Las vidas que se llevó la masacre de Bullrich y Vidal

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Lo que ocurrió el domingo 18 de mayo en San Miguel del Monte no fue una tragedia ni un accidente. Fue consecuencia de la política de mano dura y del aval de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich para que la policía dispare a su gusto. Y no es la primera vez que ocurre en la provincia que conduce María Eugenia Vidal. Esta vez, murieron un joven de 22 años y tres adolescentes de entre 13 y 14. Según la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) las fuerzas de seguridad del gobierno de Mauricio Macri matan a una persona cada 22 horas. La única sobreviviente de la masacre policial pelea por su vida en un hospital de La Plata. Sus madres, amigos y familiares reconstruyen qué pasó ese día y quiénes eran las víctimas del asesinato.

Fotos: Joaquín Salguero

 Hasta hace una semana, San Miguel del Monte era una ciudad tranquila. A la hora de la siesta no volaba ni una mosca. Dejar la puerta sin llave era algo habitual. Se podía ir al banco o al súper en bici y estacionarla en la vereda sin candado. Un pueblo sin transporte público, en el que está todo cerca y se llega a cualquier lado caminando. La plaza y la laguna eran los lugares de encuentro de los adolescentes del pueblo. Rapear con los amigos, andar en skate. A las dos o tres de la mañana era comun cruzarse con grupos de pibes que andaban por la calle sin problemas. Pero el domingo 18 de mayo todo cambió.

Yanina, la mamá de Camila López, estaba durmiendo cuando a las tres de la mañana la llamó su amiga Loana, madre de Rocío Guagliarello. Le preguntó por las chicas. “Están acá durmiendo, boluda”, le respondió. Igual, saltó de la cama. Cuando vio que no estaban casi se muere. Unas horas antes, se había ido a acostar, cansada del trabajo de todo el día. Cenó con sus hijos. Camila le había pedido autorización para que Rocío se quedara a dormir en la casa. Llegó después de la comida. Mientras conciliaba el sueño escuchó las risas de las amigas que estaban en la cocina. Se durmió tranquila porque las dos estaban en la casa. Por eso cuando la mamá de Rocío llamó, estaba convencida de que estaban ahí. Nunca escuchó el ruido de la puerta.

Yanina Zarzoso y Loana son amigas desde la secundaria. Estuvieron embarazadas casi al mismo tiempo. Rocío nació en junio y Camila un mes después. Su relación corrió por los mismos caminos que la de sus madres. Camila fue hasta el año pasado al Instituto Agropecuario de Monte. Pero querían estar juntas más tiempo y la cambiaron a la Secundaria 1, o “la normal”, como la llaman todos ahí. “Con Loana vivíamos renegando por estas muchachitas. Todo el día en la calle. Iban a la plaza a escuchar rapear, iban a la laguna, iban a la casa de unos amigos, iban a tomar mates, se juntaban a comer. Eso en un pueblo donde todos estábamos tranquilos que no iba a pasar nada”, contó a Nuestras Voces Yanina.

“No le gustaba mucho la escuela. Vivíamos luchando por eso. La veníamos remando para que se ponga las pilas. Este año, cuando la cambiamos, al principio le costó adaptarse, pero en este último tiempo venía más contenta. Me mandaba mensajes: mami, me saqué un siete. Y un siete de Camila era la gloria. Festejábamos eso, estábamos estudiando juntas”, contó. Florencia Abeledo, es amiga de Yanina. Hacía pocas semanas se juntaron y uno de los temas de conversación fue la evolución de Camila en los estudios. “Empezó a repuntar mucho en lo pedagógico. La llamaron del colegio, y ella pensó que era para decirle que se había llevado materias. Pero fue todo lo contrario. Le dijeron que se sacó un nueve en una, que estaba conectando mejor y Yanina creía que eso tenía que ver con que Camila estuviera en el lugar en el que quería estar, con su amiga”.

Camila se reía de todo. Yanina cuenta que heredó la carcajada de su abuela Mónica, “que era re contagiosa”. Se reía incluso cuando estaba nerviosa. Se ponía nerviosa y se reía de todo, recordó su mamá. Pero las injusticias no le causaban ninguna gracia. “Camila era muy justa, y muy frontal también. Ella tenía una personalidad muy fuerte que por ahí molestaba a mucha gente. Desde chiquita vivía peleándome con todo el mundo porque si a Cami no le gustaba algo te lo decía en la cara. Y cuando alguien le decía no, se enojaba y discutía, incluso con mi papá, con el propio abuelo. Eso la enojaba, que no la dejaran ser como era. Ella era así frontal. Si tenía que decir algo que no le gustaba, lo decía, a su manera”, contó Yanina.

