Una pesadilla distópica

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La represión policial a los trabajadores del subte marca el endurecimiento del gobierno frente a la creciente conflictividad social en la era del FMI. El prontuario ocultado del comisario Kevorkian, jefe uniformado de la nueva fuerza porteña.

Publicado originalmente en Revista Zoom

La ilustración de este artículo fue compuesta con fotos tomadas por usuarios del subte y viñetas del ilustrador Francisco Solano López sobre guión de Héctor Oesterheld

Si por “fantasía distópica” se entiende la rama de la ciencia ficción que aborda los totalitarismos desde un plano futurista, el gran mérito del PRO consiste en haber llevado tal pesadilla a la realidad. De hecho, el mismísimo Presidente es una suerte de engendro orwelliano, pero en clave de comedia, un Big Brother fallido, cuyos retorcidos ensayos de vigilancia masiva y control social suelen desbarrancarse una y otra vez en el abismo del error.

Claro que sus laderos no le van a la zaga; entre ellos, el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta. Lo prueba su aventura punitiva más reciente: la súbita irrupción de una horda policial con apariencia robótica en un túnel de la línea H del subte para reprimir con gas pimienta, palazos y postas de goma a trabajadores que reclamaban la reapertura de la paritaria. Las imágenes de esa fantasmagórica epopeya ya dieron la vuelta al mundo. Lo cierto es que –en el aspecto estético– nunca nadie se atrevió a tanto. Y con un epílogo fluctuante entre Eisenstein y Mel Brooks. Porque a sus hacedores la onda expansiva del asunto les resultó incontrolable; la medida de fuerza que pretendieron sofocar derivó en un paro por tiempo indeterminado, y el conflicto bajo tierra pasó a la superficie para convertir la metrópoli en un desquicio memorable.

Cabe resaltar que el mentor operativo de semejante estrategia fue nada menos que el nuevo jefe de la Policía de la Ciudad, Carlos Arturo Kevorkian.

Su protagonismo en este violento papelón no pudo ser menos oportuno, ya que coincide con una circunstancia que pone en tela de juicio la legalidad misma de su nombramiento.

La Policía de Larreta: sin chapa ni gorra

Averiguación de antecedentes

Se trata de una historia matizada con dos desgracias previas: los arrestos –por extorsión a comerciantes y trapitos– del primer cabecilla de esa mazorca, José Potocar, y de su reemplazante en la sombra, Guillermo Calviño. De modo que el experimento más osado del PRO en materia policial –la fusión de los cinco mil efectivos de la Metropolitana con 19 mil de la Federal– quedó en manos del secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, un abogado sin ninguna experiencia en el ramo. Así fue como la Policía de la Ciudad careció de jefe nominal durante más de nueve meses. Pero Kevorkian estaba allí.

Recién el 20 de diciembre del año pasado, Rodríguez Larreta lo propuso para ese cargo. Sí, “propuso”, ya que –según la Ley 5688– sus antecedentes debieron ser publicados por diez días en el Boletín Oficial para así someter tal designación a posibles impugnaciones. Desde luego, las hubo por parte de casi todo el arco opositor, junto con los organismos de derechos humanos. Y por diversas razones. Aún así el tipo fue al final incrustado en la cúspide la fuerza.

Pero ahora resulta que el Gobierno de la Ciudad habría manipulado sus antecedentes. O, mejor dicho, los redujo a una sesgada e insulsa enumeración de grados y destinos. De eso da cuenta un pedido de informes elevado por la diputada Myriam Bregman (PTS-FIT) al Poder Ejecutivo porteño.

Al respecto bien vale repasar los hitos biográficos de ese uniformado.

Entre éstos se destaca un caso que lo pinta por entero: el asesinato del adolescente Fernando Blanco por los golpes recibidos en un patrullero de la Policía Federal después del partido entre Chacarita y Defensores de Belgrano disputado el 25 de junio de 2005 en la cancha de Huracán. El operativo de seguridad estuvo al mando del comisario inspector Kevorkian. De esa jornada hay un video que lo muestra gritándole a los hinchas: “¡Te hago cagar a palos! ¿Cuál es el problema?”. Ese sujeto, macizo como un toro, sonreía entonces de oreja a oreja bajo su mirada torva y el cabello oscurecido con matizador.

Ahora, a los 67 años, es el custodio de la ciudad más populosa del país.

Una carrera policial supone tres décadas de servicio activo. Pero por algún milagro de la persistencia, Kevorkian lleva ya 46 años con uniforme y chapa. Primero en la Federal, después en la Metropolitana y finalmente en la Policía de la Ciudad. Por lo tanto, es un pedazo de historia viviente: desde que egresó en 1970 de la Escuela Ramón Falcón, supo transitar en patrullero dos dictaduras cívico-militares (la de Lanusse y la de Videla con sus sucesores), junto con la virulenta etapa constitucional de Isabel Martínez, además de todos los gobiernos democráticos surgidos a partir de 1984.

