El detenido jefe fantasma de la Policía de la Ciudad

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El ex comisario federal detenido hace unos días, Guillermo Calviño, actuaba nada menos que como jefe en las sombras de la Policía de la Ciudad de Horacio Rodríguez Larreta. José Pedro Potocar, ex jefe de la fuerza también preso, fue quien lo señaló ante el fiscal de la causa por el cobro de coimas a comerciantes y trapitos. ¿Otra víctima de la guerra Carrió-Angelici? La policía larretista, corrupta de nacimiento.

En los primeros días de mayo, durante la ampliación de la indagatoria del jefe fundacional de la Policía de la Ciudad, José Pedro Potocar –encarcelado en su decimotercera semana de gestión por la causa de las coimas a comerciantes y trapitos en jurisdicción de la comisaría 35ª–, el fiscal José María Campagnoli extendió hacia él la fotocopia de una hoja, y quiso saber:

–¿Qué significa esta sigla?

Eran las presuntas anotaciones del ex titular de esa seccional, Norberto Villarreal –aún prófugo–, sobre dichas dádivas. Y la pregunta se refería a tres letras –”SSM”– escritas con mayúscula.

Potocar, entonces, soltó:

–Superintendencia de Seguridad Metropolitana, a cargo del comisario Guillermo Calviño desde 2015.

Campagnoli, claro, ya lo sabía. Pero necesitaba que Potocar le diera ese pequeño empujón a su antiguo superior en la Policía Federal. Un empujón que facilitaría su caída al precipicio de la ley.

Calviño supo ser el timonel del traspaso de dicha área –con sus 19 mil efectivos distribuidos en 53 seccionales– al ámbito de la Ciudad. Y al avanzar la investigación sobre las irregularidades en la comisaría 35ª hasta la Sala VII de la Cámara del Crimen sugirió su detención.

Lo que no se entiende del todo es porqué Campagnoli demoró casi un mes y medio en concretarla. ¿Acaso la idea era que los arrestos de Potocar y Calviño fueran “en cuotas” para así mantener el tema en agenda? Dicen que el doctor es muy cuidadoso en esos detalles de la dramaturgia procesal.

El maldito jefe de policía de Larreta

Lo cierto es que durante la mañana del 16 de junio el ex jerarca de la ya disuelta SSM, vestido con jean y campera celeste de nylon, ingresó al Palacio de Tribunales por una entrada lateral. Lo acompañaba su abogado, Manuel Ramallo. La intención era ofrecer allí una declaración espontánea.

En aquel mismo momento el juez Ricardo Farías, ya advertido sobre su llegada al edificio, corrió a la oficina de la secretaria María Bobes. Y dijo:

–¡Ya viene para acá! ¿Te falta mucho?

Por toda respuesta ella meneó la cabeza. Y siguió tecleando. Escribía a las apuradas la orden de detención para Calviño.

La escena fue casi un calco del instante previo al arresto de Potocar.

Ya al mediodía de ese viernes la placa roja de Crónica interrumpió una tanda publicitaria para informar que el comisario era llevado tras las rejas. Al rato mostró una imagen de aquel hombre rubio y retacón que ahora cubría con la campera sus muñecas esposadas.

El ministro de Justicia y Seguridad porteño, Martín Ocampo, era uno de los televidentes. Y en ese instante tragó saliva. Su estupor tenía una razón de peso: Calviño –aunque la opinión pública lo suponía jubilado– era nada menos que el jefe en la sombra de la Policía de la Ciudad.

De modo que esa fuerza, cuya conducción formal –a raíz del estrepitoso desplome de Potocar– estaba en manos del secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, acababa de quedar irremediablemente acéfala.

La unión deshace la fuerza

La jefatura en la sombra

Tal vez en tan aciagas circunstancias la mente de Ocampo haya retrocedido al ya remoto 30 de septiembre del año anterior.

Por entonces el comisario Calviño –aún al frente del sector de la Federal traspasado a la autoridad porteña– era el candidato natural para encabezar, junto a su par de la Metropolitana, Horacio Giménez, la criatura resultante de la fusión entre ambas mazorcas. Un desafío histórico, ya que la Policía de la Ciudad era el experimento más osado del macrismo en materia punitiva.

Pero ese día el prestigioso uniformado fue abucheado en el playón del Instituto Superior de Seguridad Pública (ISSP) por unos 600 agentes durante la entrega de diplomas a egresados del curso anual de capacitación. El motivo: la férrea resistencia de esa tropa –integrada por muchos jóvenes venidos del interior– al impedimento de regresar como policías federales a sus ciudades de origen por quedar atados a la fuerza capitalina. Las imágenes del “rechifle”, que no escatimó insultos ni diplomas, medallas y monedas volando hacia el azorado jerarca policial, fueron registradas con un celular y difundidas en las redes sociales y por TV con una buena acogida del público.

Entonces también afloraron ciertas máculas de su carrera. A saber: una causa por haber frenado el allanamiento en una financiera, y otra por proteger a subordinados suyos que habían plantado droga a dos motociclistas con fines extorsivos; también exhibía una denuncia por liberar la zona del asesinato de dos barras boquenses –Ángel Díaz y Marcelo Carnevale– en el marco de una violenta interna de “La 12”, a lo que se sumaba su procesamiento –impulsado por el mismísimo Ministerio de Seguridad de la Nación– por facilitar la fuga de otro barra de Boca, el célebre Maximiliano Oetinger, quien –alertado por Calviño– se habría esfumado de un paraavalanchas de la Bombonera justo cuando iba por él una brigada de la División Antisecuestros.

