Cambiar la docencia para cambiar la escuela

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Los docentes del nivel primario padecen sobrecarga de tareas burocráticas, demandas ministeriales desde el desconocimiento, pésimas condiciones edilicias así como la falta de reconocimiento económico. Debemos mejorar desarrollo curricular, la inversión educativa y las condiciones del trabajo docente. Todas influyen en la calidad educativa.

Nadie en su sano juicio llevaría a 20 infantes de entre 5 y 14 años a una plaza, a un museo, o a cualquier lugar de esparcimiento en donde se requiera de ellos una disposición activa de exploración y creación. Más todavía, si se espera que la actividad sea guiada  desde una concepción no autoritaria y a través de una propuesta armoniosa, relajada y desafiante. 

¿Por qué entonces pretendemos que una docente de primaria pueda propiciar los aprendizajes de 20 personas (en el mejor de los casos), y que además sea mediante propuestas de enseñanza motivadoras, innovadoras, que sean entretenidas pero no alborotadas, que impliquen la construcción intersubjetiva del conocimiento, en donde los saberes previos de cada individualidad sean identificados y puestos en juego para motorizar el aprendizaje, y que, además, sean registradas en cuadernos y carpetas y que esos cuadernos y carpetas sean corregidos y que, como frutilla del postre, todo esto se lleve a cabo bajo la responsabilidad de una sola persona, dentro de las supuestas “cuatro horas” de trabajo frente al grado?

¿Qué implica una propuesta de enseñanza con las características detalladas? En principio, tiempo. Mucho tiempo. Tiempo para constituirse como una profesional de la educación con la formación académica pertinente y pedagógicamente actualizada; tiempo para indagar sobre las trayectorias escolares de cada estudiante, seleccionar los contenidos adecuados, planificar la estructura curricular anual, diseñar las propuestas didácticas en secuencias y proyectos acorde a los enfoques pedagógicos y los nuevos escenarios, preparar los materiales y soportes de cada clase; tiempo para evaluar los procesos de enseñanza – aprendizaje, corregir trabajos, carpetas, tareas y evaluaciones, dialogar con cada estudiante para realizar una devolución sobre lo trabajado; tiempo para reunirse con las familias a fin de lograr acuerdos para acompañar el proceso de aprendizaje de cada estudiante; tiempo para capacitarse, encontrarse con colegas y reflexionar sobre la práctica cotidiana, las problemáticas comunes y la construcción de criterios institucionales. 

Hoy por hoy, la estructura del nivel primario ofrece condiciones de trabajo que van en detrimento de alcanzar esta mentada caracterización. La sobrecarga de tareas burocráticas, la multiplicación de demandas ministeriales que irrumpen, desde el desconocimiento, la realidad escolar, los emergente producto de la permeabilidad de la escuela al contexto social, las pésimas condiciones edilicias así como la falta de reconocimiento económico, que obliga a la acumulación de cargos, socavan la calidad educativa. Perdemos de vista lo importante en pos de atender lo urgente. Si entendemos que el desarrollo curricular, la inversión educativa y las condiciones del trabajo docente, influyen en dicha calidad educativa, resulta necesario caracterizar brevemente cada uno de estos aspectos.

Educación popular y decolonialidad

En la década pasada, se ha avanzado en la implementación de políticas públicas orientadas a desarrollar un currículum integrado dentro de las aulas. Se produjeron materiales didácticos de calidad en distintos formatos, se ha sistematizado la capacitación docente e implementado sistemas de evaluación, etc. Así como también, se han dictado leyes que buscan la construcción de una ciudadanía integral, como la Ley de Educación Nacional (26.206), la Ley Nacional 26.150 de Educación Sexual Integral, la Ley 26.892 para la promoción de la convivencia y el abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas, entre otras. Considerando que el mejoramiento de la infraestructura escolar requiere destinar presupuesto que, prioritariamente, debe orientarse a otros fines, resulta pertinente abordar las condiciones de trabajo docente como variable de transformación del sistema educativo.

No es novedad que el trabajo docente excede a la jornada escolar ni que la sobrecarga de tareas está invisibilizada. Cabe preguntarse, entonces: ¿alcanza con un reconocimiento económico de las horas trabajadas en nuestras casas? ¿es suficiente contar con un recibo de sueldo más abultado a fin de mes? ¿es así cómo se alcanzarían propuestas de enseñanza acordes a los nuevos escenarios? 

Es necesario revisar las condiciones vinculadas con la organización del espacio, del tiempo y del trabajo de los docentes para acompañar las intenciones innovadoras y jerarquizar la profesión docente. Tiempo rentado para las tareas preactivas y posactivas de enseñanza en el lugar de trabajo; equipos interdisciplinarios en cada establecimiento, tanto para el abordaje de situaciones complejas como para llevar a cabo la diversa demanda operativa y administrativa que recae en la docente de grado; y espacios para la investigación pedagógica y reflexión didáctica sobre la praxis resultan ser las mínimas condiciones para avanzar hacia una propuesta de política educativa de mejor calidad. Estas son demandas de las y los trabajadores de la educación, que transitamos día a día las aulas y que, sabemos, resultan imprescindibles para el fortalecimiento de la educación.

Resulta imprescindible dar la disputa en el sentido común de algunos términos, enarbolados por corrientes conservadoras-tecnócratas disfrazadas de progresismo de colores. Y entablar un diálogo franco entre los distintos actores educativos a partir del reconocimiento y la valoración del saber docente para alcanzar consensos y explicitar disensos sobre las expectativas y funciones educativas de la escuela.  

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