Caso Melmann: Amor y memoria contra el gran silencio

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Amenazas, persecuciones, palizas, denuncias, el cierre del restaurant familiar y hasta las versiones más infames sobre Natalia, sus padres y sus hermanos. A lo largo de estas dos décadas, la lucha de la familia Melmann atravesó momentos terribles pero hubo una certeza que nunca se perdió: la única manera de que la impunidad no prevalezca es seguir adelante a como dé lugar. Con esta tercera entrega cerramos la serie que conforma un ensayo sobre la impunidad.

Como todo, también las marchas y los reclamos suelen tener algo así como un ciclo de vida: un inicio tímido (esas primeras veces que después pasan a formar parte de una épica callejera y militante), un momento de esplendor con decenas o miles de personas sumándose al reclamo y, casi siempre, un final desteñido y a solas. Pero si en el caso de Natalia Melmann esto no sucedió así fue gracias a la constancia de su familia. A un padre, Gustavo, que vimos envejecer frente a las cámaras y con el retrato de su hija sobre el pecho, en la más perfecta estampita de la desolación que pudiéramos imaginar. A una mamá, Laura, que vimos  joven y con el pelo largo  al frente de la primera marcha pidiendo por la aparición de la nena. Diciendo quién era su hija, qué hacía y hasta nombrando el posible problema que había tenido Naty: ser muy inocente. Volver a ver hoy esos videos, veinte años después, da frío en la espalda. Sobre todo cuando Laura –tan inocente como su hija– explica a cámara “Nosotros nos ocupamos de los medios y la policía de la investigación”. No tuvo que pasar mucho tiempo hasta que cayera en la cuenta de que la policía no sólo no iba a investigar nada sino que además ellos, al dolor de una hija menos, tendrían que sumarle el de investigar quiénes habían sido. Cómo había sido todo.

Laura Calampuca, la mamá de Natalia, también fue envejeciendo frente a cámara. Y cámaras de dos tipos. Las primeras son las de los medios de comunicación “importantes” –esto es, canales de televisión de Buenos Aires– que fueron multitud en los inicios y que ahora sólo suelen  regresar para algún aniversario, porque nada les resulta tan sexy como un número redondo. “Se cumplen diez años desde el asesinato de Natalia Melmann”, “Se cumplen quince años del asesinato de Natalia Melmann” y así hasta que ya haya pasado mucho tiempo y el nombre y la historia hayan dejado de garantizar un buen rating. Las otras cámaras frente a las que también tuvieron que desfilar Gustavo y Laura por años son las de apelaciones, las de casación. Esas a las que suelen peregrinar los nadies a ver si la dama vendada, ahora sí, les presta un poco de atención.

Pendientes de papeles, citaciones y recursos de queja tuvieron que aprender a vivir todos los Melmann. Y ahí siguen viviendo hasta hoy, en ese limbo judicial que espera de las víctimas todo lo que no suelen tener: plata para pasajes, conocimientos técnicos, tiempo para volver a pasar –una vez más, la número un millón– por la amansadora de la justicia. Justamente ellos, que se habían mudado a orillas del mar para vivir más tranquilos y entre menos cemento, con la playa a pocas cuadras y mucho bosque adonde los chicos pudieran disfrutar de la naturaleza.

 Naty en la playa.

Pero “cuando pasó lo que pasó”, como aluden al crimen de Natalia los que estaban ahí cuando una banda de policías la secuestró, torturó y asesinó, fue como un misil cayendo en 21 y 28, el corazón de la ciudad. Y la onda expansiva, que sacó a tantos vecinos del letargo, se sintió incluso escuela adentro. Paula Aguado era la directora del colegio Rodolfo Walsh, adonde estudiaban tanto Natalia como su hermano Nahuel, y lo recuerda bien. “La clase de Nahuel, que estaba en tercer año, se dividió como también se dividió la ciudad de Miramar. El pueblo se llevó a la clase, porque lo que pasa fuera de la escuela entra en la escuela. Lo bueno, y lo malo. Se dudaba como se dudaba en el pueblo, se re victimizó a la víctima. Se dijeron cosas terribles. Se hablaba de que el padre era narcotraficante, que tenían plantaciones de no sé qué, que a ella la usaban como mula, se dudaba de cómo habían sido las cosas. Se dijeron barbaridades. Y a veces estuvieron en boca de gente inteligente, que vos no podías creer. Gente que tenía hijas que tenían las mismas actividades de Natalia. Yo decía: “¿Cómo pueden pensar así?”

