Venezuela: crónica urgente de los días más desesperados

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El relato personal de un periodista venezolano sobre el intento de golpe de Estado contra Nicolás Maduro. La desmotivación del militante antichavista por sus líderes de cartón y la articulación de la intentona con la propaganda de EE.UU. De una supuesta balacera en el centro de Caracas, a una manifestación dispersada por gases lacrimógenos a 8 kilómetros del centro de la ciudad. La convivencia de chavistas y antichavistas en los días de protesta, angustia y carencias. Así se vive en Venezuela hoy. 

Trujillo, Venezuela. -Si algo vale la pena detenerse a observar dentro de las conmociones y desconciertos de los últimos días en Venezuela, es la actitud o las reacciones de la ciudadanía no partidizada, de eso que el analista con ínfulas llama “la gente del común”. Qué hacen, qué dicen, cómo reaccionan ante los anuncios cruciales, declaraciones dramáticas, hechos audaces o irresponsables, despropósitos o aciertos de quienes se supone que son sus líderes. Lo que hacen, opinan y sugieren los actores principales del gran drama político pasó a ser más o menos predecible, monótono y “normal”. Parece increíble, pero aquí en Venezuela “normal” viene a ser un eufemismo para no catalogar a alguien como aburrido.

Después que el vicepresidente de Estados Unidos, el jefe del Departamento de Estado y el de asuntos hemisféricos dijeran con todas sus letras que al presidente Nicolás Maduro le espera el exilio o la cárcel de Guantánamo (donde es fama que se aísla, tortura y somete a vejaciones a los reclusos) ya pocas declaraciones de funcionarios o conspiradores estremecen o impresionan. Así que para encontrarle el verdadero sabor caribeño a la contienda política venezolana es preciso aguzar todos los sentidos en el trance de recorrer las calles y expendios, los lugares de trabajo, el transporte público. Realizar esta incursión durante y después de lo que se supone que pretendía ser un golpe de Estado (30 de abril y primero de mayo) nos ha proporcionado señales y claves inauditas, en tal cantidad y cualitativamente tan generosas que será necesario hacer varias pausas y traer a colación varias precisiones, para comprensión del lector no venezolano.

El 30 de abril, mientras en Caracas un tramo de una autopista se convertía en locación para un enfrentamiento armado, con tropa y armas de guerra, y se disparaban todas las alarmas de la población, en una ciudad lejana como Trujillo, capital del estado del mismo nombre, la noticia del día se propagaba mediante la mensajería de whatsapp y generaba análisis y comentarios dignos de un novísimo tratado de sicología de masas. A media mañana me comuniqué con amigos apostados a pocas cuadras del palacio presidencial, y luego con otros en la ciudad de Barquisimeto, para comentarles lo que estaba ocurriendo acá, a 700 kilómetros de la capital (tan cerca de Colombia y tan lejos de Caracas) y ambos amigos me respondieron: “Los antichavistas aquí (en Caracas y en Barquisimeto) están pensando y haciendo exactamente lo mismo que allá”. He hecho un pacto conmigo mismo para dejar de sorprenderme por los eventos políticos venezolanos, pero esta revelación de los compañeros me tomó por sorpresa; lo que vi y oí en Trujillo no era entonces ninguna anomalía atribuible a la lejanía de los centros del poder ni al temperamento andino. Estas líneas tienen por objeto analizar ese “algo” que al parecer está mutando y reconfigurando a la población venezolana, o quizá tan solo a un sector creciente.

Esa mañana, la del martes 30, se suponía, o todos queríamos suponer, algunos con alarma y otros con genuina emoción, que lo que estaba en marcha en la capital era un golpe de Estado. El autoproclamado presidente interino Juan Guaidó había anunciado, y no ha parado de anunciar, que su propósito es desalojar del poder a Nicolás Maduro, y que para ello precisa de la participación de los militares venezolanos. A las 9 de la mañana ya todo el mundo había presenciado la llegada de Leopoldo López (quien se supone debía estar preso en su domicilio) a esa autopista, acompañado de Guaidó y de otros personajes ungidos y respaldados por Estados Unidos como funcionarios de un presunto gobierno venezolano en ciernes.

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Habíamos presenciado imágenes de la base aérea de La Carlota y un fondo sonoro de disparos, el momento en que un vehículo de la guardia nacional embiste a un grupo de manifestantes, el video en que aparecen grupos de esos manifestantes acompañados de uniformados, portando y disparando armas de guerra. La base militar queda al lado de la autopista Francisco Fajardo, todos los acontecimientos ocurrieron en la autopista y no en la base, pero los medios internacionales comenzaban ya a “informar” que López y Guaidó estaban apertrechados en una base militar “en el centro de Caracas”. La Carlota queda al este, muy al este, a unos diez kilómetros del centro del poder, del centro administrativo de Caracas. Guaidó grabó una alocución que fue difundida también por redes y telefonía: “Yo, el único comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional, les ordeno que se sumen a este movimiento (llamado “Operación Libertad”) y vayamos junto con el pueblo a Miraflores (el palacio presidencial) a sacar de allí al usurpador Nicolás Maduro”.

