre en ciudades colombianas. Un kilo de leche en polvo subsidiada cuesta unos 200 bolívares en Venezuela (si viene en la caja de alimentos subsidiados del CLAP: Comités Locales de Abastecimiento y Producción), pero hay que ir a Colombia a comprarla en 25 mil. Durante años nos ha indignado el absurdo y la impunidad con que todos nos hemos acostumbrado a esa perversión. Fue una canciller colombiana, María Ángela Holguín, quien aportó en 2016 una clave para entender todo el rollo. Para entenderlo, aunque ella quiso hacernos creer que nos explicaba cómo solucionarlo: “¿Ustedes no quieren que los alimentos venezolanos sean contrabandeados a Colombia, sin necesidad de cerrar la frontera? Pues vendan los alimentos al mismo precio que Colombia”.

Explicación brutal, aplastante, implacable: ¿quieres que haya abundante comida en los mercados, aunque el pueblo pobre no pueda comprarla? Ponla a un precio al que el pueblo pobre no pueda comprarla.

Y hablando del dólar…

El enrarecimiento de la economía venezolana, que pudiera llamarse llanamente hiperinflación, está lleno de ese tipo de anomalías y estallidos. Los precios de los bienes y servicios suben hasta tres veces por semana. La razón o motivo que dan los comerciantes (y los políticos, y los economistas, y los ignorantes del tema económico) para explicar ese alza indetenible es el precio del dólar paralelo, o dólar ilegal. En Venezuela está vigente un control de cambios que hace pocos días fue eliminado en la realidad de los números; una de las tasas del dólar oficial se situaba por encima del dólar ilegal, así que la medida debió, en teoría, acabar con la locura alcista. Pero la realidad ha sido otra: han bajado los precios del dólar (incluso de ese dólar ficticio que no para de subir), pero los precios del resto de los bienes de consumo siguen subiendo.

En esta economía, dolarizada de hecho aunque no oficialmente, una táctica de supervivencia tenía que ser, necesariamente, ir fuera del país en busca de la divisa norteamericana para financiar la subsistencia a un cambio muy favorable. El procedimiento era legal y hasta estimulado por el Estado hasta 2016: cada venezolano tenía derecho a comprar a tasa oficial 2.000 dólares. A ese procedimiento, sistema o vicio se le llamó “raspar cupos”: tenías un “cupo” de dólares, “raspabas” la tarjeta en el exterior y regresabas a vender “tus” dólares en el mercado negro. Así comenzó una de las formas del éxodo oportunista masivo: los viajeros compraban el dólar subsidiado por el gobierno venezolano, viajaban a otros países, se traían los dólares en efectivo y acá los vendían a un precio hasta 20 veces el dólar oficial. El negocio del siglo: el Gobierno te subsidia los dólares (2 mil dólares al mes en 2013), viajas al exterior, y cuando regresas has multiplicado tu dinero. El Gobierno venezolano te pagaba por viajar.

Eliminado este subsidio por parte del Estado el sistema viajero mutó hacia una dramática variante que está llegando a su fin: uno o más miembros de la familia se marchan para trabajar en otro país, y desde allá envían las “remesas” de dólares para que los receptores acá en Venezuela tuvieran cómo pagar los constantes aumentos. Hasta que se detectó una forma más o menos marginal de desangre de la economía venezolana: el viajero o emigrante encuentra en el país adonde ha ido a parar a una persona que se ofrece para “cambiar” la moneda local o los dólares por el bolívar soberano. Los familiares del emigrante reciben una transferencia en sus cuentas bancarias, y el emigrante recibe allá en el otro país los dólares o divisas. Resultado: en Venezuela se reciben esos bolívares virtuales, pero la divisa física, el billete en dólares por el que han sido cambiados, no llegan nunca al país.

Un manual para derrocar a Evo

La ayuda humanitaria

Devastada la economía, y divulgada la especie de que el motivo es la devastación del aparato productivo (ese aparato que produce alimentos en cantidad… que van a parar a Colombia), llegamos al punto donde la geopolítica se juega fuerte y Estados Unidos entra en acción. El presidente Nicolás Maduro ha recibido de Estados Unidos la amenaza directa: usted va a ser desalojado del poder en pocas semanas o meses. A tal efecto, se ha nombrado un presidente interino que Estados Unidos y Colombia han reconocido como nuevo presidente. Una de sus primeras medidas ha sido anunciar y organizar la penetración de una fuerza multinacional, encabezada por Estados Unidos y Colombia, con varias toneladas de alimentos y medicinas, como “ayuda humanitaria” para que Venezuela mitigue su escasez de alimentos (esos alimentos que permanecen por toneladas en Colombia). Esas medicinas y alimentos permanecen en la ciudad colombiana de Cúcuta, y se ha dicho que el día 23 de febrero una multitud penetrará a suelo venezolano con esas cajas de comestibles y medicinas. El Gobierno de Venezuela ha dicho que esa irrupción en su territorio es ilegal y no la permitirá pues lesiona su soberanía.

En los estados occidentales de Venezuela, sobre todo en los más cercanos a Colombia, han comenzado a propagarse rumores y leyendas. La más resonante es que “la ayuda humanitaria de Estados Unidos” ya entró y está siendo distribuida en centros de salud. Maritza Rangel, una mujer humilde habitante del pueblo de Escuque, en el estado Trujillo, fue con su hija enferma a un ambulatorio para que le dieran atención médica. El galeno revisó a la niña y le extendió una receta para que fuera a buscar unas medicinas. Le dijo: “Ve a la empresa Venvidrio (un ente del Estado venezolano), allí están entregado ayuda humanitaria”. Feliz o tal vez sólo aliviada, la mujer fue a retirar la medicina y se la entregaron.

La caja del medicamento dice, en letras muy visibles: “Cefadroxilo – 30 miligramos. Gobierno bolivariano de Venezuela. ¡Socialismo es salud!”. Pero Maritza sigue diciéndoles a sus familiares y amistades que ese medicamento forma parte de la ayuda humanitaria con que Estados Unidos está beneficiando a Venezuela.

Estados Unidos no ha invadido aún pero ya invadió: vivimos el tiempo del equívoco y la confusión, y en estas circunstancias las operaciones psicológicas penetran más rápidamente que los ejércitos.

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