 

Natalia era una alumna “brillante”, según Paula Aguado, la directora de su colegio. “Una vez participó en las Olimpiadas de Matemática y tuve que prestarle mi calculadora porque no tenía. Era una chica divina”.

“Fue una absoluta y gran división, en el grupo y en el pueblo. Porque esos alumnos tenían padres y esos padres hablaban, y esos padres seguramente decían que a sus hijas nunca les hubiera pasado porque ellos nunca habrían dejado que su hija fuera a un boliche a tal hora y esa clase de cosas. Cuando la realidad era que eso era común, absolutamente común aquí y en ese momento”.

Por eso también, recuerda Paula, la presencia en las marchas abundaba en turistas y flaqueaba en locales. Había vecinos y vecinas, sí, pero no tantos como a ella le hubiera gustado. Una vez incluso se lo comentó a una compañera de marcha. “¿Te diste cuenta que somos casi todos de Buenos Aires? Del pueblo casi no hay gente”. Lo que sí había, y mucho, era miedo. Miedo, resignación y amenazas de todo tipo. La combinación fatal.

 

20 años de injusticia en el femicidio de Natalia Melmann

Moverse, caer, volver

A Silvia Fazio, vecina y periodista, le dejaron un cartel en la luneta del auto: “Cortala, que vos también tenés hijos”. A otras de las que marchaban mucha gente dejó de saludarlas. Algunos de los que marchaban mandaron a sus hijos a vivir a Mar del Plata, por si acaso. A Nahuel, tras el femicidio de su hermana, lo mandaron a lo de su abuela, en Villa Crespo. “Yo era muy pibe y eso fue lo primero que hicieron mis viejos: sacarme de Miramar. Estuve un tiempo ahí y después volví. Pero fue todo tan psicótico y violento que terminé atravesando una gran depresión. Estuve por varios años recluido en mi casa en Miramar. Pero bueno, es parte de lo que me tocó. Imaginate: yo hoy hice una nota con un periodista de Miramar y una mujer comenzó a postear en Facebook barbaridades en relación a mi, a mi familia, a nosotros. El libreto de siempre. Al día de hoy seguimos teniendo que tolerar toda esta violencia”.

Laura en el juicio al sargento primero Ricardo Panadero. En el cuerpo de Natalia se había hallado un perfil genético 97% compatible con el de Panadero. Sin embargo, en 2018, lo dejaron en libertad.

Con Laura y con Gustavo las familias de los tres policías condenados (Echenique, Suárez y Anselmini) fueron todavía más lejos: los insultan cada vez que pueden, los han amenazado y hasta les han pegado. Ni siquiera el santuario que la gente había comenzado a levantar en el lugar exacto del vivero en donde habían hallado el cuerpo de Natalia sobrevivió. Había flores, mensajes, un par de crucecitas: le prendieron fuego a todo. También fue destrozada la placa que la familia había puesto en el colegio de Nati, con su nombre. Ni la tumba se salvó: en 2008, el odio anotó “Te moriste por puta”.

Con todo, muchos coinciden en que el tiempo que pasó no ha sido en vano. Que se avanzó, aunque a veces no se note. “Miramar, el pueblo de Miramar cambió, maduró. Antes ni se les ocurría hacer una marcha, salir a la calle. Y hace poco el personal de salud salió a protestar por los sueldos bajos. Eso podemos decir que es bueno”, comenta la profesora Aguado. “Pero, además, hay que recordar que el gobierno de General Alvarado en ese momento era radical y si hoy hablamos de la grieta, en ese entonces también existía una grieta. El gobierno a los Melmann les puso palos de todo tipo, les puso un abogado chanta, de todo. En ese sentido, uno de los juicios que todavía no se hizo fue el de la asociación ilícita entre el intendente de entonces y la policía. Eso se dejó de lado. Nunca se hizo”.

También por esa justicia que falta la familia y los amigos de Natalia siguen adelante. Más viejos, más rotos, pero también mucho más firmes y acompañados. “Hoy Natalia es de todos”, resume Nahuel, su hermano. Y sí, Natalia ya es una causa. La causa de todas las asesinadas, de todas las abusadas, de todas las que siguen buscando justicia en un país en donde no pasa un solo día sin una muerta de estreno. Sin un femicida libre, o a punto de salir como los asesinos de Naty, que en junio de 2022 –como advierte el juez de ejecución penal Ricardo Perdichizzi– podrían pedir la libertad.

