Vivir bajo la autopista: «Ojalá que no vuelva el frío»

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Para Diego y Yanina el ajuste significó tener que «mudarse» abajo de la autopista, en el barrio de Boedo. «Si pagábamos la pieza, no comíamos». Ellos son parte de los 7.500 sin techo porteños. Entre 2017 y 2018 el número creció un 50%. Viven entre la solidaridad y el miedo.

Fotos: Sol Avena

“Ojalá que el frío no vuelva. Pero que no vuelva nunca más”, dice Yanina, casi a los gritos. Se acostumbró a hablar fuerte porque ahí, abajo del puente, ahí donde pasa gran parte del día no se escucha la voz del otro si no es casi a los gritos. Yanina tiene 37 años y junto a Diego, su pareja, viven desde comienzos de este año bajo el puente de la autopista, en la avenida Boedo entre Constitución y Cochabamba.

La historia de Yanina y Diego es una entre las más de 7.500 personas que habitan en las calles de la ciudad de Buenos Aires, según el número estimado del Censo Popular realizado el año pasado por organizaciones no gubernamentales que trabajan con las personas en situación de calle.

Hasta el invierno pasado se calculaba que eran más de 5.000 personas. Este año se incrementó el número de los que fueron empujados a las calles en un contexto de crisis, devaluación y desempleo. Aunque, para el Gobierno de la Ciudad -que maneja sus propias estadísticas- son 1.191 las personas que viven en las calles porteñas.

Más ajuste a los que menos tienen

Según publicó el sitio Chequeado, la diferencia entre el número oficial de la Ciudad y el censo alternativo se debe a la diferente metodología de ambos censos. Entre otros puntos, el oficial se realizó durante una sola jornada a partir de las 19 horas, mientras que el de las organizaciones sociales tuvo lugar durante una semana y asistiendo a los lugares en distintos días y horarios (mañana, tarde y noche).

“Hasta el año pasado pagábamos una pieza con Diego pero ahora se nos hace imposible. Si pagamos la pieza no comemos y por eso nos vinimos acá”, cuenta Yanina a Nuestras Voces levantando más la voz porque pasa una ambulancia con su sirena ensordecedora.

A Yanina y a Diego los conoce todo el barrio: una zona de comercios de marroquinería y vecinos de toda la vida a metros de la mítica esquina tanguera Homero Manzi y del ingreso a la estación San Juan del subte E.

Contra una de las paredes donde funciona APANOVI (Asociación Pro Ayuda al No Vidente) ellos tienen una cama, una bolsa con ropa, un estante con lavandina, jabón, shampoo, papel higiénico y toallas. Pero lo más importante son las muñecas y los osos de peluche de Yanina. “Son como mis hijos”, dice y se lleva al pecho a la Pepona.

Hace poco más de un mes, la última vez que les robaron sus cosas, Yanina lloró mucho por sus muñecas. “Tenía dos. Eran hermosas. Las peinaba, les había conseguido ropita y todo. Me puse muy triste cuando se las llevaron porque significaban mucho para mí. Amo a las muñecas”.

Yanina nació y se crió en el barrio de Mataderos. Terminó la escuela primaria y empezó a trabajar limpiando casas y luego en restaurantes como ayudante de cocina para criar a su hija, que hoy tiene 19 años.

“A mí me gusta trabajar de empleada doméstica porque mientras lo hago escucho música y la paso bien”, dice y muestra la escoba con la que barre la vereda y los alrededores de su cama.

“Mi problema empezó cuando empecé a consumir paco. Antes me daba vergüenza contarlo, pero hay que decir las cosas como son. Con esa droga te perdés, te aleja de todo lo que querés y te mata. Ahora hace dos años y medio que no consumo, sigo en tratamiento con un psiquiatra del Borda y me siento bien, pero cuando la gente se entera que uno fue adicto es como que le huyen. No hice nada malo pero pasa así”.

