Venezuela en jaque por la escasez de combustible debido al boicot

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Las colas para cargar combustible en Venezuela pueden llegar a tardar hasta 72 horas. Las mafias y funcionarios aprovechadores lo venden a un precio 6000 veces superior al oficial. El origen de la escasez se debe a la falta de diluyentes para procesar el crudo, que Venezuela no puede importar debido al boicot de los EE.UU., que amenaza con sanciones a cualquier estado o empresa que comercie con el gobierno de Nicolás Maduro. El estrangulamiento para apoderarse de la segunda reserva de petróleo más grande del planeta llega a niveles máximos. El fantasma del «Caracazo».

DESDE VENEZUELA.- Desde la segunda semana de mayo de 2019 en la mayoría de las ciudades y pueblos de la provincia ha cobrado forma un fenómeno hasta ahora restringido a las fronteras con Colombia, Brasil y el territorio Esequibo: la escasez de combustible y su diseminación en los laberintos del mercado “negro”. Los automovilistas están sumidos en el trance de hacer colas descomunales para surtirse de gasolina o pagarla a un precio inusual.

En un país acostumbrado a moverse en auto con precios bajísimos o casi nulos a nivel internacional del combustible, todas las ciudades -excepto Caracas- sufrimos el fenómeno de la parálisis de buena parte del parque automotor. Un conductor debe perder un mínimo de 4 horas, pero pueden llegar a ser entre 48 y 72, en una cola que puede llegar a medir varios kilómetros, a la espera del camión que surtirá de gasolina a la estación de servicio. El precio oficial de un litro de gasolina es un bolívar fuerte (la antigua y ya extinta moneda legal) ahora convertido en un bolívar soberano (dividido entre 100 mil): no es gratis, pero no es nada. La perturbación de las colas y la escasez ha propiciado la activación de mafias y grupos de funcionarios y empleados de las gasolineras, que cobran por el combustible el precio internacional estándar: un dólar (unos seis mil bolívares soberanos) por litro. Llenar el tanque de un vehículo (50, 60, 80 ó 150 litros) a precio oficial cuesta casi nada; ahora, si usted quiere ahorrarse la incomodidad de perder horas y días de su vida languideciendo y pernoctando en una cola, debe pagar entre 50  y 150 dólares.

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Esta situación, una anomalía más entre las muchas asociadas a la hiperinflación y a las variantes del bloqueo y el asedio contra el país, promovido y ejecutado por Estados Unidos y otras estructuras hegemónicas (banca transnacional, Estados aliados y corporaciones), tiene su origen reciente y específico en las sanciones y amenazas del gobierno norteamericano contra todo socio o cliente comercial, actual o potencial, de Venezuela, sea empresa o república, que realice transacciones con Venezuela. Se expone a ser vetada, sancionada, multada o destruida financieramente por Estados Unidos.

Venezuela produce y exporta petróleo (recordar: es el país bajo cuyo subsuelo permanece la segunda reserva más grande del planeta, muy codiciada por Donald Trump), pero en el procesamiento y refinación necesarios para obtener gasolina y gasoil se utilizan diluyentes y aditivos que la industria local no produce. La imposibilidad de obtener esos agregados ha originado una disminución hasta de 40 por ciento del combustible para vehículos que estábamos habituados a distribuir y consumir.

Honor a la verdad: combustible que estamos habituados a despilfarrar.

Por qué, desde cuándo

Ese es, insistimos, el origen reciente de la anomalía. Pero el absurdo del no-precio de la gasolina venezolana tiene un doble origen remoto, que se ha hecho estructural.

La explotación petrolera de Venezuela comenzó formalmente en 1917, aunque su uso comercial data de las últimas décadas del siglo XIX, y el uso doméstico de los siglos previos. La decisión que llenó de carreteras y de vehículos a Venezuela la tomó el verdadero dueño del petróleo “venezolano”: Estados Unidos y sus corporaciones, a cuya cabeza a modo de pionera marchaba desde los años 20 la Standard Oil, patrimonio de la familia Rockefeller. Como el petróleo manaba a chorros, y como la gasolina y el asfalto son derivados del petróleo, los concesionarios y sus planificadores no encontraron decisión más obvia para la vialidad (el sistema circulatorio del país) que el predominio de las carreteras y del automóvil. El ferrocarril fue perdiendo terreno e importancia como sistema de transporte interno de pasajeros, materias primas y mercancías, y poco a poco fue convirtiéndose en material para la nostalgia y los museos.

Por su parte, el clan Ford tenía necesidad y capacidad para exportar su objeto más popular, el automóvil, y Venezuela fue uno de sus destinos predilectos. El ferrocarril es más eficiente desde el punto de vista de la capacidad para el transporte masivo de carga, el ahorro energético, el uso de energía limpia y la socialización en el largo espacio de los vagones de pasajeros. Pero el contaminante, individualista e ineficiente automóvil (50 caballos de potencia para mover a una persona, y a veces a 4) otorga algo que los vendedores de ilusiones mercadearon muy bien: la “autonomía” y la “libertad”. Vayas a donde vayas, en una sociedad decadente todos los caminos te llevan a la ignominia, pero la publicidad se encargó de convencernos de que si eres dueño de un auto puedes ir “a donde quieras”.

