Paro y marcha de la CTA con críticas a Moyano y Macri

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Para Hugo Yasky, estamos «en caída libre» y alguien tiene que poner un freno. Liderando una alianza sindical, política y de movimientos sociales, la CTA marchó a Plaza de Mayo en el marco de un paro para enfrentar el ajuste, los despidos y el endeudamiento. Pero en esta entrevista habla también de los sindicalistas que son empresarios, los que se dicen «peronistas» pero son light como Massa y de la necesidad de construir unidad en la acción para enfrentar al macrismo.

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Fotos: Joaquín Salguero

En el marco de una nueva jornada nacional de lucha y bajo la consigna «ni hambre, ni despidos» la CTA y la CTA Autónoma efectuaron un nuevo paro con movilización a Plaza de Mayo. A solas con Nuestras Voces, Hugo Yasky señala que no ve los “brotes verdes” de la reactivación que auguran los economistas del PRO y apunta: “vamos a seguir en caída libre», «esto va de mal en peor» y «es el inicio de un frente de tormenta».

Para el secretario general de la CTA, la pelea es de fondo. Si bien son muchos los golpes que el movimiento obrero recibió desde la llegada del macrismo al poder, el lider sindical está seguro de que esto recién comienza.

Por su constancia personal y la defección de otros, hoy Yasky es uno de los principales referentes de la oposición al gobierno de Mauricio Macri y el líder de la protesta de los trabajadores y la resistencia al ajuste. En especial, a partir de que la CGT reunificada pasara de la pirotecnia verbal a firmar la paz con la Casa Rosada a cambio de un bono de fin de año, opcional y con sabor a muy poco. “Fue lastimoso el resultado del llamado diálogo con el gobierno, y más lastimoso todavía fue el papel que jugó el triunvirato de la CGT”, acusó el titular de la CTA.

Su lugar en la primera línea de los sectores más refractarios a las política de Cambiemos, lo llevó a recorrer el país –con la Marcha Federal como punto más alto– y a hacer de la “unidad en la acción” una forma de contener esas diferencias que un pasado reciente fueron insalvables.

Lejos de la subestimación, Yasky definió al presidente Macri como una persona “maleable” y con “sangre fría”, que pude decir una cosa y luego hacer lo contrario, “sin que se le caiga una gota de sudor por la vergüenza”.

Atento a los pasos del peronismo con miras a las elecciones de 2017, se mostró optimista con el acercamiento entre los intendentes del conurbano, repudió a “los que quieren utilizar a una parte de la casta de jueces para proscribir políticamente” a Cristina, y planteó la necesidad de llamar a una convocatoria amplia, que incluya a diversas expresiones, con Sergio Massa como límite.

 

– Meses atrás, el reagrupamiento de la CGT generaba expectativas en quienes veían allí un eje para organizar la oposición al ajuste. ¿Qué quedó de eso?

– Se desinflaron las expectativas por la reunificación. El documento que dio expresión a la constitución del triunvirato era muy fuerte, señalaba con claridad los problemas que enfrentábamos: denunciaba el ajuste, la pérdida de fuentes de trabajo y el tarifazo. Inclusive, la CGT sacó un paro nacional, sin fecha, pero se impuso la idea de que había que confrontar y pensamos que íbamos en el sentido correcto. Y después se diluyó todo. Fue lastimoso el resultado del llamado diálogo con el gobierno y más lastimoso todavía el papel que jugó el triunvirato que representó a la CGT.

– ¿Por qué fue lastimoso el rol de la CGT?

– Uno puede ir a una discusión y obtener magros resultados, pero no te puede condicionar la agenda que te imponga el gobierno. Eso para mí es lo más penoso de todo. La CGT no estuvo a la altura del mandato que tenía de los trabajadores, que era de un paro. De pronto, un ministro de Trabajo hace de vocero de las partes, como si le hubiésemos transferido la voz de los trabajadores, explicando que un bono de 2.000 pesos es una gran solución, que además te inhibe de discutir la recuperación del salario cuando se reabra la paritaria 2017. De todas formas, no hay que dar por perdida la posibilidad de que esa unidad en la acción se reflote en una etapa que vamos a tener que enfrentar en muy poco tiempo, porque las señales de la economía contradicen lo que el gobierno quiere transmitir cuando habla de “brotes verdes”. Lejos de eso, vamos a seguir en caída libre.

– ¿Qué papel jugó Hugo Moyano?

– Hubo un zigzagueo, una ambivalencia. Pudimos construir el potente acto del 29 de abril. Fue la primera vez que todas las centrales sindicales, en una misma convocatoria, conmemoraban el 1 de mayo y, además, levantaban una reivindicación como la Ley Antidespidos, cuando desde el bloque de Massa el escenario estaba armado para que la ley sólo tuviera que ver con ganancias. Hasta ahí, Moyano avanzó como lo hubiese hecho cuando era parte del MTA, por ejemplo. Pero después se vetó la Ley Antidespidos y aparece la ambivalencia.

