Hacia la transformación productiva

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Argentina necesita una transformación productiva. El desafío es diseñar proyectos que configuren políticas públicas de corto, mediano y largo plazo. La disponibilidad de capital y la incorporación de tecnología son objetivos puntuales para necesidades comunes de pymes, emprendedores –creados por el nuevo capitalismo para fomentar la cultura del individualismo autoexplotado–, y de unidades productivas de la economía popular. El país debe exportar calidad en base al conocimiento incorporado.

Foto: Joaquín Salguero

La oposición se despabila electoral y programáticamente. Proliferan valiosas usinas de pensamiento para el diagnóstico y generación de ideas que reemplazan al paternalista “te lo dije” y esperan configurar una superación del “vamos a volver” que mira al pasado, más conservador que reivindicativo. Sólo el posicionamiento por la negativa no alcanza, las contraposiciones estancas son pasivas y promueven una adolescencia política que no permite ver que los malos son más complejos y los buenos no son perfectos. En el marco de ese antagonismo, se presentan, a ambos lados de la grieta, dos modelos económico – productivos que pueden identificar a los últimos gobiernos: uno de primarización, ajuste y relación dependiente de los países centrales, y otro de industrialización, consumo interno e integración latinoamericana.

En el primer paradigma, relacionado con el oficialismo, queda por analizar la compleja trama de intereses y mecanismos que lo sostienen. No hubo fracaso porque hubo transferencia de recursos. En el segundo caso, vinculado en algunos aspectos con el kirchnerismo, la responsabilidad del análisis es mayor. Requiere de una reflexión respetuosa (no sólo de las primeras o segundas líneas de gobierno sino, sobre todo, de las tantas personas beneficiadas por sus políticas públicas) pero incisiva, que pueda entender que el proceso 2003-2015 fue de industrialización con inclusión social y recuperación del Estado con objetivos claros, pero ejecutada con una estrategia cortoplacista que devino en cierta concentración económica, extranjerización, construcción de un perfil productivo ligado a recursos básicos, precariedad laboral y una marcada dependencia tecnológica con efectos negativos para las pymes productivas, que sólo tuvieron autonomía técnica y comercial en la producción de bienes de consumo de bajo valor agregado.

Todas esas reflexiones se dan en el marco de un nuevo capitalismo que cuesta entender y que promueve, en algunos sectores, críticas luditas que sonrojarían a cualquier socialista utópico del Siglo XIX. El protagonismo de la especulación financiera que polariza la economía, el proceso de uberización que desregulariza el empleo, y el crecimiento del trabajo en el sector de los servicios que debilita lo productivo y amenaza a un ordenador social clave como la fábrica, son movimientos internacionales que exigen el abandono urgente de la inútil rivalidad entre la tecnología y el obrero. Argentina nunca va a salir adelante como país si basa su competitividad en la mano de obra. La separan de eso, afortunadamente, no sólo una serie de corridas cambiarias y reformas laborales, sino también una cultura industrial desarrollada, un conocimiento universitario incipientemente articulado con la industria y con los recursos naturales, y una de las plataformas de investigadores más grande de los países en desarrollo.  En el ranking de recursos naturales, muy por debajo de lo que se cree, en una mitad de tabla a una distancia considerable de países como Australia o Noruega, nuestro país pide desde hace ya mucho tiempo traducir esas virtudes en un incremento del porcentaje de incorporación de herramientas de investigación y desarrollo en el entramado productivo para consolidar estratégicamente una matriz industrial nacional que deje paulatinamente de depender de las importaciones. Fernando Peirano, ex Subsecretario de Ciencia y Tecnología de la Nación, afirma que de las 600 mil empresas registradas en la Inspección General de Justicia sólo 600 realizan actividades de I+D y sólo 60 lo hacen de manera sostenida y profunda.

