Los sótanos de la democracia revelados por Pagni

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El columnista del diario La Nación, Carlos Pagni, reveló que parte de los jueces federales actuaron contra el kirchnerismo presionados por el medio. Admitió así el lawfare, del que fue parte. Una lectura del enjuague de Pagni cruzado por las obras de Truman Capote y George Orwell.

Luego de tener un diálogo esclarecedor con un amigo cuya inteligencia supera la media, voy a tratar de resumir las características psicológicas y literarias de la revelación del periodista Carlos Pagni, con respecto a la supuesta amenaza del diario La Nación a jueces federales para que encarcelaran y, en 2015, condenaran al ex funcionario Ricardo Jaime. 

Si analizamos la conducta de Pagni no sólo busca la redención y se reconvierte tras la mini era macrista, sino que su revelación explosiva sobre Py es la consecuencia de las tropelías que realizó en su contra la banda nunca dormida de Antonio Horacio “Jaime” Stiuso en la SIDE. Entonces, lo que hace Pagni es revelarse contra el poder en las sombras del fuero federal porteño, siendo él mismo un favorecedor por intermitencia de esa misma runfla. 

Pagni también deja al desnudo a la conducción periodística de La Nación como un grupo de supuestos operadores judiciales. Además de los empresarios propietarios del medio de apellidos Saguier y Mitre. 

Si hubo presiones de ese diario contra magistrados para que condenen a “ex funcionarios K” estamos hablando de dos delitos: prevaricato y amenazas con extorsión por parte del medio periodístico. 

El delito de prevaricato consiste en que “una autoridad, juez u otro servidor dicta una resolución arbitraria en un asunto judicial a sabiendas de que dicha resolución es injusta y contraria a la Ley”.  ¿Los jueces que condenaron a Ricardo Jaime lo hicieron bajo presión mediática?

De ser así se cumple lo que afirmó el Presidente Alberto Fernández sobre “los sótanos de la democracia”. 

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Es decir: la presión mediática y de agentes de inteligencia sobre jueces para obtener determinados fallos a medida del poder real, quebrando la independencia de la Justicia.

¿Pero qué motiva a Pagni a revelar semejante enjuague ahora? 

Su psiquismo parece orillar con énfasis intelectual algo semejante a lo que solía realizar el escritor Truman Capote con el jet set estadounidense y el conflicto con su madre. En el caso de Pagni, la madre es el diario del que abjura.

Pagni rompe con el diario y quiebra el statu quo del orden del silencio pragmático. No hay nada de “periodismo puro” y menos “independiente”.

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Carlos Pagni -un intelectual de centro derecha sólido- fractura el esquema de la conveniencia nominal y arrastra la red con todos los peces imaginables.

No muere como Capote con exceso de ingesta de alcohol y pastillas: anuncia una declaración no aceptada para la granja. Pagni completa una auténtica rebelión en la granja y tiene lazos con una trama de George Orwell. Se trata del gobierno de los cerdos que almuerzan con los humanos y pactan una lógica civilizada.

En el clásico de Orwell, los cerdos fundan un Gobierno basado en mandamientos que los liberan de la explotación y el salvajismo humanos, pero después con su líder Napoleón fundan una dictadura de cerdos con las mismas prácticas de sus antiguos victimarios y hasta adoptan sus ropas. Y no sólo la vestimenta. 

Los cerdos se paran en sus patas traseras y dejan de andar en cuatro patas. Explotan a los caballos -el proletariado- y maltratan a las gallinas y las ovejas -los campesinos iletrados- aprovechándose de que son seres que se llaman a sí mismos “apolíticos”. 

En esta trama literaria, Pagni podría cumplir el rol del Señor Pilkington de Orwell. Un personaje intrigante que logra unir a los humanos y a los cerdos de la granja controlada por Napoleón para encauzar la paz. 

¿Cómo lo logra? Con un simple juego de cartas. Claro que algo podía fallar y en el momento clave, Pilkington y Napoleón sacan la misma carta: un As de Espadas. El lector arrastrado a la locura por Orwell comprende que durante el juego hubo una trampa. Sucede que el poder no se comparte. La metáfora china del tigre.

