Chubut, tierra de sangre y libertad

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La Patagonia volvió a ser sangrienta a partir de la represión de la ministra Patricia Bullrich. Los casos de Rafael Nahuel y Maldonado contrastan con la historia de amor retratada en la película recién estrenada “Chubut: libertad y tierra”. Con la excusa de la búsqueda amorosa de la historia vital de un médico rural, la película resume en dos horas dos siglos de historia, que hoy están en carne viva por los conflictos con los mapuches del gobierno de Mauricio Macri. De las estancias inglesas, a la lucha armada de los 70, pasando por Frondizi, la dictadura, las Malvinas y Benetton.

La ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich se quejó de las “noticias falsas” y la campaña viral que alguien completó con su voz tergiversada y el peinado desalineado. Pero poco se dijo del asesinato del joven mapuche Rafael Nahuel a manos del prefecto Francisco Javier Pintos, quien a pesar de estar acusado de homicidio agravado, fue liberado por la Cámara Federal de General Roca –los mismos jueces que pidieron su detención unos días antes-, en una voltereta argumental que va de la mano de una presunta pericia de Gendarmería contra los mapuches de Lago Mascardi. 

Por este crimen de fines de noviembre de 2017 –poco más de un mes después de que los buzos de la Prefectura Naval hallaran el cuerpo de Santiago Maldonado en el río Chubut-, Fausto Jones Huala accedió a un juicio abreviado y el otro testigo del asesinato de Nahuel, Lautaro Alejandro González aún se mantiene en rebeldía, prófugo de la ley. 

En este marco, la ministra Bullrich no solo potencia su discurso represivo y lo justifica con sus actos cotidianos, sino que ejerce un orgullo morboso que aplasta el sufrimiento ajeno, haciendo gala de la regresión que la tomó por asalto desde su función en contra de los jubilados y jubiladas en la anterior Alianza funesta del recientemente fallecido Fernando de La Rúa, que dejó el triste saldo de 39 muertos en 2001. 

Los espías de Benetton y Bullrich

Pronto se cumplirán dos años de la desaparición de Santiago Maldonado en la Pu Lof en Resistencia Cushamen durante una represión ilegal de la Gendarmería en el kilómetro 1848 de la Ruta 40. El documental “El camino de Santiago”, que hicimos con la dirección de Tristán Bauer y un gran equipo de jóvenes realizadores en aquellas circunstancias en pleno desarrollo -durante 2017-, no es la única película que reconstruye la memoria de la Patagonia trágica de esta era de desguace. El sábado pasado se estrenó en el Malba el film de Carlos Echeverría, “Chubut: libertad y tierra”, que también se proyecta en el Gaumont. Con la excusa de la búsqueda amorosa de la historia vital del médico rural, Juan Carlos Espina en la zona de Esquel y El Maitén, Echeverría resumió en dos horas dos siglos de historia. 

Entre las vías

La lente de Echeverría se enfoca en la mirada de una mujer joven rubia de ojos claros. Ella le pone cuerpo al relato de la nieta del médico Juan Carlos Espina en el largo y vertiginoso camino que lo llevó de La Plata hasta El Maitén en la provincia del Chubut. Se trata de Mariana Bettanín. Hija de Leonardo, ex diputado nacional por el FREJULI, y asesinado por la dictadura. Así se precipitan historias dentro de otras como en una caja de pandora. 

“Nahue”, el personaje de Mariana, comienza a desandar el paso del tiempo en un cruce de vientos, estepa, vías y lugares tan bellos como inhóspitos. Nuestra Patagonia aparece en pantalla con el esplendor del infinito, la ambición humana, la pobreza endémica, el abandono y la persecución de los pueblos originarios mapuches y tehuelches, en contraste con la opulencia de las estancias inglesas y la extensión territorial de un millón de hectáreas de la Compañía de Tierras del Sud Argentino de la corona británica. En un pasa-manos jamás esclarecido, esas mismas tierras siguen estando en disputa. 

Muy a pesar de la adquisición que concretó el magnate italiano Luciano Benetton a las familias Paz y Ochoa en 1991, nueve años después de la Guerra de Malvinas; recién en 1982, los terratenientes argentinos reconocieron ante los militares que le habían comprado esas enormes extensiones de campos a los estancieros ingleses y que la operación comercial se habría realizado mediante un fideicomiso en una guarida fiscal. 

