La policía sublevada de Larreta

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El gran sueño de Horacio Rodríguez Larreta era construir una fuerza a imagen y semejanza del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) pero las cosas no salieron como esperaba. En 2017 creó la Policía de la Ciudad fruto de la cruza entre la Policía Metropolitana y la Federal. Desde entonces, esta milicia arrastra un conflicto fundacional con las autoridades políticas de las que depende. El último episodio dramático, que casi no tuvo repercusiones en la prensa, fue la toma por asalto de un sector del Ministerio de Seguridad porteño por 120 ex federales muy contrariados por su asimilación a la Ciudad.

El miércoles 24 de octubre, durante la protesta por la ley de Presupuesto que se debatía en la Cámara de Diputados, la “División Dramaturgia” de la Policía de la Ciudad incurrió otra vez en la utilización de agentes encapuchados para propiciar con vandálicos incidentes una cacería de manifestantes. El asunto no sorprendió, ya que desde el 8 de marzo de 2017, cuando aquella técnica fue estrenada sobre las mujeres que se desconcentraban de la marcha del colectivo Ni una Menos, la mazorca de Horacio Rodríguez Larreta no dudó en repetirla con notable recurrencia. De hecho, una de sus especialidades es la conversión de movilizaciones pacíficas en disturbios callejeros. Porque esta milicia –fruto de la cruza entre la Policía Metropolitana y la Federal– es ante todo una fuerza de choque. Y además, la celadora local del espacio público.

En ese aspecto cabe resaltar la realización de “controles poblacionales”, así como se denominan las razzias en barrios pobres; las constantes vejaciones a niños indigentes que circulan en lugares vedados para ellos por las leyes no escritas del apartheid; el arresto de adultos jóvenes por razones lombrosianas; el despojo de mercaderías a manteros y el hostigamiento a inmigrantes, entre otras variadas delicias. Una dialéctica de la seguridad como valor supremo que el macrismo impuso en la vida cotidiana con siniestra eficacia.

Pero pese a tan delicada responsabilidad, este cuerpo policíaco arrastra un conflicto fundacional con las autoridades políticas de la cual depende. Y su dinámica es rehén del malabarismo administrativo causado por el ejercicio continuo de la improvisación. Dos problemas de imprevisibles consecuencias.

El detenido jefe fantasma de la Policía de la Ciudad

El pecado original

Recientemente hubo un vidrioso episodio no debidamente considerado por la prensa: la toma por asalto, durante la noche del 18 de octubre, de un sector del Ministerio de Seguridad porteño –situado en Avenida de los Patricios al 1000– por unos 120 ex federales muy contrariados por su asimilación a la Policía de la Ciudad. Nótese que expresaron tal pesadumbre con armas de grueso calibre.

Al mismo tiempo, la capacidad operativa de la fuerza capitalina ahora naufraga en un mar de desdichas burocráticas. Y por una aplicación anómala del tan elogiado Plan Integral de Seguridad, una rimbombante orden de batalla contra el delito que, entre sus novedades, incluía la reorganización del sistema de comisarías. Lo cierto es que aquella meta fue exitosa a medias: se cumplió en el plazo previsto el desmantelamiento de las viejas sedes policiales, aunque –en muchos casos– sin que ya estuvieran listos los inmuebles de reemplazo. A tal apresuramiento se le sumaron otras disonancias; entre las más incómodas, la confusión jurisdiccional que impera en su cadena de mandos.

Para comprender el actual derrape de lo que fue el desafío más intrépido del macrismo en materia policial es necesario regresar a la primavera de 2016. En aquella época hubo al respecto dos escenas más que simbólicas.

Una transcurría durante la mañana del 5 de octubre en el enorme playón del Instituto Superior de Seguridad Pública, de Villa Lugano. Allí tenía lugar la presentación para el periodismo de la Policía de la Ciudad (tres meses antes de entrar en funciones). Y Rodríguez Larreta sonreía de oreja a oreja. Aquel evento, cuyo plato fuerte fue una muestra vehicular de la flamante fuerza, se malogró al descubrirse que la estrella de esa flota, un espectacular helicóptero, era en realidad una unidad del SAME ploteada a las apuradas para la ocasión. Un percance protocolar en medio de un clima tenso.

Eso remite a la otra escena, ocurrida tres días antes en el mismo playón. Allí fue abucheado por 600 agentes el comisario mayor Guillermo Calviño –al mando de los 19 mil federales absorbidos por la Ciudad– durante la entrega de diplomas a egresados del curso anual de capacitación. La razón del “rechifle”, que no escatimó insultos ni medallas lanzadas hacia el azorado jefe, era la resistencia de la tropa a quedar atada a la policía porteña.