El segundo origen o causa más o menos remota del disparate de los precios tuvo lugar el 27 de febrero de 1989, día del acontecimiento que la memoria colectiva venezolana registra como El Sacudón o El Caracazo, la rebelión popular o estallido social que comenzó con el saqueo y destrucción de 80 por ciento de los establecimientos comerciales del país, y la muerte a balazos y desaparición de miles de personas a manos del Ejército, la policía y la Guardia Nacional. Como el detonante del furioso desborde de las multitudes fue el súbito aumento del precio del pasaje, a raíz de un también desproporcionado aumento en el precio de la gasolina (receta del Fondo Monetario Internacional) la ecuación “precio de la gasolina=estallido social” quedó grabada en forma de trauma indeleble que ningún gobierno posterior a 1989 se ha atrevido a conmover o a violentar.

 

Venezuela: crónica urgente de los días más desesperados

La excepción a esta regla la ejecutó Nicolás Maduro en 2018, a raíz de la implementación de un nuevo cono monetario, que ha sido leído como una megadevaluación: la moneda vigente desde agosto 2018 (el bolívar soberano) cuesta 100 mil veces lo que costaba la moneda precedente (el bolívar fuerte), así que cuando el presidente anunció el nuevo precio de la gasolina, que aumentó 3.600 veces de un día para otro, el cambio no se sintió en lo absoluto. La gasolina ya era gratis, ahora de pronto fue “un poco menos gratis”.

En la Venezuela de la hiperinflación suben semana a semana los precios de todos los bienes y servicios, incluidos los alimentos y las medicinas. Pero esa especie de fobia histórico-institucional ha hecho que la gasolina (ese elemento que debería ser crucial para calcular o determinar el costo de las mercancías) conserve su microscópico e irrisorio precio oficial. El precio del pasaje también sube, pero no el precio del elemento que justificaría ese aumento.

2002 y 2019: encuentre las diferencias

Ya antes vivimos una situación similar en Venezuela. Ocurrió durante los meses de diciembre de 2002 y febrero de 2003, durante un paro o huelga nacional convocada por la central sindical Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) y la central patronal (Fedecámaras), a las órdenes de un grupo de transnacionales afectadas por el contenido de una nueva Ley de Hidrocarburos: por decreto presidencial vía Ley Habilitante, el Estado venezolano pasó de ceder alegremente a corporaciones extranjeras la administración de recursos y procesos petroleros venezolanos, a considerar la producción petrolera como un asunto estratégico y de seguridad nacional. Esto “tumbó” acuerdos y negocios que la petrolera estatal PDVSA disfrazaba bajo la truculenta figura de la “reinversión”: el dinero del petróleo venezolano no entraba completamente al país sino que una PDVSA manejada por tecnócratas “lo reinvertía” en la industria (es decir, en los socios transnacionales que cobraban miles de millones de dólares por manejar procesos y servicios).

Los patronos y sus explotados; los dos grupos antagónicos de la historia de las sociedades, se unieron en 2002 en la misión de socavar al gobierno del entonces presidente, Hugo Chávez Frías, mediante un sabotaje a la industria petrolera, cuando una facción de directivos y trabajadores decidió boicotear y paralizar la producción y transporte de hidrocarburos.

La producción venezolana de petróleo se desplomó: de 2.700.000 barriles diarios de petróleo pasamos a producir y procesar cero barriles. Tal como ahora, las consecuencias domésticas se manifestaron en forma de escasez y dificultad para movilizar los vehículos familiares. Días enteros las familias y grupos de amigos “se mudaban” a las colas y allí se formaban la fiesta, el diálogo, el compartir; ahora ocurre lo mismo: se crean redes de solidaridad, los automovilistas crean turnos en las colas para que unos permanezcan allí mientras otros van a trabajar o a dormir en las madrugadas.

Solo que en 2002-2003 el apoyo popular al presidente Hugo Chávez era casi unánime; hoy, Nicolás Maduro se enfrenta a una ciudadanía que ha debido relegar la militancia y el apoyo a las causas nacionalistas (sobre todo antiimperialistas) a un segundo plano, porque su energía y su tiempo debe dedicarlo a la consecución de alimentos, bienes y servicios. Esas enormes colas detenidas se han convertido, ahora como hace 17 años, en reuniones y asambleas donde se analiza lo esencial del funcionamiento de las familias, las localidades y el país. Y esos análisis no revelan apoyo alguno a la conspiración pro norteamericana, pero tampoco el fervor revolucionario de los primeros años de la Revolución.

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