Gómez Centurión, ¿héroe o villano?

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El director de la Aduana fue echado por Macri con una denuncia endeble y anónima, que el Gobierno dio por válida luego de que desarticulara una red de contrabando vinculada a dirigentes de Boca. Stiuso, amigo de los empresarios denunciados cercano a la nueva conducción de la AFI, está nuevamente en acción.

El primer signo de su sorpresiva debacle fue una llamada telefónica en la ruta, cuando regresaba en su automóvil desde Corrientes. Entonces, oyó desde el otro lado de la línea la misma voz que días antes se había deshecho en elogios hacia él, durante su presentación de una denuncia contra 55 empresas por presuntos delitos de “evasión tributaria y contrabando”. Ahora, la voz del jefe de la AFIP, Alberto Abad, poseía otro matiz. Al director general de Aduanas, Juan José Gómez Centurión –funcionario de segunda línea, perfil alto y llegada directa al Presidente–, le bastó una frase escueta para palidecer; las palabras cayeron con el peso de una roca gigantesca en el océano. Le llevó algunos minutos asimilar su flamante condición de ex funcionario. Pero esa no fue su única desdicha del día. Era la tarde del 19 de agosto.

Ya se sabe que –en paralelo– la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, lo denunciaba penalmente por supuestos actos de corrupción, en base a un sobre entregado de modo anónimo con informaciones aún no reveladas a la prensa y audios de dudosa factura. Ella obraba con expreso aval del Presidente Mauricio Macri, quizás entusiasmado con la idea de exhibir a la opinión pública una manzana podrida de su propio árbol antes de que el asunto le llegara al periodismo, quizás desechando una manzana que resultaba un estorbo sobre su mesa.

¿Es posible que en ese momento la máxima autoridad del país se haya visto envuelto en una operación de inteligencia?

La salida de Gómez Centurión del Gobierno dejó una línea de puntos que pasa por dirigentes de Boca vinculados al contrabando sistemático en la Aduana, incluye también nuevos manejos oscuros en la AFI, y llega hasta el repatriado espía Jaime Stiuso, con intereses oscuros en la Aduana y funcionales al Gobierno en la causa por la muerte del fiscal Alberto Nisman.

Una duda razonable: ¿acaso La Piba –tal como sus allegados todavía llaman a la ya sexagenaria ministra– era parte de la maniobra o –como suele pasarle con notable frecuencia– apenas una actriz involuntaria?

Guerra secreta

Así fue el inicio la seguidilla fáctica que dejó al descubierto una guerra secreta en el subsuelo del poder. Su botín: el control de la Dirección General de Aduanas, una de las cajas más apetecibles del Estado y puerta de entrada -legal e ilegal- de mercaderías de todo tipo. Un nido de avispas que incluye operadores cercanos al mismísimo Mauricio Macri, funcionarios de primera línea, oscuros empresarios, contrabandistas de toda laya, espías a granel -algunos convertidos en empresarios- y por allí hasta rondan las agencias de seguridad norteamericanas, como la ascendente DEA.

Lo cierto es que los espías son tantos –y con lealtades tan variadas– que el caso puso en foco otro conflicto: la vidriosa autonomía de la corporación que anida en la ahora llamada Agencia Federal de Inteligencia (AFI) frente a sus autoridades políticas de turno. Un problemita que ya salpica a los nuevos ocupantes de la Casa Rosada.

Mientras tanto, Gómez Centurión salió a defender su buen nombre y honor como un tigre herido: en la semana fatigó estudios televisivos como si fuera el capitán Dreyfus, aquel oficial del ejército francés que a fines del siglo XIX fue encarcelado por una falsa acusación en medio de una fina trama de espionaje. “Voy a volver”, sentenció en la mesa de Mirtha Legrand. Al parecer, ese papel le sienta bien al ex jefe aduanero, un ex carapintada que participó de los dos alzamientos contra Raúl Alfonsín y fue condecorado como héroe de Malvinas, donde tenía el grado de mayor y tropa a cargo. En la década pasada supo cautivar a Macri, para así convertirse, desde la Agencia Gubernamental de Control porteña, en un lobo solitario del PRO –reportaba sin intermediarios a Mauricio– y con una exagerada fama de talibán del “honestismo”. Ambas características le depararon, en dosis equilibradas, simpatías, suspicacias y enemigos. Desde esa agencia cerró la mayoría de los prostíbulos porteños, enfrentándose duramente con la Federal (que entonces respondía al Gobierno K), pero también fue salpicado por el incendio de Iron Mountain y algunos casos de contrataciones de personal dudosas.