De modo que en sus años mozos integró la temible Superintendencia de Seguridad Federal, la élite policíaca más destacada del país durante el imperio del terrorismo de Estado. Y bajo las órdenes del comisario Juan Lapuyole –un alfil del general Albano Harguindeguy–, quien con Carlos Gallone y Miguel Ángel Timarchi dirigía el Grupo de Tareas 2 (GT2) que operaba bajo la órbita del Batallón 601. Allí el joven Kevorkian hizo amistad con otro sabueso de fuste: Jorge “Fino” Palacios. Ellos serían inseparables.

Ya se sabe que 32 años después, Mauricio Macri –al ser ungido como alcalde porteño– le concedió a este último el gran honor de diseñar y dirigir la Policía Metropolitana. Una fuerza de amigos. Y formada por los amigos de los amigos. Tanto es así que Kevorkian no tardó en ser convocado.

De hecho, durante dos décadas él había sido en la Federal un destacado ladero del “Fino”. Pero la caída en desgracia de éste en 2004 no lo arrastró a Kevorkian. Por esos días se desempeñaba en la jefatura de la División Mitre (dependiente de la Dirección de Seguridad del Transporte), donde libró una ardua guerra contra vendedores ambulantes. Y aquel año –ya ascendido a comisario inspector– fue puesto al mando del Departamento de Delitos contra las Personas de la poderosa Superintendencia de Investigaciones. En 2005 pasó a ser jefe de la Circunscripción VII, con seis comisarías a su cargo. Y pasó a retiro en 2007 como comisario mayor, cuando era jefe de la Dirección de Sanidad Policial, a cargo del Complejo Médico-Policial Churruca-Visca.

En 2009 –caído Palacios nuevamente en desgracia, pero esta vez en la Metropolitana por el escándalo del espionaje telefónico y su procesamiento por encubrimiento en la causa AMIA– Kevorkian fue nombrado coordinador del Instituto Superior de Seguridad Pública, la academia de la aún no nacida Metropolitana. Desde semejante sitial supervisó las actividades preparatorias para su puesta en marcha, tarea que incluía contratos y licitaciones. Después fue nombrado jefe de la Superintendencia de Investigaciones de esa fuerza.

El maldito jefe de policía de Larreta

El señor de las celadas

A comienzos de 2014, hubo otro affaire de espionaje ilegal efectuado desde la Metropolitana. Uno de sus agentes, Alejandro Rivaud, estuvo infiltrado entre los sospechosos de una pesquisa penal por falsificación de entradas orquestada desde la barrabrava de River Plate. Todo indica que su misión encubierta fue cumplida de una manera tan impecable que el propio fiscal de la causa, José María Campagnoli no dudó en pedir su encarcelamiento, junto con el resto de los involucrados. Tal paradoja fue la que puso al descubierto su condición de “topo”, una actividad expresamente impedida por la ley. Aunque el Ministerio de Seguridad capitalino señaló que Rivaud no habría actuado por cuenta de la fuerza, en sus pasillos era un secreto a voces que en aquella tarea reportaba en forma directa Kevorkian, con quien mantenía un vínculo profesional de larga data. Tanto es así que aquel joven policía –cuando aún prestaba servicios en la Federal– no fue ajeno a la represión futbolera que en 2005 le causó la muerte al chico Fernando Blanco.

En este punto bien vale retomar dicha historia por un detalle que merece ser destacado. Aquel día Kevorkian ordenó que varios de sus hombres de civil –entre ellos Rivaud– se infiltraran en la tribuna del estadio de Huracán donde estaban los hinchas de Defensores para causar desmanes que justificarían la brutal represión desatada en los alrededores al concluir el partido.

¿Acaso no resulta familiar aquella metodología? Se trata exactamente del mismo modus operandi desplegado el 1º de septiembre del año pasado por la Policía de la Ciudad en el multitudinario acto que reclamaba la aparición de Santiago Maldonado: sujetos encapuchados que provocaron con vandálicos incidentes una cacería de manifestantes.

Un patrón operativo debidamente estrenado durante la emboscada con golpizas y arrestos arbitrarios a mujeres luego de la marcha organizada el 8 de marzo por el colectivo Ni Una Menos. Y que se repitió tanto en el sorpresivo ataque del 9 de abril a los docentes que armaban la Escuela Itinerante en la Plaza de los dos Congresos como en la salvaje celada a los cooperativistas que el 28 de junio se habían movilizado ante el Ministerio de Desarrollo Social. Por tal razón ni siquiera despertó el asombro que en la convocatoria contra la sanción de la reforma previsional ese ardid fuera parte del menú policial. Un ardid que lleva el inequívoco sello de Kevorkian.

Ahora, envuelta por la brumosa penumbra de los túneles del subte, la inventiva de esta estrella del firmamento policial ha vuelto a brillar.

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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