«La policía mintió desde el primer momento»

Los últimos tiempos no habían sido fáciles para la familia. Los padres de Camila se separaron el año pasado. Todos se adaptaron, y coordinaron los horarios, pero eso no dejó de repercutir emocionalmente. Siete meses atrás, además, y de un día para el otro, Yanina perdió a su hermana que sufrió repentinamente un paro cardíaco. Cuando se estaba empezando a acostumbrar a ese vacío llegó el llamado.

Con sus dos hermanos tenía una buena relación, con peleas, como cualquiera, pero se llevaban bien. “Con Agustina, que tiene 16 por ahí chocaban un poco más porque son muy distintas las dos. Agus es más tranquila, más pacífica y Cami era muy revolucionaria, entonces por ahí chocaban en ese sentido. Las dos son adolescentes, entonces estaban esas peleas típicas por la ropa, por ejemplo. Con Santino que tiene 6 era muy mimosa”.

Mami, ¿cómo se llama esto, en lo que puedo aprender a defenderme por si me pasa algo?” le preguntó su hija hace un tiempo atrás. “Quería hacer deportes pero no sabía cuál. Le gustaba mucho el fútbol. Le encantaba ir a la cancha con Rocío a ver a los amigos jugar a la pelota. Santino empezó hace poquito en una escuela de fútbol y le apasionaba ir a ver al hermano. Y lo aconsejaba. Incluso ella tenia ganas de empezar”. Pero no hubo tiempo para eso. Según algunos testimonios, esa noche Rocío y a Camila se sentaron en la puerta de la casa con sus teléfonos. Tomaban señal de internet de uno de los vecinos. Fue entonces que creen que pasó el auto con sus amigos y ellas decidieron subir. “No tenían pensado salir, porque las camperas quedaron en la casa y hacía mucho frío”, contó Yanina.

El que manejaba el auto era Aníbal Suárez, de 22 años. Su hermano Emanuel lo definió como “un pibe bueno. Cualquiera lo veía y lo saludaba. Si alguien tenía un problema, él iba y ayudaba”. Aníbal era changarín. Llegó a Monte, como todos llaman al pueblo, hace un año y medio atrás. “Nosotros somos de Misiones, de Concepción de la Sierra, pero ahí está fea la mano para el tema del laburo. Tengo un tío que hace 14 años vive acá y le preguntó si quería venir a mejorar su vida porque acá había trabajo. Y su sueño era venir a San Miguel del Monte a trabajar. Vino y se compró todas sus cosas. Dijo que iba a juntar plata, que se iba a comprar un auto, que lo iba a arreglar bien y se iba a ir a Misiones a visitar a la madre en el auto, ese era el sueño de él”, contó Emanuel a este medio.

“Cuando llegó empezó a trabajar y se compró una cama. Después se pudo ir a alquilar. Se compró su cocina, su garrafa y su aparador. Y después se le dio la oportunidad de comprar el auto. Varias veces me ayudó a mí, que cuando me vine no tenía donde vivir. Él tenía solo una cama y me dio un lugar. Me decía: yo jamás te voy a dejar abandonado a vos. Venía cualquiera o veía a cualquier extraño que precisara algo y él siempre estaba para ayudar. Él era así”.

A Aníbal le gustaba estar con su novia, escuchar música y lavar el auto. Se levantaba temprano, se tomaba unos mates con el hermano y se iban a trabajar. Él a la obra y Emanuel a la maderera. Si por ahí alguno se levantaba de mal humor, Aníbal los hacía reír. Lo recuerdan como un joven muy alegre. Lo único que lo podía hacer enojar era si alguien hablaba mal de su madre, que se hizo cargo sola de cuatro hijos.

A veces llevaba a la escuela a su primo Federico. Siempre se quedaba esperando hasta que entrara al colegio. Su hermano cree que de ahí se conocía con los otros chicos. Esa noche del 18 de mayo salió a dar una vuelta y, según Emanuel, “los chicos lo invitaron a ver si los llevaba a pasear. Y su hermano aceptó”.