En el documental American Factory, que ganó un Premio Óscar, un empresario chino dice que “no pueden coexistir dos tigres en un misma montaña”. 

La frase encierra también la lógica capitalista de que el poder no se comparte. Y está referida a los sindicatos y sus demandas legales frente a dominante expansión de la economía china en el planeta. Tal como dijo en su momento Cristina Fernández de Kirchner en Cuba, el asunto de fondo es quién controla el capitalismo global: ¿China o Estados Unidos? 

Dos lógicas de dominación. En una el controlador es el mercado, en la otra es el Estado del Partido Comunista chino. 

Pagni a través del personaje que simula ser Churchill en la ficción de Orwell viene a confrontar con la lógica del poder real. El cerdo de la ficción, llamado Napoleón instaura 7 mandamientos de los animales que luego culminan en uno solo. Y el único animal que sabía leer es un burro llamado Benjamín.

Esa Constitución de la granja primero estipuló que “ningún animal podía matar a otro animal”. Pero cuando el cerdo Napoleón -en la primera edición francesa el personaje era Julio César- fue ganando posiciones, se dijo que “ningún animal podía matar a otro animal sin motivos”.

Para finalizar la ficción de Orwell sobre los animales y los seres humanos donde los cerdos se convierten en humanos y los humanos en cerdos, la única premisa de pacto social de consenso terminó siendo de tono criminal: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. 

El cerdo Napoleón es una mezcla de chancho salvaje que Orwell parodia con Stalin y su compañero revolucionario Snowball -símil de León Trotski-, quien fue expulsado del proyecto de la granja de animales por los perros del cerdo Napoleón. Los perros en el libro de Orwell son la Policía del amo.

El personaje del señor Pilkington se parece a la articulación que busca realizar Carlos Pagni con su revelación espiritual sobre la mugre de Comodoro Py y los sótanos de la democracia. También atrae una manía destructiva semejante a Truman Capote en su momento de apogeo y caída. 

El trauma vital de Capote fue su madre Lillie Mae Faulk. Según la biografía de Gerald Clarke, publicada en 1989, Capote jamás logró superar las fugas sexuales de su progenitora. Como en una novela de Osvaldo Soriano, Lillie se acuesta con el boxeador Jack Dempsey en un tren a ninguna parte. El pequeño Truman la pierde en el vagón mientras ella y su amante ocasional gozan la aventura. Luego padre e hijo asisten al fracaso de un espectáculo donde la estrella –Dempsey- nunca llega y deja plantados a miles de espectadores.  

El padre de Capote solía inventar espectáculos destinados al fracaso más rotundo y denigrante y eso fascinaba a Lillie hasta la excitación morbosa. 

En la biografía, Capote narra que su madre estaba sentada en la primera fila de un cine y de pronto se escapó a la última para tener sexo con un desconocido. Lo imprevisto. La madre se fuga. No está. Desaparece. Lo abandona. 

La madre podría interpretarse como el anhelo de seguridad en estos tiempos de avidez y desguace de todo lo que alguna vez fue parte de lo real. 

Los diarios son reales, pero van camino a morir como la madre de Capote. 

El poeta John Berger describió este conflicto como una búsqueda entre el placer y el dolor. “La felicidad humana es algo escaso. No hay períodos felices, sólo momentos felices. Pero la felicidad es precisamente un placer generalizado (…)”, escribió Berger, además de recordar que los gatos sienten más placer al relamerse que al comer y los caballos al trotar libres en las praderas. 

En estas cosas pienso al ver a Pagni rompiendo el espejo de la realidad y enumerando hechos muy humanos como las componendas y el armado de causas judiciales para encarcelar a otros seres humanos. 

Algo muy de cerdos, diría la ficción de Orwell que remite a la “angustia prenatal” de los días de Capote. 

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Juan Alonso

Juan Alonso

Periodista, escritor y docente. Columnista con Roberto Caballero en Radio Colonia y del programa ADN en C5N. Distinguido con el Premio Walsh de la Facultad de Periodismo de La Plata en 2017. Fue editor de Policiales de Tiempo Argentino.

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