Otros actos de rebeldía –ocurridos ya en el transcurso del año siguiente– tuvieron por blanco al propio ministro de Seguridad, Martín Ocampo, como el estallido de un petardo que pulverizó su retrato oficial en la sala de guardia de la comisaría 54ª (cuya filmación fue furor en las redes sociales) Y después, su bochornosa reunión con más de 100 policías en el Parque Sarmiento (también viralizada en las redes) de la que tuvo que huir ante los reclamos por falta de chalecos antibala y equipos de comunicación.

En el plano administrativo los desvelos del personal eran variados, dado que no había ninguna precisión sobre el destino de su caja jubilatoria. A la vez temían por la suerte de la obra social. Les preocupaba la abolición de las horas extras. Y ni hablar del asco que les causaba los nuevos uniformes. Otro frente de tormenta tuvo que ver con el destino de los negocios ilegales. Porque ellos no estaban dispuestos a resignar sus fuentes espurias de ingresos. Tampoco se mostraban dispuestos a compartirlos con sus nuevos camaradas provenientes de la Metropolitana.

El paso del tiempo no atenuó los múltiples motivos del malestar. Tanto es así que el 26 de marzo pasado una columna de 200 ex federales desfilaron desde Plaza de Mayo hacia la Legislatura para expresar ante la opinión pública su disconformidad por el traspaso.

Ahora, a casi dos años de la fusión, tal escenario es aún más explosivo. Lo acaba de probar con creces la toma ministerial.

El grupo de intrusos, con sus reglamentarias empuñadas, mantuvieron por horas el control del edificio pese al cerco tendido en torno a ellos por otros policías también armados hasta los dientes.

“Queremos volver a nuestra fuerza de origen”, dijo a AM750 Ricardo Braustein, un cabo primero de la Federal que pasó a desempeñarse en la fuerza de Rodríguez Larreta. “Nos dicen que estamos mejor y que tenemos sueldos dignos. Esto es negativo. Estamos trabajando más horas por la misma plata”, sostuvo el suboficial.

Los amotinados denunciaron recortes salariales. Y que desde 2017 los efectivos “fueron perdiendo todo derecho sobre la asistencia médica y seguro de vida”. Todo eso –según palabras de Braustein– por una decisión “ilegal, arbitraria y anticonstitucional del Gobierno de la Ciudad”.

El maldito jefe de policía de Larreta

Sin techo ni cabeza

Todo indica que el gran sueño de Rodríguez Larreta era construir una fuerza a imagen y semejanza del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) con los medios y recursos heredados de la Policía Federal. De manera que el Plan Integral de Seguridad implementado en julio contempla la reducción de sus 54 seccionales en 15 sedes comunales y 28 vecinales, con el concepto operativo de los “precintos” norteamericanos. En consecuencia, habrá un “comisionado” por comuna. Y aquello significa una suerte de “ajuste” del mando, ya que las jefaturas territoriales de la seguridad metropolitana quedarán reducidas en casi un tercio de sus caciques originales. Ya se sabe que la concentración de poder no es en este ámbito una buena consejera.

Pero eso en sí mismo no es lo más grave. Por el contrario, únicamente la naturaleza efectista de la realpolitik pudo invertir la lógica de prioridades del Gobierno porteño. Y al punto de haber lanzado tal organigrama a la práctica sin garantizar la infraestructura edilicia de la nueva policía. O sea, el grueso de los “precintos” aún no está construido. Pero, entusiasta en exceso, Rodríguez Larreta acaba de inaugurar una cabina tecnológica para hacer denuncias por  videoconferencia. Y dijo que tal sistema estará disponible en todas las sedes policiales porteñas. Sólo que éstas todavía no existen; mientras tanto, en las antiguas comisarías aún en pie (porque muchas fueron cerradas) ni siquiera toman denuncias por escrito. Una paradoja macrista.

Para tales edificaciones el gobierno porteño dispone de un presupuesto que araña los mil quinientos millones de pesos (300 millones más de lo que tiene para la construcción de escuelas). Pero las estimaciones más optimistas señalan que la readecuación estructural de la Policía de la Ciudad podrá tener sus primeros frutos inmobiliarios en 2020 y recién se completaría en 2023.

Claro que tal situación también está atada a su precariedad institucional. Porque se trata de una agencia policial condenada a una acefalia perpetua, a raíz de una fatalidad matizada por dos desgracias iniciáticas: los arrestos –por extorsión a comerciantes y trapitos– del primer cabecilla de dicha milicia, José Potocar, y de su reemplazante en la sombra, el ya mencionado Calviño. A lo que se suma la reciente renuncia –por razones nunca aclaradas– de su último titular, Carlos Kevorkian. En cada una de esas transiciones la policía porteña supo quedar en manos del secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, un abogado sin ninguna experiencia en el ramo.

En tanto, el alcalde aún sonríe de oreja a oreja.

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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