La trascendencia mediática de tales cuentas pendientes con la Justicia malogró su entronización en la naciente fuerza. Una vicisitud –como se verá– momentánea.

Es posible que ahora, mientras Calviño era trasladado desde la Alcaidía de Tribunales hasta el edificio Centinela, el ministro Ocampo avanzara apenas unos días en la cronología de sus evocaciones.

Así llegó a la mañana del 5 de octubre, cuando –también en el enorme playón del ISSP– el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta presentaba al periodismo una muestra vehicular de aquella policía que aún no existía. Tal evento, por cierto, propició el primer signo visible de que Calviño ya no era parte del proyecto, puesto que él no estaba entre las autoridades presentes. Pero aquella cuestión fue opacada al saltar a la luz –también a través de un video viralizado– que el helicóptero exhibido allí era en realidad una unidad del SAME ploteada a las apuradas con los colores azul y negro de la Policía de la Ciudad. Un papelón bien al estilo del PRO.

En resumen, a Calviño se lo mantuvo en silencio hasta concluir la etapa de la transición y fue pasado a retiro en diciembre de 2016. Ya se sabe que ese fue el gran momento del impoluto Potocar, un burócrata voluntarioso aunque timorato y con escasa cintura de mando.

Tal vez esas características hayan incidido para que –con el aval del jefe de Gobierno porteño– Ocampo echara mano a su comisario predilecto. Tanto es así que en el mayor de los sigilos firmó un decreto fechado el 21 de febrero de 2017 por el cual se le otorgaba a Calviño el grado de “superintendente” de la flamante agencia del orden “con el correspondiente estado policial activo”, aunque sin especificar sus funciones en esa milicia.

Desde entonces fue él quien tuvo en sus manos las riendas operativas de la Policía de la Ciudad; es decir, la jefatura real, mientras Potocar sólo cubría el aspecto administrativo y protocolar de la gestión. Y a partir del memorable 25 de abril, cuando la dupla Farías-Campagnoli resolvió pasar a éste al otro lado del mostrador penal, Calviño robusteció su poder ya con el civil D’Alessandro como nueva figura decorativa.

Pero ahora, con su detención, todo se había ido al diablo.

A Ocampo le costó recuperar la compostura; recién entonces lo llamó al alcalde para transmitirle la mala nueva. Una información que, por otra parte, ya corría entre la opinión pública como un reguero de pólvora.

La escudería Angelici

Rodríguez Larreta recorría al mediodía de aquel viernes el barrio de Belgrano con Elisa Carrió en una actividad de campaña organizada por el frente porteño Vamos Juntos. En eso estaba cuando un asistente le alcanzó su celular. Desde el otro lado de la línea Ocampo se atragantaba con las palabras. Y él quedó de una sola pieza. A continuación susurró a la oreja de Lilita la noticia recibida.

Ella, en cambio, se mostró jubilosa por lo que acababa de oír, y con una ansiedad casi canina se puso a escribir en su cuenta de Twitter: “Una inmensa alegría que haya caído Calviño, el gran recaudador de la Capital a lo largo de estos años en la Policía Federal. Saludos a Aníbal”.

Su aliado político la miraba de soslayo con cara de pocos amigos. Pero la diputada, más ancha que nunca, desparramaba lo acontecido a viva voz entre los vecinos.

Es posible que la señora Carrió interpretara el arresto de Calviño como una victoria de su propia cosecha. Específicamente, un efecto colateral de la indisimulada aversión que siente hacia el poderoso presidente de Boca, Daniel Angelici, cuyo carácter de amigo, protector y jefe político de Ocampo no es un secreto para nadie. A tal hipótesis habría que sumarle otra circunstancia: su muy afectuoso vínculo con el fiscal Campagnoli, a quien ella promueve como Procurador General de la Nación o para el cargo de Ombudsman, además de colocar a su hermana menor, Marcela, en la lista de candidatos a diputados de la Coalición Cívica por la provincia de Buenos Aires.

Pero es innegable la puntería de Campagnoli: su torpedo hizo blanco en la línea de flotación de Angelici, el operador todo terreno del macrismo en la Justicia, los servicios de inteligencia y también en las fuerzas policiales.

De hecho –independientemente a su ascendente sobre Ocampo–, otra insigne estrella de su escudería es el propio Calviño, ya que con él supo tejer una provechosa relación que se remonta a la época en la que éste encabezaba los operativos de seguridad en los partidos de Boca.

Incluso en 2013 Calviño le acercó al ex comisario Claudio Lucione para que sea gerente de seguridad del club xeneize tras ser echado de Federal por la ministra Nilda Garré debido a un caso de corrupción en la comisaría 7ª.

Desde ese puesto laboral –el mismo que tuvo Jorge “Fino” Palacios en 2004, durante la gestión boquense de Mauricio Macri– Lucione fue junto con Calviño responsable del fallido operativo el día del partido contra River que culminó con el escándalo del gas pimienta.

Lucione mantuvo ese trabajo hasta febrero. A partir de entonces –pese a su procesamiento por enriquecimiento ilícito– consiguió un cargo de asesor en el Ministerio de Justicia y Seguridad porteño. Y recomendado nada menos que por el hoy encarcelado Calviño.

¿Tal vez sea Lucione el nuevo jefe de la Policía de la Ciudad? Nada es imposible en el país de los globos amarillos.

@Ragendorfer

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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