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Cuestión de plazos

El desafío es dejar de pensar en conceptos grandilocuentes para diseñar proyectos, enmarcados en programas, que configuren políticas públicas de corto, mediano y largo plazo. La tríada conformada por proyectos tácticos, programas estratégicos y políticas públicas transformadoras tiende a la refundación de un Estado que mira más allá del valor agregado para el éxito mercantil y apuesta al conocimiento incorporado para el desarrollo productivo. Las metodologías típicas de los estados de bienestar fueron herramientas tácticas precisas, pero no transformadoras. Tomar una decisión táctica de corto plazo como, por ejemplo, la regulación de importaciones en un sector productivo, debe estar acompañada por una fuerte asistencia técnica para la incorporación de herramientas de tecnología, diseño e innovación. Hacer más eficientes los procesos productivos, investigar sobre nuevos materiales, crear nuevos productos o desarrollar estrategias de comunicación deben ser objetivos que se vean en clave de fortalecimiento empresarial y sectorial pero también de posicionamiento de la industria nacional en la región y en el mundo. Argentina debe exportar calidad en base al conocimiento incorporado.

La proyección del modelo kirchnerista de derrame inducido transfirió ingresos de las clases altas a las clases medias y bajas, pero no modificó la forma en que esos ingresos se generaron. ¿Se puede agrandar la torta? ¿Y cambiar al repostero? El planteo del consumo como motor de la economía, sin cambios culturales y logísticos de raíz necesarios, acentúan la pérdida de la relación entre el productor rural o industrial periurbano y el consumidor urbano. En los rubros de la indumentaria o los alimentos, por ejemplo, el productor recibe entre un 10 y un 20 por ciento de lo que paga el consumidor. ¿Es lo mismo que un porteño compre unos anteojos producidos en una pyme de Lanús con una inyectora provista por otra de San Martín, y diseñados por un profesional de la Universidad de Córdoba, que comprar unos de marca estadounidense, importados de algún país asiático y producidos por una niña a punta de pistola? La conformación de cooperativas sociales como proveedoras del Estado funciona generalmente como un proyecto táctico reivindicativo de corto plazo. ¿Puede ser también un programa estratégico competitivo a mediano plazo y una política pública transformadora de un sector productivo específico a largo plazo?

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Desde abajo

La disponibilidad de capital y la incorporación de tecnología son objetivos puntuales para necesidades comunes de pymes, de los emprendedores engañados que creó el nuevo capitalismo para fomentar la cultura del individualismo auto-explotado, y también de unidades productivas de la economía popular. Carolina Brandariz, referente del Movimiento Evita de la Ciudad de Buenos Aires, afirma que sólo en Capital Federal organizan desde la CTEP unas 200 unidades productivas con 2000 trabajadores y trabajadoras que se dedican a la generación de infraestructura, construcción, producción y servicios socio-comunitarios, como la atención de los merenderos que se multiplican al calor del plan de ajuste del gobierno nacional, en el marco de la desigualdad que crece particularmente en el distrito con más recursos del país.

La economía popular llegó para quedarse, no es ni una fase ni un fenómeno que se reabsorba en un idílico estado de bienestar de pleno empleo fabril. Eso se puede leer en los cambios del capitalismo mundial, en ese nuevo paradigma de trabajo que construye bajo formas opuestas una elite de obreros tecnológicos supercalificados y a la vez una masa de semiesclavos precarizados y desregulados que no pueden gozar de derechos del siglo pasado. Por cada 15 puestos de trabajo que Argentina destruye en pymes manufactureras crea sólo 1 en el sector del software y los servicios informáticos. Más allá de leer esos cambios, organizarse para visibilizar injusticias y conseguir derechos, la economía popular no espera al tan retrasado Estado para disponerse a escribir una nueva historia vinculada a la tecnología y al conocimiento incorporado en sus unidades productivas. Brandariz lo ejemplifica con el trabajo de profesionales de la bioquímica en el desarrollo de kéfir de leche para merenderos y sus beneficios inmunológicos, gastrointestinales y anticancerígenos. O con la llegada de diseñadores y diseñadoras de indumentaria a las unidades productivas de la rama textil, que no sólo proyectan nuevas colecciones sino que profesionalizan y optimizan procesos y productos y planifican estrategias de posicionamiento. O con la formación y acreditación de estudios universitarios a mujeres de los barrios más humildes que actualmente desarrollan tareas de cuidado de personas mayores sin ser reconocidas salarialmente. Será que la transformación productiva que necesita Argentina no sólo deberá revertir de manera urgente la disminución de presupuesto en Investigación y Desarrollo, que este gobierno llevó de un 0.6 del PBI a un magro 0.4, sino que además tendrá que interpelar a una matriz productiva nacional compleja en un capitalismo internacional dinámico.

* Especialista en innovación productiva. Director del Instituto Aguafuertes e integrante de Agenda Argentina.

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