¿Le parece esto muy grave y dramático? Es entonces el momento de introducir un paréntesis, antes de volver a las calles de Trujillo, que en esto días se han comportado de manera idéntica a las de otras ciudades.

Participativos y protagónicos

Los venezolanos llevamos lo que va de siglo enorgulleciéndonos (algunos lamentando, en realidad) la notable politización de la ciudadanía. En la década pasada, la del Chávez más vigoroso y audaz, pasamos o tuvimos la sensación de pasar de ser simples espectadores de los grandes acontecimientos a fabricantes de esos acontecimientos, y en todo caso a analistas políticos de todo cuanto ocurre. No en balde la Constitución venezolana, votada por la mayoría de los electores en diciembre de 1999, establece que el sistema político vigente acá se llama democracia participativa y protagónica, algo así como un peldaño más arriba de la tradicional y conservadora democracia representativa. Más que un simple artículo plasmado en el papel, esa denominación alcanzó en las calles, medios de información y ahora en las redes sociales una corporeidad, una rotunda, multitudinaria y bulliciosa presencia. Prácticamente no ha habido decisión o anuncio gubernamental que no haya generado candentes movilizaciones ciudadanas, a favor o en contra. No perder de vista esta clave: lo que el chavismo ha conseguido en términos de movilización militante debe medirse no solo en las filas del activismo chavista, sino también en los ámbitos de la furiosa oposición a sus actos y declaraciones. Es protagonista y proactivo el chavista, tanto como el antichavista; incluso el que no acepta que se etiquete al pueblo como participativo y protagónico (porque eso lo hizo el chavismo) a la hora de manifestarse protagoniza y participa.

En los últimos cinco años, y muy visiblemente en los últimos meses, dentro de esa politización ha ocurrido un cambio dramático en la conducta de uno de los factores en pugna: el antichavista promedio se ha desactivado, o se ha abstenido de acatar masivamente las convocatorias de sus líderes a participar en eventos y manifestaciones callejeras, pero mantiene la esperanza de que “alguien más” ejecute en su nombre sus más fuertes anhelos y deseos (el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro).

Ahora regresemos a las señales concretas del antes, durante y después del extraño suceso del pasado 30 de abril. Para completar el contexto: ese día se suponía que estaban desalojando del poder al chavismo, después de 20 años de instalarse allí a ejecutar una Revolución, y sin embargo los ciudadanos estaban en sus lugares de trabajo, en las calles, en las bodegas, ventas de comida, de repuestos automotrices, de ropa: se suponía que ese día iba a cambiar la historia de Venezuela, pero el gran protagonista de esa historia estaba ausente porque tenía que hacer unas compras, cumplir el horario de trabajo y discutir con los amigos el video sensacional del momento.

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Mirando las imágenes y el accionar de las armas de guerra empleadas por los sublevados, un grupo de siete personas en una venta de repuestos para vehículos aseguraba que esos disparos que se oían al fondo daban fe del ametrallamiento de los “colectivos” (grupos de activistas barriales, que han adquirido renombre porque algunos se han mostrado públicamente con armas) por parte del Ejército, que ya se había plegado a las órdenes de Guaidó. Uno de los comentaristas desplegaba un profuso conocimiento del armamento utilizado: eran ametralladoras cuyos proyectiles podían traspasar de lado a lado el bloque del motor de un vehículo. Más adelante, en una panadería, una mujer aseguraba haber recibido una llamada de una vecina de Caracas, que aseguraba que Nicolás Maduro había huido para Cuba (más tarde mister John Bolton dijo en una conferencia de prensa que Maduro pensaba hacerlo, pero que los rusos lo obligaron a quedarse). En ese momento pasó un automóvil solitario cuyos ocupantes vociferaban “libertad” y agitaban una bandera, y en ese gesto alguien creyó detectar la señal de que ya, por fin, la «dictadura» había caído y que estaba comenzando la gran celebración por el fin del comunismo.

Todavía no sonaba la hora del mediodía, el transporte público era escaso y había que seguir caminando. Era mi día de hacer compras y de buscar algunos implementos para el carro; podía continuar con esa misión y entregarme a esta otra, consistente en reconocer en mis compatriotas los efectos de la guerra física y la propagandística.