Además de Rocío y Camila, subieron al auto Danilo Sansone y Gonzalo Domínguez. Los chicos eran amigos íntimos, desde chiquitos. Fueron al jardín juntos. Gonzalo tenía cinco hermanos, tres de parte de un matrimonio anterior del padre y dos por parte de la madre. “La relación con ellos era muy buena, él amaba a sus hermanos, ellos lo protegieron siempre”, relató Susana Ríos, su mamá. “Mi hijo era un chico feliz, le gustaba siempre salir. Desde chiquito se me escapaba, andaba, agarraba la bicicleta. Un día, cuando tenía dos años, abrió la puerta y se fue caminando solo. Cruzó una calle y otra. Una chica lo encontró y él no hablaba todavía. Me lo trajo hasta casa. Podría haber seguido hasta la laguna y se podría haber caído. Así era él, ya de chico. Le gustaba ir a la plaza, andar en skate, estaba aprendiendo a rapear, le encantaba. Jugaba al fútbol. No era de estudiar, lidiaba mucho con eso, siempre, desde la primaria. Su vida era estar con amigos. Era un nene hermoso, y tenemos una comunidad muy sana. Acá a los chicos lo único que les gusta es jugar”.

Después del domingo, incluso las cosas que hacían enojar a Susana se resignificaron. Hasta ese día con Danilo la hacían rengar. “Venía acá a casa y me hacían un desastre. Ropa tirada por todos lados, y les decía: ¿qué se piensan, que soy la sirvienta de ustedes? Dejen de tirar cosas, ¿por qué no se van a bañar? Venían acá todos sucios, cansados”, recordó. Las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

Los bastones largos de Macri

Y esa noche salieron los dos a las 21.30. Se fueron a la plaza que queda a una cuadra y media. “Les dije que no vuelvan tarde porque yo tenía que ir a La Plata. Su papá hace un año está internado en una clínica de rehabilitación porque tuvo un ACV. Tiene 52 años. Y con Gonzalo estábamos aprendiendo a vivir solos. Nos costó mucho, pero bueno, ahora me quedo completamente sola, porque mis otros hijos están en La Plata, ellos trabajan allá”.

Danilo tenía nueve hermanos, era el segundo más grande. Su primo Mauricio Sansone contó a Nuestras Voces que “era un pibe divino. Todos recuerdan su sonrisa, gigante y hermosa. Era todo amor para ellos. Todo lo que tenía lo compartía. Tenía un paquete de galletitas Don Satur, una galletita para cada hermano”.

A Danilo le gustaba rapear. Se juntaba con los compañeros de la escuela en la plaza todos los días a la tarde. Rapeaban y andaban en patineta. Poco tiempo atrás, salió tercero en un concurso de rap que hicieron en el pueblo. Sus amigos decían que rapeaba re piola.También le gustaba jugar al fútbol.

“Tenía muchos sueños, quería ayudar al padre a trabajar para comprar una camioneta e irse todos juntos de vacaciones, cuando terminara de estudiar. Era un pibe muy solidario. Mis tíos me contaban que a veces se despertaban y tenían a alguno de los chicos de la plaza durmiendo, porque eran chicos sin contención, echados de la familia y él los llevaba a la casa a dormir. Uno estuvo viviendo como dos semanas con él. Les daba la ropa, compartía, pedía comida en lugares para llevarles a los pibes de la plaza que estaban sin comer”, contó Mauricio.

La noche de ese domingo salió con la patineta bajo el brazo. La idea era quedarse en la plaza. Hay videos que lo muestran rapeando ahí con sus amigos un rato antes que la policía emprendiera una persecución feroz contra él y sus compañeros.

Lo que sucedió ese día no fue ni un accidente, ni una tragedia. Tampoco fueron unos pibes que cometieron ningún delito. Lo que pasó fue una masacre. Y tiene una explicación. No coincide con la que quiso dar la policía y que quedó desbaratada gracias a los testimonios de los vecinos y a un pueblo que se levantó para reclamar justicia.