El regreso Cuqui

Por otra parte, este affaire también propició la resurrección mediática de un personaje injustamente olvidado: el empresario Oldemar Barrero Laborda (a) “Cuqui”. Se trata de un viejo pájaro de cuentas con una trayectoria, por cierto, zigzagueante. De integrar una banda de robacoches, pasó a ser dueño de la recuperadora de vehículos Lo Jack; de encausado por estafa al banco Boston en 70 millones de dólares, consiguió representar a Maradona, mientras afinaba provechosas relaciones personales y económicas con el entonces presidente Carlos Menem y el gobernador Eduardo Duhalde. Ello no le impidió acumular decenas de causas por otras tantas trapisondas hasta que, ya en los umbrales del nuevo siglo, se esfumó de los sitios que solía frecuentar. Desde entonces, nada se supo de él.

Y ahora, de pronto, apareció atado al destino de Gómez Centurión.

De hecho, suya es la voz del “intermediario” que habla en los audios –supuestamente apócrifos– llevados a la Justicia para articular un impreciso expediente sobre presuntos delitos de “evasión tributaria y contrabando”. Sin embargo, más allá de esas grabaciones ilegales, resulta algo difícil explicar el lazo que une al prestigioso militar con un sujeto de semejante calaña.

Al respecto, Gómez Centurión no dudó en esgrimir:

–El señor Barreiro Laborda solo es mi “informante”.

Y los dos, por separado pero al unísono, apuntaron hacia las entrañas de la AFI. “La cama la hizo (Silvia) Majdalani”, dijo el veterano ladrón de autos; se refería nada menos que a la segunda jefa de dicho organismo. Y las palabras del héroe de Malvinas fueron: “Son sectores de la ex SIDE que responde al señor (Antonio) Stiuso”. El caso había tomado color indeseado aún para sus probables constructores.

Stiuso y Majdalani, afines

En los pasillos de la realpolitik no es desconocida la afinidad entre la señora Majdalani y Stiuso. Una afinidad que se remonta a los días en que ella presidía la Comisión de Inteligencia de Cámara Baja, mientras él estaba al mando de la Dirección de Operaciones de la central de espías. Pero nada tuvo éste que ver en la llegada de la ex diputada del PRO a la subjefatura de la AFI, dado que su designación fue impulsada por dos íntimos de Macri: los empresarios Nicolás Caputo y Daniel Angelici. Sin embargo el regreso de Stiuso al ruedo, sobre todo en relación a la causa Nisman, los encuentra “trabajando” juntos.

Dicho sea de paso, el presidente de Boca mantiene un añejo encono con Gómez Centurión. El más reciente cortocircuito entre ellos fue la intempestiva desafección de un funcionario aduanero, Jorge Pinto, asignado al control de equipajes en la terminal aérea de Ezeiza, quien allí solía facilitarle los trámites al plantel xeneize en sus giras internacionales. En tal contexto, la subdirectora Majdalani envió a un emisario –el ex fiscal Eduardo Margaya, asimilado a la AFI por ella– para interceder ante Gómez Centurión por el desplazado. Fue en vano. Y puesto que este agente intervino en la negociación con el célebre Ibar Pérez Corradi para venir al país a declarar contra ex funcionarios kirchneristas –una iniciativa que sólo terminó enlodando al aliado radical de Cambiemos, Ernesto Sanz, por una presunta coima–, Gómez Centurión no se saca de la cabeza que su guerra declarada al tráfico de efedrina no sería ajena a su actual desgracia. Aunque, desde luego, también contempla otros posibles motivos.

El más picante: su decisión de clausurar la Terminal Carga Tigre (TCT), el depósito fiscal donde se abrían cientos de contenedores traídos de Hong Kong con mercadería de contrabando. La drástica medida se efectivizó a fines de mayo, ante el estupor de su titular, Horacio “Cholo” Palmieri, un directivo de Boca. Uno de sus socios era un tal Damián Sierra.

Éste había muerto días antes por una dolencia terminal. Y el 12 de mayo fue velado en una funeraria de Avellaneda. En aquellas circunstancias, un hombre lloraba desconsoladamente junto al féretro. No era otro que Stiuso.

De hecho, su malogrado amigo había adquirido cierta notoriedad pública el 12 de febrero de 2015, cuando lo sacó del país en su lujosa camioneta Grand Cherokee, tras su primera declaración por la muerte del fiscal Alberto Nisman. Para entonces, su ruptura con el gobierno de CFK era ya irreversible.

En esos días, el jefe de la recién creada AFI, Oscar Parrilli, eyectó a Stiuso del organismo y le hizo una denuncia penal –que también incluyó al agente Nicolás Mercado y al delegado de Inteligencia en Ezeiza, Alejandro Patrizio, entre otros espías– por la importación fraudulenta de 100 toneladas de equipos para la ex SIDE, que en realidad era material quirúrgico y juegos electrónicos.

Lo paradojal fue que, 15 meses después, la clausura de TCT dispuesta por Gómez Centurión hizo resucitar esa denuncia y luego se precipitó su salida del Gobierno. Dejando un laberinto detrás suyo al que Macri deberá buscarle una salida.

 

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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