Eso que llaman creativo es trabajo no pago

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Existe una dificultad histórica para abordar la cultura como trabajo. La fuerza laboral cultural, en general, tiene que primero generar un ingreso mínimo para sobrevivir, luego de eso puede dedicar tiempo para producir creativamente, y si además se es mujer, debe destinar un tercer momento no remunerado para los trabajos reproductivos y de cuidado. En tiempos de gobiernos liberales y privatistas el trabajo cultural se vincula con el sujeto de manera individual y con su mérito personal, con la idea de autoempleo (por tanto, de auto explotación) oculta en el entusiasmo del entrepeneur.

Por Victoria Albornoz Saroff

“El entusiasmo sostiene el aparato productivo, el plazo de

entrega y tantas noches sin dormir, los procesos de evaluación permanentes, una

vida competitiva, el agotamiento travestido, convirtiéndose en motor para la

cultura y la precariedad de muchos”.

Remedios Zafra.

 

Este ensayo pretende problematizar la estructura actual de la trama productiva y el trabajo cultural a la luz de los desafíos que se presentan en nuevos escenarios promovidos a partir de los usos tecnológicos, el aumento de la concentración de la propiedad y la configuración de nuevos sujetos laborales.

¿De qué trabajas? El modo de responder esta pregunta para quien ejerce el trabajo cultural seguramente es diferente a quien está leyendo este artículo. Alguien que pertenece al sector de la población económicamente activa (si está de hecho lo está) se le vendrá a la cabeza una identidad configurada por una actividad concreta como puede ser enfermera, plomero, entrenador, cartonera, bartender, físico, economista, kiosquera, y así. En cambio si trabaja en cultura pueden aparecer como respuesta algunas ocupaciones parecidas a cualquier otra como docente, mesera, propietario de un espacio donde trabaja y alquila a la vez.

Podría ser que esas ocupaciones sean parte de la primer jornada laboral, siempre y cuando la carga horaria no sea a jornada completa para poder ocupar el resto del tiempo en el trabajo de la segunda parte de la jornada (la del trabajo cultural) que durante todo el proceso de producción no será remunerado; así que supongamos que para ello es necesario tener un año de combinar la fórmula: ingreso mínimo para sobrevivir + tiempo y otros recursos para producir.

Pero si además de trabajar en cultura esa persona se enferma, creyó que podía tener derecho a vacaciones pagas o pedir un crédito para dejar de alquilar o tener movilidad propia, quizás no debería haber elegido esta profesión, aunque la verdad todo esto es intrascendente frente a la posibilidad que solo muy pocos pueden hacer, que es vivir de lo que le gusta, ser reconocides por ello y ser libres de verdad.

Ensayando otras combinaciones entre identidad y precarización, una tercer jornada laboral puede avecinarse. Si la prole cultural además es mujer, luego de la primera y la segunda viene la tercer jornada laboral de la que goza todo tu gremio, que es el trabajo reproductivo y de cuidados. Esta actividad no es remunerada y la verdad es que rara vez alguien la extraña porque todas saben desde la infancia para qué están en este mundo: si las mujeres vinieron para amar, la fuerza laboral cultural vino para hacer lo que le gusta, tener  inspiración, ser sensibles y especiales, ser diferentes al resto, incomprendides, en definitiva, ser libres y la libertad como el amor no tiene precio.

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La producción cultural y sus formas económicas

 Sobre esto Ramón Zallo quien analiza las dinámicas de funcionamiento de las industrias culturales desde las rutinas productivas y las clasifica como estructuras con su modo de organización específica para la producción en ediciones continuas o discontinuas de productos únicos, plantea que esas características se desprenden de los procesos de trabajo, de la producción simbólica y la creación de valor en relación con el mercado, con los usuarios y con su eficacia social más allá de lo económico, en forma de disfrute, conocimiento y vertebración colectiva.

La forma económica de la producción cultural es un perro verde, imperfecta, ya que la oferta precede a la demanda, y no necesariamente la oferta crea demanda: representan bienes de experiencia, donde el reconocimiento de su valor se produce ex post. Su valor material tiene en general un coste marginal que tiende a cero y hay una amplia gama de costes hundidos, así como una incertidumbre sobre el resultado de la puesta en valor.

Por otro lado, tiene amplias zonas de bien público, también mercados bien imperfectos que cuentan con la presencia de administraciones privadas como  públicas y espacios de no mercado. Así como hay un mercado de la cultura, su acceso tiene amplias áreas de no mercado tales como la educación, la investigación estética, el goce creativo, solo por citar algunos ejemplos.