El hermano de Aníbal Suárez recordó que un mes atrás, “un día a la mañana, los policías nos atajaron y nos pidieron plata. Si no le dábamos iban a sacarle el auto. De la nada nos pidieron dinero porque el auto no estaba transferido. Mi hermano estaba juntando la plata para hacer el trámite, pero el auto tenía su seguro, tenía todo. Andábamos bien y las luces, siempre si se quemaba un foco o algo, yo lo arreglaba”. Emanuel cree que la persecución que inició esa noche la policía tenía que ver con eso. No era la primera vez que la policía andaba detrás de ellos. “Nunca denunciamos porque mi hermano le contó a mi tío y mi tío le dijo que fuéramos a denunciar. Pero mi hermano como era un chico bueno y no le gustaban los problemas le dijo que no, que deje. Y ahora mi tío se debe estar arrepintiendo porque dijo que seguro si hacía la denuncia antes no le habría pasado esto”.

Según Página/12, otra de las hipótesis que se manejan es que los chicos que estaban en el auto pudieron haber visto una maniobra relacionada con un delito vinculado con el tráfico de drogas y que ahí se habría iniciado la persecución.

Pero más allá de las hipótesis, lo cierto es que además de los autores materiales y de quienes intentaron encubrir el brutal accionar de la policía, también hay responsables políticos. El 3 de diciembre de 2018, con la firma de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, se publicó en el Boletín Oficial la Resolución 956/2018 a través de la cual se aprueba el Reglamento General para el empleo de armas de fuego. La normativa permite que fuerzas policiales disparen contra personas que huyen, incluso sin dar la voz de alto.

Votos a punta de pistola

Desde el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) aseguraron que “estas muertes s​on consecuencia del endurecimiento de la política de seguridad y de los mensajes que alientan a​ que la policía dispare en cualquier circunstancia. También las persecuciones de autos a los tiros fueron avaladas en reiterados casos. La tolerancia y promoción de estas prácticas conducen a que el Estado mate y a que la policía nos imponga el miedo. Lo que ocurrió debe ser investigado por el Poder Judicial y los responsables​ directos​, sancionados. ​Pero no es suficiente con que las autoridades políticas pidan la detención de los funcionarios involucrados: este hecho debería conducir a una reflexión sobre que el Estado debe, ante todo, proteger la vida y ser un antes y un después en las políticas que están implementando”.

Este viernes, en el marco de la multitudinaria marcha que se realizó de Congreso a Plaza de Mayo para reclamar justicia, Nacho Levy, de La Garganta Poderosa aseguró: “No hay ni una banda de locos de atar, ni un caso aislado, ni cuatro chicos que murieron en una tragedia por allá. Hay una doctrina del fusilamiento que se llama doctrina Chocobar y hay 1303 asesinados por las fuerzas de seguridad durante este gobierno, de los cuales el 51 por ciento son en la provincia de Buenos Aires. Entonces el que no da la voz de alto se llama Patricia Bullrich y quien se asoma por la ventana a disparar se llama María Eugenia Vidal, la jefa política de la policía de la provincia de Buenos Aires”.

Hasta el momento son siete los policías detenidos y en total 12 los desplazados. De los agentes privados de su libertad, cuatro de ellos están acusados por homicidio, dos por encubrimiento y otro por falsedad ideológica en instrumento público, por la adulteración de las declaraciones de los testigos que desde el principio dijeron que habían escuchado disparos provenientes de los móviles policiales y fueron consignados en las actas policiales como “explosiones” o “estruendos” supuestamente producidos por caños de escape de motos o automóviles que pasaban por la ruta 3, en la entrada a Monte, donde se produjo el choque con el camión que estaba estacionado. Según expresó a Página /12 la abogada Dorina Bernardez, que representa a la familia de Gonzalo Domínguez, los disparos fueron “directos al Fiat 147, de manera que lo ocurrido podría llegar a ser calificado como homicidio múltiple agravado”. Ya son 38 los testigos, y gracias al testimonio de los vecinos y a la recolección de las vainas por parte de los habitantes del lugar, se pudo desbaratar el intento de encubrimiento por parte de la policía. También fue clave el material que aportó un operador de las cámaras de seguridad que resguardó las imágenes.

Mientras Rocío pelea por su vida, los familiares de los chicos asesinados por el accionar de la policía, continuarán luchando hasta que todos los responsables de la masacre sean condenados.

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Sabrina Roth

Sabrina Roth

Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). Es corresponsal de Telesur en Argentina y escribe colaboraciones en Página/12 y #LaGarcia.

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