Editoriales en terapia intensiva

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Según la Cámara Argentina del Libro (CAL), las ventas de libros se desplomaron casi un 50 por ciento en el período 2015–2018. Se editaron 18 millones de ejemplares menos que hace 2 años. A la vez, hubo una apertura indiscriminada de las importaciones de libros. Las editoriales pequeñas y medianas buscan como reinventarse mientras luchan por sobrevivir.

La producción del libro en Argentina está en caída libre. En los últimos tiempos, en efecto, se ha convertido en un objeto de lujo: la estrepitosa caída del salario lo está transformado en un bien exclusivo, casi de elite. Pero no es sólo el libro en formato papel el único afectado. Es la cadena que se activa para que un texto se edite, se imprima, circule, se distribuya y se venda la que vive un estado de terapia intensiva. Una red compuesta por escritores, libreros, editores, distribuidores, traductores, ilustradores, diagramadores, periodistas culturales, imprenteros.

No hay ninguna voz, desde las grandes empresas a las medianas y pequeñas editoriales autogestionadas, que desconozca un cierre de año tan crítico como alarmante. El campo de la industria editorial en la Argentina se acelera por la crisis económica, la devaluación, la inflación y la recesión del mercado pero, también, por ausencia de políticas estatales. Desde que asumió el gobierno de Mauricio Macri se han recortado drásticamente subsidios, compras y programas que fomentaban la lectura, la promoción y la circulación de los libros. Y como si esto fuera poco, además, el Estado suma dificultades para el sector: se aplicaron retenciones del 12 por ciento a la exportación de los libros.

Para Néstor González, de la editorial Las Cuarenta –especializada en un catálogo de filosofía y estética-, la industria del libro vive un momento de franca desesperación.  “La crisis editorial viene de la mano de la crisis de la industria gráfica, que sufre en carne propia el mayor impacto. Y se manifiesta en distintos planos. Antes convenía imprimir en China o en España por los costos más baratos, ahora eso se hizo imposible. Por otro lado, estos meses vimos como las gráficas despedían gente, cerraban o se achicaban, porque no pueden sostenerse en el mercado, y aparte no tienen la actualización tecnológica adecuada”, dice, en diálogo con Nuestras Voces.

Algunos números son elocuentes. Según la Cámara Argentina del Libro (CAL), las ventas se desplomaron casi un 50 por ciento en el período 2015–2018 y se editaron 18 millones de ejemplares menos que hace 2 años. A la vez, en los últimos tiempos, se dio una apertura indiscriminada de las importaciones de libros en el mercado interno. El consumo, además, cayó en picada: basta recorrer librerías céntricas para ver cómo los visitantes no pasan de las mesas de saldos y las ofertas. Leonora Djament, de Eterna Cadencia, hace una rápida reflexión: como el libro no constituye un bien de primera necesidad, en un contexto recesivo es lógico pensar que “cae más y más rápidamente”.

Los costos se volvieron imposibles para aquellos que tienen una economía de guerra. En materia de insumos y materias primas, el papel subió un 75 por ciento desde febrero y la cartulina un 163 por ciento más. Y así en cada ítem de la cadena de producción. Por otro lado, las distribuidoras se ven afectadas porque venden en pesos pero pagan en euros o dólares. Las deudas han crecido olímpicamente.

La poesía se tiñó de verde

Se estima que en los últimos meses los precios de los libros nacionales aumentaron entre un 15 y un 25 por ciento.  Las editoriales independientes han reducido en más de un 30 por ciento la cantidad de títulos nuevos.  “El poder adquisitivo de los compradores de libros y el incremento en los costos de producción de los libros redujeron drásticamente la cantidad de libros impresos. La merma de producción es total y el mercado interno está en vías de extinción. El problema principal está entre la industria gráfica y los libreros. Las librerías empezaron a cerrar o son atendidas por sus dueños”, explica González, aunque establece otra reflexión sobre la realidad de las medianas y pequeñas editoriales.

 “Hay cerca de 400 editoriales independientes que son unipersonales o de pocas personas –continúa-, entonces como en su mayoría no tienen un alquiler que pagar o empleados que sostener, se las rebuscan mejor pero no por eso les está yendo bien. No nos queda otra que tomar las riendas de todo el proceso, desde la corrección, el diseño y la edición hasta la distribución. Hay que patear mucho más la calle. Vivimos en un estado de feria permanente, como hace poco pasó en la feria EDITA donde buscamos tener acceso al mano mano con el lector y conseguir una ganancia directa. Pero es cierto también que con esto perjudicamos a los libreros. Todo es difícil”.

Matías Reck es uno de los responsables de Milena Caserola, editorial autogestiva que nació al calor de la crisis del 2001 con experiencias como la Feria del Libro Independiente (FLIA). “Nosotros somos editoriales independientes que vivimos de los circuitos alternativos y existimos por fuera del mercado, entonces los números de la CAL no nos representan demasiado”, dice, como primera reflexión.

Coincide con Nestór González en un punto: que los editores salgan a promocionar sus libros en las ferias es algo que afecta directamente a las librerías. “El editor no es un rockstar, es uno más en la cadena. Está bien que se labure con los autores de otra forma, que se busquen tiradas cortas y cuidadas, pero no nos podemos quejar tanto de la crisis. La crisis la están viviendo las librerías y las imprentas. Los libros no son cajas de manzana, son bienes culturales que transportan educación, información, sentires y pensamientos. Nunca nos van a redituar económicamente. El libro puede incluso no imprimirse y circular gratuitamente en formato digital, ése no es el tema. Los movimientos desmienten la crisis. Por ejemplo, el feminismo es capaz de llenar una plaza y ese día un tercio de las mujeres compran libros, llenan sus bibliotecas de pensamientos. El libro sigue siendo un arma de transformación. ¿Qué es lo vigente, qué es lo que moviliza, qué es lo que cambia?”, se pregunta.