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– ¿Qué efectos tuvo el veto de la ley antidespidos?

– Fue un cachetazo en el medio del rostro a un movimiento obrero que, en términos corporativos, siempre tuvo autoestima y orgullo. Llegó ese cachetazo y nos cominos los mocos, miramos para otro lado y a otra cosa. Ahí se impuso la tesis de muchos dirigentes de la CGT, que están convencidos de que a este gobierno hay que darle tiempo; que si le va bien, a todos nos va a ir bien. Muchos lo creen así. Lamentablemente, estamos regalando un tiempo que es nefasto para los trabajadores, porque hay gente que está sufriendo. Si la industria y la construcción caen como acaba de anunciar el INDEC, también cae el empleo, y eso significa despidos y hambre.

– ¿Entonces Moyano y el triunvirato traicionaron al movimiento obrero?

– Para no incurrir en visiones conspirativas, creo que ellos están convencidos de que el gobierno de Macri es el mal menor frente a lo que podría ser un gobierno como el de Cristina Kirchner. Y ahí, de alguna manera, muestran de qué lado se ponen en la discusión de un modelo de país.

– Teniendo en cuenta hechos de nuestro pasado reciente y viendo los indicadores que hoy arroja la economía, ¿no es ese un razonamiento suicida para los intereses de los trabajadores?

– Sí. Muchos dirigentes sindicales tienen un pensamiento político promedio más parecido al de un empresario que al de un trabajador. Ellos piensan que el de Cristina era un gobierno que, en algún punto, los maltrató como dirigentes sindicales y que construía escenarios de confrontación con los empresarios. Son sectores que a veces están muy ligados a estos grupos y tienen esa idea de que la copa se les llene bien a los empresarios porque eso derrama sobre los trabajadores. Discrepo profundamente con esta visión. Hay que recordar cómo estábamos a finales de los 90, con el movimiento sindical destruido, cuando habíamos perdido afiliados en todos los sindicatos de la industria, y que esto se pude recuperar porque hubo políticas de un gobierno popular. Por supuesto que hubo conflicto y confrontación con el poder económico. Nos lo enseñó Perón: no hay manera de construir justicia social con la anuencia y el beneplácito de los sectores de la riqueza. Son ellos o nosotros, y no quiere decir que haya que hacerlos desaparecer, porque los empresarios ganaron mucha guita en la época de Néstor y de Cristina. Pero ellos quieren tener gobiernos títere. Esa es la discusión. Nosotros queremos un gobierno que nivele, que garantice que se pueda distribuir mejor la riqueza. Y me parece que hay muchos dirigentes de la CGT que no van con eso, que se sienten cercanos a un Sergio Massa.

– ¿Quién es hoy Massa?

– El otro polo de la alternancia dentro de un modelo, pero ni siquiera como un plan B. Muchos piensan tiene que haber alternancia: una derecha nueva, que demuestra que es inteligente, que sabe hacer mejor las cosas, y una especie de “neo” justicialismo, muy pasteurizado, descafeinado y light, como para sostener la gobernabilidad dentro de las reglas de juego del libre mercado, de la sujeción a los mandatos de Estados Unidos. Hay muchos dirigentes sindicales que se identifican más con eso que con una propuesta de construcción de un proyecto nacional y popular.

– ¿Qué opina de Macri en términos políticos?

– Es una persona que ha demostrado esa condición de ser maleable y de adaptarse a lo que un equipo muy lúcido que tiene construye como figura para mantener seducido a un sector de la clase media e incluso media baja. Uno tiene la idea de la derecha contracturada, con bigote y corbata, occidental y cristiana, “dios familia y propiedad”. Esta gente defiende esos mismos intereses en términos económicos, porque mayoritariamente son parte de esa burguesía parasitaria o financiera que tiene el país, pero con una gran ductilidad para, de pronto, recitar estrofas de un libro de autoayuda o incluso incorporar cuotas de populismo. Hay empresarios que le dicen “ustedes están haciendo un poco de kirchnerismo” y los corren por derecha. Pero ellos aprendieron de las lecciones de la historia. Saben cuál es su objetivo y que no se llega caminando en línea recta. Por eso dan esos giros sin que se les caiga una gota de sudor por la vergüenza. En eso hay que reconocerles habilidad, porque hay que tener mucha sangre fría para decir determinadas mentiras sin que se te mueva un pelo.

– ¿Cómo ve el camino a las legislativas de 2017?

– El gobierno está haciendo el esfuerzo por crear una ficticia sensación de resurgimiento de la actividad económica. Toda la plata que está entrando, con una deuda que nos va a significar una hipoteca enorme, está puesta en función de garantizar un tránsito sin grandes conflictividades sociales hacia la elección. Por eso es tan importante el papel de los movimientos sociales. Tenemos que seguir denunciado lo que significa el ajuste y apostando a la movilización. Y sería dable esperar que esa gran masa muscular que tiene el sindicalismo pueda expresar alguna propuesta inteligente que no nos ponga como furgón de cola de las políticas de este gobierno o de la supuesta oposición que se quiere asimilar al oficialismo. Yo lo sintetizaba con las figuras de “Sergio Macri” y “Mauricio Massa”.