Cuando la llaman Yanina limpia la casa de un vecino del barrio, “pero ahora el hombre no tiene con qué pagarme porque es jubilado y dice que no le alcanza así que nos arreglamos con la pensión que tenemos con Diego y con lo que él junta de cuidacoches”.

Diego tiene 40 años pero la sonrisa de un niño de 12. Camina despreocupado, en ojotas, jean y remera por la avenida Boedo. A la pasada lo saluda un muchacho y él le responde: “¿Cómo le va doctor?” Con un leve retraso mental se gana la vida como cuidacoches de la cuadra.

Pasar el invierno en la calle

“Acá viene mucha gente a jugar al fútbol. Todos me conocen. Mirá, mirá, esta es mi arma”, dice Diego y saca una gamuza amarilla del bolsillo que revolea por el aire. Yanina lo mira y le dice “contale, contale quién te la lavó”.

A partir de las 19 empieza a llenarse de coches esa cuadra con gente que juega al fútbol en las canchas de abajo de la autopista. “Yo no cobro nada. Los muchachos me dan lo que quieren. Es a voluntad y si no tienen me dan otro día”, dice mientras enciende un cigarrillo que le convidaron en la calle.

El día a día

En el espacio que ocupan Yanina y Diego no hay nada que les permita cocinar ni calentar agua para unos mates. A la mañana van con un termo a alguno de los locales cercanos de venta de cueros o repuestos y les dan agua caliente. Al mediodía se toman un colectivo hasta Flores y almuerzan en el comedor de una iglesia.

“Cuando volvemos vengo pensando en que no nos hayan afanado las cosas o que las haya levantado alguien que le molesta que estemos acá. Nosotros no molestamos a nadie y la gente no vidente que viene acá ya nos conoce y nos saludan. Pero a mí me da miedo que un día volvamos y no haya nada como nos pasó la otra vez”, dice Yanina.

A la tarde, cuando regresan, Yanina se queda cuidando las pertenencias mientras ordena y limpia. En esos momentos Diego sale a ver qué encuentra en la calle que pueda servirles para su refugio bajo el puente.

Antes de ubicarse en ese espacio Yanina y Diego intentaron ir a los paradores de la red del Gobierno de la Ciudad, pero no los dejaban entrar con sus pocas pertenencias y no podían estar juntos ya que no son mixtos. Así que decidieron buscarse un lugar en la calle.

Los paradores pertenecientes a la red del Gobierno porteño son el Azucena Villaflor, para mujeres solas y con hijos menores de edad; el Bepo Ghezzi y Retiro, para hombres, a los que se suman dos centros de asistencia inmediata ante la emergencia social, el Costanera Sur y La Boca.

Según un informe de la Auditoría General de la Ciudad, en un relevamiento realizado entre noviembre de 2016 y diciembre de 2017, el 73% de los que pasan por los paradores son hombres y el 23% son mujeres. El promedio general de edad es de 40 años aunque la mayoría está entre los 20 y los 29 años.

En total, los paradores cuentan con casi 550 plazas. Allí ofrecen desayuno, almuerzo, merienda y cena, además de ropa de cama y elementos de aseo pero uno de los principales problemas es la falta de personal profesional en los servicios psicosociales y el seguimiento de sanitario de quienes se acercan.

“Nosotros nos bañamos en el gimnasio de acá cerca. Nos dan permiso y les dejamos todo limpio, como debe ser. La gente de acá nos ayuda mucho, una señora a veces nos lava la ropa pero a mí me gustaría tener un trabajo y volver a alquilar con Diego para no estar acá porque no es que nos guste estar acá sino que no tuvimos otra opción”, cuenta Yanina.

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Ulises Rodríguez

Ulises Rodríguez

Periodista y locutor. Especializado en temáticas culturales, escribió en Anfibia, Infobae y la Revista Acción. Formó parte de Infonews y realizó publicaciones en Escribiendocine.

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