La crisis acorrala a la industria editorial

Los desafíos son complejos para las editoriales pequeñas. Reck cree en refundar las experiencias colectivas, en activar la memoria de la experiencia acumulada desde el 2001. “La cadena hoy está afectada en los ilustradores, diagramadores, distribuidores. Ahí es donde hay que pensar en conjunto. Somos editores pero además nos interesan otras cosas, no podemos ser endogámicos. Quizás haya que hacer tiradas más grandes, bajar los costos y aumentar los lectores. El chip de la crisis es un estado de ánimo, es claro que nos aumenta el bondi, el gas, la luz y los sueldos están estancados. El tema es cómo nos pensamos socialmente. A nosotros no nos da miedo el truque, cambiar libros por yerba o por un asado”.

Para Néstor González, de la editorial Las Cuarenta, otra opción posible es construir un mapa de traducciones y trabajar con el libro a nivel exportación. “El Estado cortó todo tipo de ayuda y de apoyo, como los programas del Ministerio de Educación o las compras de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP). Hay un retroceso gigante. Y ni personalmente ni sectorialmente quiero que nos vean como emprendedores neoliberales. Nuestras editoriales tienen una idea, una particularidad de catálogo, no aceptaría jamás un subsidio o una beca o una feria de este gobierno. El macrismo destruye la industria del libro por todos lados. No podemos seguir viviendo así, pero nos quedan los vínculos solidarios, no buscar el sálvese quien puede y no hacer negocios con los compañeros sino pelear por una distribución colectiva, crear redes en ferias con nuestros catálogos”.

A la hora de pensar estrategias alternativas, Marilina Winik, de Hekht -una plataforma editorial “posfeminista”-, también piensa en priorizar el trabajo común por encima de la idea del emprendedurismo. “La crisis que impacta en el mundo editorial es la de este modelo económico, nosotros no vivimos aislados. En estos momentos es donde hay que afianzar  los proyectos políticos con nuestras ideas autonómicas. Una estrategia interesante es hacer alianzas con espacios que son de otras disciplinas. Hace poco fundamos una asociación civil e hicimos una cumbre alternativa al G-20 pensada desde el arte y la cultura”, ejemplifica.

De acuerdo a Winik, una crisis económica nunca debería imposibilitar la energía del pensamiento crítico y la acción colectiva. “El otro día en una radio me preguntaban por qué había tan pocas editoras. Y en realidad mujeres editoras somos un montón, sólo hay que saberlas buscar. Es decir: todo es según el ángulo desde donde se mire y cómo se elija trabajar. Hoy estamos pensando tantas ideas desde nuestra editorial pero no sólo en publicar nuevos textos sino en amplificar acciones colectivas en lo social que la crisis no nos paraliza. Al contrario, nos hace accionar  Desde siempre lidiamos con dificultades, es algo lamentablemente normal en nuestro país. La única salida es construir comunitariamente bajo paradigmas anticapitalistas”.

En La Plata, Agustín Arzac es parte del colectivo Malisia y de la editorial Estructura Mental a las Estrellas (EME), una red compuesta de escritores, escritoras, editores, editoras y que también tiene una librería. Dice que en los últimos meses los títulos se posponen y cada vez se publica menos. Pone un ejemplo ilustrativo de la recesión: al imprimirse menos ejemplares por título, esto hace que el costo de cada libro sea más elevado. Y reponer un ejemplar vendido es carísimo: volver a imprimirlo cuesta más que el dinero que regresa luego de los descuentos del circuito, integrado por librerías y distribuidoras.

Arzac también apunta al plano político. De cómo lo ideológico está íntimamente ligado con lo económico. “Las restricciones materiales llevan a políticas editoriales más conservadoras. Se elige publicar con el menor riesgo posible y esto da como resultado que se publiquen menos autores nóveles, obras no demasiado extensas, géneros buscados en el mercado. Desde ya, atenta contra la diversidad concepto del que tanto se ufanó el ahora devenido Secretario de Cultura, Pablo Avelluto”.

El editor y librero platense acuerda con que las ferias, las redes colectivas y los circuitos alternativos son casi las únicas posibilidades de supervivencia para las editoriales autogestivas.  “Hoy la ganancia de las editoriales se ve reducida a un 30% con respecto a los números de 2015. En el caso de nuestra editorial, EME, antes un libro nos dejaba un margen de ganancia de tres dólares y hoy apenas uno –comenta Arzac-. Y esto es resultado de que los costos de impresión han subido tanto, que si trasladáramos ese aumento al lector, deberíamos vender los libros a $800 o $900. Entonces, las editoriales están absorbiendo la mayor parte de la inflación. El gobierno está aniquilando a la industria del libro porque no está ejecutando ninguna política pública dirigida al sector. Al contrario, favorece mediante leyes la concentración: de papel prensa, de cadenas de librerías, de grandes sellos que terminan comprando catálogos de editoriales fundidas”.

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Juan Manuel Mannarino

Juan Manuel Mannarino

Periodista. Colabora en este portal, en la revista digital Anfibia y el sitio Cosecha Roja. Es docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y escribe obras de teatro.

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