– ¿Y qué papel le cabe al kirchnerismo?

– Nosotros la esperanza que tenemos es la reconstitución del movimiento nacional y popular, y ahí hay dos polos: el justicialismo y el kirchnerismo. Tiene que haber una unidad que vaya desde Cristina hasta Massa, con Massa del lado de afuera. Si él es el muleto para garantizar la continuidad del modelo que reinstala Cambiemos, ese es el límite. Hay que discutir una unidad que incorpore de la manera más amplia a los sectores que se identifican con el peronismo, el justicialismo, el kirchnerismo, con esa cultura de transformación que expresaron los gobiernos populares. Habrá que ver de qué manera, con que alquimia, construimos las condiciones como para que podamos definir las candidaturas, porque va a haber sectores de distinta mirada y extracción.

– Algo de eso es lo que están armando los intendentes del PJ en la provincia de Buenos Aires. ¿Qué opina de esa experiencia?

– Tengo mucha expectativa en ese espacio que junta a dos vertientes que hasta ahora venían caminando por carriles separados, y donde la idea es reconocer el liderazgo de Cristina sin que esa sea la condición para que se pueda discutir una propuesta política de unidad. Esa unión de 50 intendentes es importantísima, es la base para construir a futuro.

– Cada vez con más fuerza, el futuro electoral de Cristina se mezcla con su situación judicial. ¿Qué lectura hace?

– No se puede aceptar ni transigir con la fórmula bestial de los que quieren utilizar a una parte de la casta de jueces para proscribir políticamente y de la forma más brutal. Es un poco como lo expresó Stolbizer: a Cristina la quieren poner en la jaula para que no sea candidata porque por ahí todavía les gana.

– Meses atrás, la Marcha Federal lo llevó a recorrer el país. ¿Cuál es la situación?

– En algunas provincias se empieza a ver la profundidad del deterioro que se está produciendo en el tejido social en un tiempo récord, porque son muy pocos meses, y a pesar de que los que teníamos un trabajo formal veníamos con un colchón. Así y todo, comienzan a haber expresiones lacerantes de hambre, de falta de perspectiva, de jóvenes que dejan los estudios; gente que, otra vez, recurre a los comedores escolares, y migraciones internas que desestructuran a las familias.

– ¿Qué cree que va a pasar con los empleados públicos?

– Vamos a sentir el filo de las tijeras del ajuste sobre las costillas. El gobierno prevé un presupuesto a la baja en 2017, con fuertes reducciones en áreas claves, que son importantísimas para la población y que tienen a cientos de miles de trabajadores involucrados, como educación y salud. La incertidumbre se va renovar en diciembre, cuando se venzan los contratos del año en curso de los empleados públicos. Hubiese sido muy importante que el gobierno asumiera el compromiso taxativo de que no iba a haber más despidos. Pero, bueno, las reglas de juego están claras: negación a la reapertura de paritarias y un bono que es un paquete de humo, porque no lo van a cobrar en la mayoría de las provincias, lo que significa que no lo va a cobrar la mayoría de los empleados públicos del país.

 

– Con el diagnóstico que viene trazando, ¿existe el riesgo de un clima de violencia social?

– La violencia social se instala cuando el hambre empieza a expandirse y no hay posibilidad de enfrentar eso que es una situación límite para cualquier familia. Por eso creo que el gobierno está evitando que se consolide ese escenario a través de la política que va a tratar de condensar en el proyecto de Emergencia Social. Pero hay una conflictividad creciente y hay una tendencia del gobierno a reprimirla. Un caso emblemático es el de Milagro Sala, pero también hay muchos episodios donde rápidamente la gendarmería ocupa posiciones. Hay que escucharla a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, hablar de cómo ahora van a tener reflejos y a poner en práctica dispositivos represivos. Todo eso es la respuesta con la que el gobierno se apresta a contestar una espiral que va a crecer de demandas y movilizaciones.

– ¿Qué función tienen que tener ahí organizaciones como los sindicatos?

– Vamos a tratar de expresar el conflicto de forma que no sea un drama individual, porque ese discurso que tiene el gobierno, de que la felicidad depende de lo que cada uno haga o deje de hacer, va dirigido a los hogares donde el hambre va a ser la paga de todos los días, y esa gente va a creer que tiene un problema individual, que no supo cómo hacer para estar mejor. Y cuando el gobierno intente poner el límite de la represión, ahí tenemos que ser inteligentes para que las protestas sociales sigan creciendo y, a la vez, se puedan conducir. Llevarlas a un límite en el que la represión se naturalizase es a pérdida de los sectores populares y no otra cosa. No soy de los que creen que en ese terreno cuanto peor mejor, al contrario.

@soycarlosromero

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