Como bien público, la producción cultural genera en las personas o sociedades un capital de consumo y de disfrute de futuras ofertas culturales. Produce bienes  con una alta reproducibilidad a costes marginales o nulos, lo que los convierte en propensos a ser bienes públicos. En algunos casos ese bien público pasa al estadio de bien de mérito, es decir legitimado por la crítica especializada, los medios, la sociedad, por ser susceptible de transmisión generacional siendo objeto de protección más allá de la economía. Además también tienen un valor de existencia, donde una población se beneficia de que existan independientemente de que los utilice o no, como legado generacional y de educación colectiva (Baró 2008: 22), citado en Zallo (2011).

El trabajo creativo tiene que ver con el carácter único que se distingue como una de las principales características de la producción cultural. Es un tipo de trabajo altamente cualificado, tiene atributos de singularidad, originalidad, innovación, responde a técnicas profesionales, y por tanto esta en competencia.

El problema de la auto percepción como trabajadores

Dentro del proletariado cultural existen identidades variopintas. Algunas de ellas permeadas por una especie de romanticismo progre, a veces anarco, que rechaza los trabajos inmorales, que no se vende a una multinacional o a un organismo estatal gobernado por una gestión que no le simpatiza. En el mundo ideal de quien rechaza la disputa por el Estado, ese ideario de libertad que tiene que ver con no “venderse”, pasa por tener un montón de trabajos precarios (que no involucren a la Coca cola ni al gobierno, claro) y después de cumplida su jornada laboral escasamente remunerada, poder vivir con la tranquilidad de producir y crear con “toda la libertad del mundo”. También en ese mundo ideal están quienes no se venden porque sus condiciones materiales están resueltas de otro modo, algunas propiedades inmuebles que alquilar, o trabajos estables y buenos sueldos que ofician de financiamiento de la producción creativa. Lo que acerca a todes por igual es el ejercicio del trabajo cultural o la batalla por ese derecho, aunque no en todos los casos sea por cuestiones netamente económicas, porque el trabajo es además y en definitiva fuente de identidad.

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¿Qué pasa con las políticas culturales y sus trabajadores?

Hasta acá todo muy lindo, pero existe una dificultad histórica para abordar la cultura como trabajo. Haciendo un repaso breve por nuestra historia reciente, en el período de los llamados gobiernos progresistas en América Latina, la profesionalización del trabajo cultural, vinculada a una idea desarrollista con ribetes coloniales, emulaba al sector empresario. La idea del trabajo profesional cultural giraba en torno a la de gestión cultural.

Luego, en gobiernos que promueven abiertamente políticas culturales liberales y privatistas (privatizar y privar) como el actual, existe una continuidad que dialoga con la colonialidad mediante la nueva importación de un concepto sobre la profesionalización del trabajo cultural, que no es desarrollista sino de crisis, vinculada con el sujeto de manera individual y con su mérito personal, con la idea de autoempleo (por tanto, de auto explotación) oculta en el entusiasmo del entrepeneur.

Sería interesante discutir esas categorías, darles profundidad a esas lecturas romántico-progresistas, que mitifican la identidad trabajadora del artista. En todo el mundo tenemos ejemplos de verdaderos talentos meritorios, despojados de todo proceso colectivo como el vagabundo negro que pasó de habitar las calles de Río de Janeiro a convertirse en estrella de pagode, o el poeta local que nació de un pibe chorro. Esa idea esconde en nombre de la creatividad la trama de poder que se da en toda relación social atravesada por el trabajo en el sistema capitalista contemporáneo donde de manera creciente muchos sectores productivos se conectan con el trabajo cultural.

En este sentido, Argentina como parte de la división internacional de la producción y el trabajo cultural se encuentra ubicada en un entorno desigual que potencia la precarización de la fuerza laboral y otros fenómenos como la concentración geográfica de la producción en las grandes urbes según el último informe sobre la concentración de las industrias culturales del SINCA (Sistema de Información Cultual Argentina de la Secretaría de Cultura de la Nación) 11 de 15 sectores de las industrias culturales aparecen concentrados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, entre ellos la música, la publicidad y el editorial; mientras que las regiones del Norte no participan de la concentración de ningún sector.

En el caso de la industria musical por ejemplo, no contamos con una regulación específica en el país que establezca límites a la propiedad cruzada, horizontal y vertical. Por tal motivo la concentración de este sector se rige por el sistema general de control y defensa de la competencia, es decir por la Ley de Defensa de la Competencia N° 25.156.

Lejos de modificarse las asimetrías del mercado con la convergencia tecnológica, los únicos actores capaces de disputar participación de capital en este nuevo marco de creciente circulación de contenidos son las plataformas y las grandes discográficas. Lo cual se agrava en el contexto actual de debilitamiento generalizado del rol del Estado. Los grandes grupos concentrados como Sony, Warner y Universal son quienes controlan más del 80 por ciento del mercado a nivel nacional. Tal es así que en el año 2006, poco antes de ser absorbida por Google, estas compañías discográficas amenazaron a YouTube con demandas y llegaron un acuerdo que implicó pequeñas cuotas de participación de capital a cambio de la cancelación de los litigios. Lo cual significó un crecimiento exponencial de producción y circulación de contenidos y un aumento sin precedentes de la rentabilidad de estas pocas empresas.