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La película de Echeverría demuestra que los siglos pasan, el paisaje es idéntico, pero con más alambrados, menos ovejas, más pinos, y unos pocos que se hacen ricos a costa de millones de  empobrecidos y muertos. El ultraje de la tierra y la tenaz acción política del médico Espina, primero en Esquel y luego en El Maitén, dan forma a la utopía de la reforma agraria con el peronismo proscripto y Arturo Frondizi en el poder provisorio. Espina logró ser diputado. El film lo muestra en su casa pintada de algo parecido a un color azul desteñido por la nieve y el frío que cala hasta los huesos. Una casita humilde en ninguna parte de todas las partes, con dos perros boxers a sus lados. La mirada enérgica de Espina vestido con una campera de cuero negro ante la cámara que comprime la ilusión del pasado con la misma casa en el tiempo. Echeverría invirtió 32 años de su vida para reconstruir un primer sentimiento que lo atravesó a los 14 años en esa misma casita azulada. Su padre también fue médico rural en El Maitén y cuando Espina se fue a Buenos Aires para ejercer la diputación, la familia Echeverría se mudó allí. Espina atesoraba diarios y libros apilados hasta el techo, y tenía colgada una antena de cobre entre dos grandes álamos para escuchar onda larga y corta en aquellos tiempos sin internet. La primera grabación de la voz de Espina, Echeverría la registró en 1988. El médico aparece en la cinta hablando de Frondizi y de cómo los traicionó con el asunto del petróleo. Luego llegaron otros encuentros para charlar. Espina se mostraba preocupado por Carlos, luego de que filmase la historia de Juan, el desaparecido de Bariloche. En la puerta de otra casa maltrecha, otro paisano que conoció a Espina. El relato de la memoria que enlaza las situaciones. La emoción a flor de piel. Pero el paisano no le abre la puerta a la mujer que dice ser la nieta del médico de El Maitén. Entonces, entrevistado y entrevistadora hablan por medio de los ojos, con una puerta desvencijada entre los dos. En el cine un silencio horada el pecho y la respiración se acelera entre los corazones trepidantes. Se suman más paisanos a la narrativa que lucha contra el olvido. Un hijo del cacique Emilio Prane –desalojado de sus tierras en 1937, cuando su comunidad indígena las habitó desde 1889 en el “Boquete de Nahuelpan”-, recibe a la joven junto al fuego con su voz gutural y un grueso y largo bastón de madera que golpea contra el piso como acentuando sus palabras. “Una vez vino uno de la Inspección de Tierras a querer sacarme de la casa y lo saqué a balazo limpio. Le tiré por encima de la cabeza con el revólver para asustarlo nomás, si me enfrentaba le iba a dar, era él o yo… Todo esto era de mi padre, todas estas tierras”, dice Prane con el brazo señalando afuera. Un cuadro captado por la cámara del genial Echeverría lo muestra parado con su mujer en la puerta de su rancho ante la inmortalidad del viento. Si nos detenemos en las huellas de sus rostros veremos por qué aquellas dos personas no necesitaban de muchas palabras para nombrar el sufrimiento. 

El tiempo circular

Una película se transforma como la arcilla. Echeverría comenzó el proyecto de esta película cuando era joven. Mariana, quien le pone el cuerpo a la hija de Espina, andaba con su mochila en la espalda. La historiadora Pilar Pérez –cuya obra sobre la Patagonia se podría definir como imprescindible- la acompaña en el documental de Echeverría entre vagones, tendidos ferroviarios y personajes que se han ido, aunque persisten en volver con sus voces a cuestas. Todo tiene un por qué. Una raíz. Una razón que mueve la locomotora y la acción. Por eso, Echeverría pone el ojo de la cámara en un bar de Esquel, donde Mariana compone a “Nahue” y entrevista al editor de “La Chispa”, Juan Chayep, quien trabajó con Osvaldo Bayer, denunciando los atropellos contra la familia del lonko Miguel Ñancuche Nahuelquir en Cushamen. En las imágenes se ve al abogado Julio Telleriarte –denunciado por Bayer en “La Chispa”- posando con un anciano mapuche que sobrevivió a la campaña de exterminio de Julio Argentino Roca. Y como al paso, Chayep cuenta la férrea oposición de la oligarquía patagónica contra las ideas de reforma agraria de Espina y sus amigos de “Libertad y tierra”. A tal punto fue así que tras el golpe del 24 de marzo de 1976, Espina fue incluido en una lista de “indeseables” por la dictadura cívico-militar y lo despojaron de sus trabajos en el Estado. Lo consideraban como a tantos y tantas “comunista”. 

En 1988 andaba solo y viajaba a Buenos Aires, diez años después había enfermado. Al finalizar los ’90, el médico Espina sufrió un ACV que lo dejó mal y ya nunca fue el mismo. Pero su legado está en el documental de Echeverría que logra un triple objetivo: honrar a su propio padre médico en la figura de su amigo Espina, denunciar las injusticias contra los pueblos originarios de la región, y hacer de la memoria un arte superior para reflejar las represiones y asesinatos del presente. Cicerón decía que “no saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”.

Algo de esa fotografía infantil se refleja en los colores de Echeverría. Su poesía logra narrar el intenso frío y hasta lo que debía suceder.

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Juan Alonso

Juan Alonso

Periodista, escritor y docente. Columnista con Roberto Caballero en Radio Colonia y del programa ADN en C5N. Distinguido con el Premio Walsh de la Facultad de Periodismo de La Plata en 2017. Fue editor de Policiales de Tiempo Argentino.

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