El militante chavista de este tiempo ha desarrollado la facultad (y creo que es, además, su obligación y su necesidad práctica) de ser silencioso y de pasar desapercibido, mientras el antichavista, como el ciudadano antigobierno de este y de todos los tiempos, se ha entregado con fervor a su rol histórico que es la agitación callejera, la discusión y el análisis a grito pelado, el ejercicio del grito de protesta y la manifestación transparente de sus rabias y sentimientos contra los gobernantes. En la zona residencial donde vive mi familia más cercana existe una mayoría antichavista que, en la penumbra de la noche o en la abierta tarima de las áreas comunes, se suelen expresar a todo pulmón como nazis: “Ya va a llegar la hora de salir a colgar chavistas”. Minutos después se cruzan con mi familia chavista y se produce la conversa cordial, el saludo amable y la solidaridad: esa misma gente que habla como un clan unido y amoroso los días de marzo que hubo el gran apagón nacional, y nadie de nuestro bando o del otro padeció más que otros por falta de alimentos, agua, luz o energía.

A 12 ya se había hecho pública la real situación y alcance del “golpe de Estado”: la promocionada marcha de ciudadanos hasta Miraflores se había dispersado en Chacao, a 8 kilómetros del palacio presidencial; los publicitados líderes que encabezaban esa movilización del pueblo no volvieron a ser vistos en estos escenarios y Leopoldo López “apareció de pronto” solicitando asilo o protección en la embajada de Chile; los uniformados que en la mañana se veían acompañando o escoltando a López y a Guaidó en la autopista que pasa por La Carlota, declaraban en otro video insólito, ya detenidos y neutralizados por tropas leales a Maduro, que habían sido llevados allí bajo engaño; los residuos de la protesta de civiles que servía de paisaje a la escena de las armas y los tanques fue espantada con gases lacrimógenos. Ni armas de guerra ni sustancias que animaran a nadie a hablar de armas químicas: la “Operación Libertad” se acabó como se acaba cualquier motín o cierre de vías públicas. Liberado Leopoldo López, que ya no estará en su hogar sino en la sede de una embajada (ha sido su decisión), se terminó el episodio más impactante de la semana para los medios y redes sociales.

El chavista militante sabe que llamar “poder” al chavismo es ignorar la inmensa maquinaria de destruir personas, culturas y naciones que ha decidido aplastar a Venezuela, pero este tampoco es el tiempo de pararse en un mercado popular a dar este tipo de explicaciones, porque no es lo mismo confrontar a un vecino de toda la vida que a una aglomeración de desconocidos. Así que decidí jugar un poco a los roles, intervine en una de aquellas ruedas de ciudadanos que analizaban la noticia en desarrollo, me ajusté el disfraz de antichavista indignado y dije a los cuatro vientos: “Qué decepción, hermanos: yo estaba contento, esperando al liderazgo que se iba a poner al frente de la coñaza de hoy, y a quien ponen a hablar es a este muchacho idiota carqueño. Con un imbécil así, y con el otro traidor que nos manda a matarnos en las calles para él poder huir a una embajada, no vamos a poder salir de este gobierno”. Un minuto después ya el foco de atención de la conversa giraba en torno a si de verdad con esos líderes se podía hacer algo. La gente esperanzada y Leopoldo abandonando un país cuyo gobierno, según él mismo les ha dicho a todos, está “a punto” de caer.

Percibo o creo percibir la consolidación de una actitud de desmovilización y de despolitización de aquel ciudadano participativo y protagónico, al menos del lado antichavista o antigobierno: ese sector quiere o siente que necesita urgentemente un cambio de gobierno, para lo cual es necesario derrocar al actual, pero no quiere participar más en ese intento. Luego de la conmoción del 30 de abril y los anuncios insípidos y cansinos del primero de mayo (Guaidó ha dicho algo que ya dijo en febrero: que llamará a paros escalonados y luego a una huelga general) hemos amanecido de pronto fijándonos en un indicador económico y doméstico doloroso y preocupante (mucho más que una escena de guerra en una autopista al lado de una base militar): los comerciantes están vendiendo el cartón de huevos a 22 mil bolívares (la semana pasada estaba en 17 mil).

El ciudadano antichavista ha puesto sangre, muertos y otros sacrificios para que una clase política y empresarial intente llegar al poder; ahora, aunque el anhelo sigue siendo el mismo, la actitud ha mutado a una del tipo: “Quiero que el gobierno sea derrocado, pero que otros lo derroquen. Que lo hagan los gringos, los militares, los colombianos o quien sea, pero mientras eso ocurre yo sigo haciendo mi vida, buscando el pan de cada día”.

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