Bonadio, el garrote judicial de Macri que terminó acusado

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¿A cuantos centímetros se encuentra el juez Claudio Bonadio de quedar imputado en la causa por extorsión que involucra a fiscal Stornelli y al «agente» D’Alessio? D’Alessio describió el plan de negocios: “El fiscal y el juez están preparados para irse en unos años con fortunas de 20 a 50 millones de dólares” obtenidas de las extorsiones denunciadas en la causa. Su militancia en el peronsimo de ultra derecha, su episodio de matador rumbo a la visita a un pai umbanda, su pelea con el kirchnerismo, su defensa de la teoría de los «dos demonios». Un juez de la servilleta, servil y codicioso, que acumuló 51 denuncias en su contra y zafó.

Foto: Joaquín Salguero

A raíz de las difíciles circunstancias que en estos días rodean al fiscal federal Carlos Stornelli, la diputada Elisa Carrió supo esgrimir unas escuchas ilegales que –según ella– le habrían llegado de modo anónimo para así instalar la idea de que las graves sospechas contra él por extorsión serían en realidad fruto de un complot articulado desde la cárcel por ex funcionarios kirchneristas. Dicha impostura se completó con una denuncia judicial realizada por las diputadas de la Coalición Cívica (CC) Paola Oliveto y Mariana Zuvic. Dios quiso que tal presentación recayera en el despacho del doctor Claudio Bonadio.

El expediente que involucra a Stornelli, instruido por el juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, posee profusos videos, capturas de WathsApp y audios de su presunto “recaudador”, Marcelo D’Alessio. En una de aquellas grabaciones, dice: “El fiscal y el juez están preparados para irse en unos años con fortunas de 20 a 50 millones de dólares”. El juez no es otro que Bonadio.

En este punto acecha una pregunta: ¿a cuantos centímetros se encuentra el magistrado de quedar imputado en esta causa? Semejante pregunta recorre el edificio de Comodoro Py como un fantasma apenas disimulado. Y se asocia a otra duda: ¿cómo incidiría su desplome en los expedientes labrados por él? Una ocasión propicia para reconstruir la vida y obra de esta estrella del firmamento judicial.

“Hay audios donde se menciona al juez Bonadio”

El juez del momento 

Una silueta un poco obesa detrás de un fogonazo fue la última imagen que el hampón Germán Lorenzatti, alias “Pirincho”, se llevó al Más Allá. Lo cierto es que había alcanzado a disparar su revólver al estómago del acompañante de su matador al desplomarse sobre el pavimento. Tal vez haya dejado de existir antes de finalizar la caída. Aún así recibió otros cinco balazos a quemarropa. Junto a él gemía Daniel Villa, alias “Monito”, su cómplice. La sangre le corría por el tórax. Un tiro de gracia lo silenció para siempre.

Entonces, con actitud casi deportiva, la silueta obesa enfundó su Glock calibre 40 en la sobaquera para caminar hacia el Audi frenado en la esquina de Matienzo y San Martín, de Villa Ballester. En la cabina yacía el otro herido. Y el tirador, como para infundirle ánimo, le palmeó un hombro con delicadeza. A lo lejos ya se oía el ulular de las sirenas.

Era la noche del 28 de septiembre de 2001. Ambos habían llegado hasta ese sitio con el propósito de visitar un templo umbanda situado a media cuadra de allí. No pudo ser. El atraco que ese hombre acababa de repeler hizo que su amigo terminara en un quirófano del Hospital Central de San Isidro, mientras él era indagado en el despacho del fiscal Luis Celaya por “doble homicidio en defensa propia”. Se trataba del juez Bonadio.

Así, en cuestión de horas, supo pasar al otro lado del mostrador dado que en durante mañana de ese viernes había interrogado al malhechor Cristian Battiga, detenido por el secuestro extorsivo del empresario textil Abraham Awada. No era otro que el ya fallecido progenitor de la actual Primera Dama, a cuyo esposo él ahora sirve en calidad de garrote judicial. Vueltas de la vida.

La suya, sin duda, fue una existencia signada por la audacia, el don de la oportunidad y sus consiguientes dobleces. Tanto es así que, durante los meses posteriores supo encarcelar a Leopoldo Galtieri, Emilio Massera y al “Tigre” Acosta. Pero enturbió tales proezas al ordenar también el arresto –en la causa de la Contraofensiva– de los ex jefes montoneros Fernando Vaca Narvaja y Roberto Perdía. Semejante apego a la teoría de los dos demonios le valió –ya en octubre de 2003– un duro apercibimiento por parte de la Cámara Federal.

En los seis meses previos hizo todo lo posible por congraciarse con el gobierno de Néstor Kirchner. “Soy peronista desde los 15 años”, solía repetir por esos días ante todo micrófono que tuviera a tiro.