Ricardo Anselmini, Oscar Echenique y Ricardo Suárez, los policías condenados a reclusión perpetua por el secuestro, tortura, violación y asesinato de Natalia Melmann. En junio de 2022 podrían acceder a salidas.

Desde el 4 febrero, hace muy pocos días, en el centro de Miramar hay un cartel grande con la cara de Natalia. Con la cara y con su historia. Con lo que le hicieron y con el reclamo de siempre: Memoria, verdad y justicia. “La jornada también fue virtual, pero fue hermoso escuchar a tantas y tantas personas que estuvieron adhiriendo a la marcha, conociendo a Natalia. Estuvieron Adolfo Pérez Esquivel, Tati Almeida, Norita Cortiñas, Juan Carr, en fin: montones de personas acompañando. Fue muy emotivo cuando se puso el cartel”, dice Gustavo Melmann.

Cartel de Naty en Miramar, inaugurado para el 20mo. aniversario de su crimen.

Ya han pasado de eso algunos días, pero la historia sigue. De otros modos, en otros lados. Algunos son tan duros como el reclamo de un nuevo juicio para uno de los implicados en la causa por testigos y por el examen de ADN. De los 5 ADN encontrados en el cuerpo, por ejemplo, tres pertenecen a los condenados, uno sigue sin identificar y el otro tiene 97% de compatibilidad con el de Ricardo Panadero. Por razones como éstas fue que la Cámara de Casación Penal ordenó un nuevo juicio. En estos 20 años desde el crimen, Panadero no pasó un solo día preso.

 

Detalle del fallo del Tribunal de Casación Penal ordenando un nuevo juicio para el sargento Ricardo Panadero.

 

El Sargento Primero Ricardo Panadero.

Otros modos de memoria son más coloridos, como el mural que se inauguró el 4 de febrero en Miramar, en el predio del Partido Comunista. Ahí está Natalia sonriendo, con la frente algo fruncida por culpa del sol, y rodeada de margaritas, la flor de sus amores. Al lado, una frase: “Tu latido perpetuo se escuchará”

Mural de Natalia en Miramar

Otras maneras de recordar ni peso tienen. Son modos de evocarla ingrávidos y gentiles. Ese fue el camino que encontró Nicolás, el hermano mayor de Natalia, quien vive en Europa desde hace años. Es artista, hace música de películas y le dedicó una obra bella y misteriosa bautizada con nombre de remedio casero: Cataplasma Ungüento. Nicolás no quiere hablar con la prensa y puso distancia con tanto horror vivido. De eso (de curarse el alma con yuyos, de sanar de la hermana que tanto amó) trata su álbum. Su corona de flores y claves de sol, cruzando el Atlántico. (Enlace a Cataplasma ungüento en Spotify: https://open.spotify.com/album/2u8AYkHuNq1hS7OyBpvOKp?autoplay=true )

 

Caso Melmann: Fuenteovejuna del mar

 

Para muchos, el femicidio de Natalia Melmann fue un despertador. Un aviso de lo mal que estaba todo más allá de los atardeceres en la playa y el mar mentiroso. Para otros, fue una señal de alarma que no cambió más que el collar de perro. “Pasamos de un feudo a otro feudo”, explica un vecino que pide reserva de su nombre. “Fuimos del feudo Honores al feudo Hogan”, dice, en referencia a los dos clanes que se han estado pasando el poder cual pelota de rugby en las últimas dos décadas.

El emblemático cartel de la entrada a Miramar, donde los sueños de la familia Melmann se desvanecieron ante la tragedia.

En la entrada a la ciudad, el cartel sigue intacto, blanco y radiante como cuando Gustavo y Laura Melmann llegaron con un sueño, una perra y tres hijos. Como cuando todo sucedió. Vean: la letra M de Miramar tiene sobre ella algunos puntitos. Busca representar las cabezas de la mamá, el papá y los dos hijos que toda familia deber portar para entrar en la categoría “tipo”. Aunque, mirándola bien, se parece mucho más a una corona. A la entrada de un reino que no esconde lo que es. Un lugar donde todos son iguales, sólo que algunos siguen siendo más iguales que otros.

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Fernanda Sández

Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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