La sombra de «Dolarín» Guastini, un financista narco y delator

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Los allanamientos de Gendarmería que paralizaron la city porteña trajeron de nuevo a escena a un oscuro personaje: Diego Dolarín Xavier Guastini. Lavador de bandas narco, entregador de información a policías y servicios. Señaló a grandes clanes y lo pagó con su vida. Hace un año un sicario lo asesinó de tres tiros en una avenida de Quilmes. La lista de enemigos era tan extensa como la protección que supo tener. Y las consecuencias de sus traiciones siguen en varias causas judiciales. El vínculo con Nisman.

Hace unos días grupos de Gendarmería irrumpieron en la city porteña e hicieron decenas de allanamientos en financieras y locales comerciales. Una investigación había seguido durante dos años los movimientos de un narco peruano con varias causas por tráfico acá y en su país, y que era el dueño de una ruta que ponía en Europa grandes envíos de cocaína: Carlos Atachahua Espinoza.

Por la magnitud de los negocios de la banda y la cantidad de inmuebles que tenían, el caso estuvo más de una semana en los medios. Casi que de ellos no hay nada más por decir, hasta que la instrucción sume alguna nueva prueba. Pero si se revisa el expediente, en el comienzo de la causa, aparece un personaje oscuro y sinuoso del que sí vale la pena contar. Se trata de un financista que supo acompañar a los narcos ahora detenidos y que hace un tiempo fue quien los delató. Le entregaba información a la Policía, a los servicios, lavaba dinero y hasta estuvo vinculado con giros a la cuenta de  Alberto Nisman: Diego Xavier Guastini, alias Dolarín, a quien lo bautizaron así por su facilidad para mover grandes cantidades de la moneda estadounidense. 

Cinco días antes de que terminara el 2013, unos narcos colombianos llamaron por teléfono a Guastini con una urgencia. Tenían que cambiar un millón de euros para hacer una compra de cocaína, pero no querían pesos sino dólares, una suma muy difícil de conseguir para cualquier institución incluso en el mercado legal. A esto había que sumarle que el pedido fue unas horas después de que cerrara todo en el microcentro. Guastini hizo lo que se esperaba de él. Entregó los dólares y los colombianos se fueron contentos. Cuando salieron, sentados en el recibidor, había dos hombres en los que no repararon. Luego de que se fueran los narcos, Guastini hizo pasar a los que estaban en los sillones: dos agentes de la Policía de Quilmes a los que les entregaba información. Les dijo que la operación se iba a hacer en una quinta de Moreno. Así, el 28 de diciembre de 2013, los bonaerenses secuestraban más de media tonelada de cocaína en el operativo «Leones Blancos», un mítico caso del que sacó chapa hasta Daniel Scioli, el entonces gobernador provincial. 

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La operación parecía un éxito hasta que en 2016 un tribunal anuló el proceso por la cantidad de irregularidades detectadas y mandó a investigar a policías y fiscales. Esa nueva investigación le cayó al fiscal federal de San Isidro Fernando Domínguez. Después de semanas de trabajo, Domínguez descubrió que “Leones Blancos” estaba vinculado a casos de causas armadas y que el envío original era de 1200 kilos. Con lo cual, los que dirigieron el operativo son sospechados de quedarse con la mitad y de dibujar el acta del secuestro. Según Domínguez, Guastini, haciendo valer sus contactos en el puerto, colaboró con sacarlos del país y traer el dinero por el envío. Por ese faltante se investiga el accionar de una banda judicial-policial supuestamente liderada por el suspendido fiscal de San Isidro Claudio Scapolán.

Esa cocaína pertenecía al clan salteño de los hermanos Loza, grandes clientes de Guastini. Ellos llevaban la cocaína a Europa y Guastini se encargaba, con un grupo de mulas, de traer el pago en bolsos y meterlos en el circuito legal. Lo que no sabían los Loza era que su propio lavador los había entregado. Se enterarían tiempo después. 

Entre 2003 y 2008, Guastini comenzó a trabajar con el grupo de Atachagua, el detenido en los operativos de la city. El peruano y su mujer armaron cuatro empresas. Compraron decenas de enormes cocheras y para todo ese entramado de blanqueo necesitaron a un contador habitado a las grandes sumas. En sus primeros negocios con Atachagua, Guastini puso a su propia madre como testaferro pero luego apareció como presidente de otras empresas del narco. 

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Como hizo con el clan Loza, después de casi una década, le dio datos a la Policía sobre los envíos de cocaína de los peruanos. De esa manera su negocio de lavado seguía adelante, pero comenzaba a investigarse el de su cliente. Creyó que esa colaboración podría sacarlo de radar pero sus movimientos de dinero eran a tan gran escala que igual tuvo problemas con la Justicia y debió entregar detalles más importantes. En la figura de arrepentido, colaboró con información que sirvió para golpear fuerte a los Loza y al grupo de Atachagua.

La lógica polirrubro de Guastini crecía. En sus oficinas de la calle Florida se movían centenas de miles de dólares del narcotráfico, luego vendía esa información para que se hicieran los allanamientos y, cuando los policías se quedaban con una parte, él participaba también en las ventas de esa mercancía. 

En este exceso de operaciones múltiples, Guastini aparece vinculado a la desaparición de varios de sus conocidos. El caso más cercano es el de su socio, Hugo Díaz, que un día desapareció sin dejar rastro y del que la Justicia nunca pudo establecer qué le había pasado. La última vez que se lo vio fue en la oficina de Guastini, cuando estaba recolectando dinero para hacer un pago que le urgía. Algunos recordarán a Díaz porque estuvo vinculado a la muerte del fiscal Nisman. Hacía negocios con el financista Damián Stefanini, que le transfirió los 150.000 dólares al ex titular de la UFI-AMIA. Por si faltaran personajes en esta historia, Guastini y Díaz eran socios de Luciano Viale, hijo de Pedro «Lauchón» Viale, un espía de confianza de Jaime Stiusso, asesinado en un operativo antinarco por el Grupo Halcón.

En septiembre del año pasado, en una causa contra él por traer tres millones de dólares al país con jóvenes mulas, a Guastini le dieron tres años de prisión en suspenso. Se había relajado, confiado en sus contactos, pidió que le sacaran la custodia del programa de testigos protegidos. Hace casi un año, el 29 de octubre de 2019, un sicario le cruzó su Audi A4 y lo asesinó de tres balazos en una avenida de Quilmes. Los policías que llegaron al lugar, de manera llamativa, apagaron los celulares de Guastini y la mochila que él llevaba nunca apareció. No se supo quién lo mandó a matar, pero la lista de traicionados es muy larga. De esa manera se terminó la historia de sospechas, certezas y traiciones de uno de los financistas mejor relacionados y más salpicados de la Argentina. 

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