Fruto de una familia de clase media afincada en la localidad bonaerense de San Martín, el joven Claudio se recibió de bachiller en el colegio La Salle a fines de 1973. Pero tardó 15 años en obtener el diploma de abogado. En dicho lapso alternó su condición de estudiante universitario crónico con la militancia en Guardia de Hierro, una organización del peronismo de derecha entre cuyos cuadros hubo personajes tan polémicos como José Luis Manzano y la olvidada Matilde Menéndez, además de contar entre sus simpatizantes al cura jesuita Jorge Bergoglio. Al concluir la dictadura se relacionó con Miguel Ángel Toma y Eduardo Vaca, líderes del Frente de Unidad Peronista (FUP) que dominaba el PJ de la Capital. En dicho contexto le cayó en gracia al ascendente Carlos Grosso; así consiguió conchabo de asesor en el Concejo Deliberante. Y ya en el amanecer del menemismo éste lo acercó al hombre que sería su definitivo mentor: Carlos Corach. Por su intermediación, Bonadío pasó a ser funcionario del Ministerio de Salud a cargo de Eduardo Bauzá. Después fue nada menos que el segundo funcionario en la estructura de la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, a cargo del propio Corach. En tanto aún fatigaba los pasillos de la Facultad de Derecho. Recién se recibió en 1989.

Las pruebas de que Bonadío protege a Macri, Iecsa y Techint

“¿Querés ir al Tribunal Oral de Morón?”, dicen que le propuso Corach a fines de 1991. “Creo que no estoy preparado”, fue la admirable respuesta de Bonadío. En realidad, a los 37 años, aquel hombre pretendía desembarcar en la justicia federal, algo que finalmente logró en 1994. No es un secreto que su nombre encabezaba la famosa servilleta del ministro. Su bautismo de fuego: el gran impulso que le dio a un expediente por “enriquecimiento ilícito” contra Domingo Cavallo, ya enemistado con Carlos Menem y Corach.

El nombre del flamante magistrado comenzaba a circular en la opinión pública, aunque con mala prensa. Una constante en su carrera.

Bonadio y un fallo a la medida del Grupo Clarín

Ciencias Morales 

Alineado en el frente judicial con los magistrados menemistas Gustavo Literas y Adolfo Bagnasco, el doctor Bonadio supo satisfacer en tiempo y forma los deberes impuestos por el Poder Ejecutivo. Y sin un ápice de pudor.

Tanto es así que desde el Juzgado Federal 11 investigó al corresponsal del Financial Times en Buenos Aires, Thomas Catán, para determinar el modo en que accedió al dato sobre unas coimas solicitadas por algunos senadores a ciertos banqueros para frenar una ley que los perjudicaba. También puso en su mira al inefable Marcelo Bonelli por revelar la declaración jurada del entonces titular del PAMI, Víctor Alderete. Una afrenta inadmisible.

Sin embargo, dadas sus lealtades zigzagueantes, ya bajo el gobierno de Kirchner no dudó en procesar a Alderete por “administración fraudulenta” y también a María Julia Alsogaray por irregularidades en la contratación de un estudio jurídico durante el proceso privatizador de la ex ENTel.

Esa misma etapa de su carrera judicial coincidió con profundos cambios en su propia persona. Aquel juez que nunca había ocultado su inclinación por las armas, los vehículos de lujo y las motocicletas de alta cilindrada, renunció súbitamente a su extravagante look: cabello largo atado con colita –a pesar de su semicalvicie–, anteojos oscuros y camperas de cuero. Así acostumbraba a dejarse ver en el edificio de Comodoro Py. Pero a partir de entonces empezó a lucir trajes con demasiada fibra sintética, y siempre con el cuello de la camisa montada sobre el saco. En cambio, su desempeño como juez era tan sinuoso como siempre.

En resumidas cuentas, Bonadío acumuló 51 denuncias ante el Concejo de la Magistratura. Un record en la materia. La mayoría fueron desestimadas. Pero al menos nueve continúan vigentes. Entre sus irregularidades procesales más conspicuas resaltan las trabas impuestas a los abogados defensores para acceder al expediente. “Se maneja como un comisario; la instrucción es de él, y de nadie más”, dicen sus propios empleados. Aunque también incurrió en otros desajustes más graves, como demorar a propósito determinadas causas para favorecer a los procesados. Ese fue el caso de expediente que investigaba el uso irregular de subsidios por pare de la curtiembre de Emir Yoma. Y el que tramitaba por defraudación al Estado y administración infiel contra Tandanor. Pero su tardanza más escandalosa fue la que mantuvo paralizada por años una denuncia presentada por pacientes hemofílicos a raíz de una “mala praxis” que los contagió de HIV. Mientras Bonadío demoraba en citar a los imputados, los querellantes se iban muriendo.

Ya en 2013 comenzó a ser inocultable su animosidad hacia la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Fue cuando la puso en su mira por la llamada causa Hotesur. Era el inicio de su ofensiva contra ella, un quehacer que intensificó durante el gobierno de Mauricio Macri con otros expedientes instruidos de manera antojadiza e inquisitorial.

Tal vez a este individuo se lo recuerde siempre por haber acelerado la muerte de Héctor Timerman al impedir, por su canallesca prisión domiciliaria en la causa del Memorándum de Entendimiento con Irán, viajar a los Estados Unidos para proseguir con su tratamiento oncológico.

En la causa de las fotocopias, su otra gran batalla del presente, urdió con Stornelli una extorsión procesal basada en encarcelar a todo imputado que no declare (o abone) lo que ellos quieren oír (o cobrar). Quizás tamaño aporte a las Ciencias Morales sea la tumba de su paso por el Poder Judicial.

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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