La concentración de las actividades económicas culturales trae consigo otras cuestiones como la migración de la fuerza laboral cultural desde poblaciones pequeñas a la capital dentro del país o de un país a otro para acceder al mercado de trabajo o a aumentar el nivel de formación. Además otros aspectos que no serán abordados en esta oportunidad pero sirve ubicarlos en este contexto, tienen que ver con la concentración de la propiedad sobre los derechos de autor de las obras y su distribución/exhibición, la consecuente pérdida de diversidad debido a la estandarización de géneros y formatos que se repiten como recetas mágicas a partir de la formulas que ya funcionaron con éxito en el mercado a los fines de reducir ese riesgo característico de la producción cultural, donde el éxito o el fracaso se sabe después de haber experimentado el consumo del producto.

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Algunas ideas sobre el presente y el futuro del trabajo

Todas estas transformaciones en un marco de creciente tecnificación productiva, sumado a los procesos de expansión y acumulación del Capital contemporáneo donde el valor se inserta como norma reguladora, se expresan en una avanzada de modalidades precarizadas en el mundo del trabajo.

Con la crisis del Estado de bienestar mucho se ha debatido sobre el decrecimiento del trabajo, del aumento relativo del desahucio, de la hiperprecarización, el aumento del trabajo esclavo, la sindicalización decreciente de les trabajadores, e incluso la distópica muerte o extinción del trabajo en sí. Lo cierto es que más que desaparecer el trabajo como algunos pregonan, lo que aumentó fue el nivel de captura de renta mediante la utilización e imposición de modalidades precarizadas.

Para ello el despido es un instrumento más de disciplinamiento; lo que desde la fuerza laboral se reclama como “igual remuneración por igual tarea”, desde el punto de vista del capital, con el poder adicional que le otorga el proceso tecnológico y sus políticas de desarrollo,  se reconfigura como la imposición de “menor remuneración por igual tarea” con sus numerosas variantes eufemísticas. Si bien hay un proceso de avance de dichas modalidades, también existe la convivencia con el paradigma clásico de Trabajo donde la fuerza de laboral está organizada en torno a la figura del asalariado registrado y en general abarcado en convenios colectivos. Existen instituciones que dan cuenta de ello, como la amplia variedad de sindicatos y nuevos emergentes dentro de estas identidades que actualizan la acción social para dar respuesta a esos sectores e identidades laborales emergentes como la APP, Asociación de personal de plataformas, asociaciones, colectivos y campañas culturales de todos los sectores como el colectivo de Actrices, Manifiesta, Nosotras Proponemos, Columna de cultura y todas las nuevas formas de organización social que, siguiendo a De La Garza, dan cuenta que identidad laboral y acciones colectivas no solo se constituyen en torno a una relación laboral específica, su espacio y tiempo de protesta no es el espacio de una empresa ni el tiempo de trabajo, si no que se articula en la calle, el barrio, la plaza pública. Nuevos emergentes sociales que se articulan en torno a demandas por ampliaciones de derechos sociales, sexuales, laborales, ambientales, económicos.

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Referencias bibliográficas:

De Mateo, R. (2009): “El trabajo” en “La función de la producción en la empresa de comunicación” (capítulo 5, pág 166 a 181) en “Gestión de empresas de comunicación”, Comunicación Social, Sevilla.

De La Garza, E. (2010): Hacia un concepto ampliado de trabajo: del trabajo clásico al no clásico, México, Anthropos, (Cap. VI. Hacia un concepto ampliado de trabajo).

Freedman, D., Henten, A., Towse, R. and Wallis, R. (2008): The impact of the Internet on media policy, regulation and copyright law. Pp. 103-149.

Ley de Defensa de la Competencia: http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/60000-64999/60016/texact.htm

Lo Vuolo, R., revista Ñ, p7- Grupo Clarín, Buenos Aires, 13 de octubre de 2018.

Rodrigues Enriquez, C. , Encuentros de Debate Desigualdades de género en el ámbito del Trabajo, el 30 jul. 2015. Recuperado en: https://www.youtube.com/watch?v=4RfnnoMhmAU&t=285s

ZALLO, Ramón (1988): Economía de la comunicación y la cultura, Akal, Madrid, 207 p.

ZALLO, R. (2011): Necesidad de una economía de la cultura y la comunicación. En: Zallo, Estructuras de la comunicación y la cultura. Políticas para la era digital. Ed. Gedisa, Barcelona, Pp.149-177.

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