Siervos del Diablo

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La Provincia de Mendoza es noticia por distintos casos de abuso sexual cometidos por miembros de la Iglesia Católica. Pero en el caso del padre Carlos Buela, fundador del Instituto del Verbo Encarnado, sus pecados van más allá, como cómplice de la Dictadura Militar.

En su página web, el padre Carlos Buela, fundador y primer Superior General del influyente Instituto del Verbo Encarnado –con sede central en la ciudad mendocina de San Rafael–, consigna su apego hacia “la Pastoral Juvenil, con la convicción de que la Iglesia se ocupa de los jóvenes no por táctica sino por vocación”. En su caso, una vocación depredadora. De hecho, el Vaticano –en un comunicado difundido por el obispo local Eduardo María Taussig– acaba de admitir oficialmente los abusos sexuales cometidos durante décadas por él a seminaristas de su congregación.

Lo cierto es que la angurria carnal de este siervo del Señor era un secreto a voces en los pasillos del Verbo Encarnado. Y aquellas voces traspasaban sus muros. De modo que todos en San Rafael sabían sobre sus hábitos de alcoba. Recién en 2010, el propio Benedicto XVI resolvió sacarlo –en el mayor de los sigilos– de circulación. Entonces, se lo apartó de la conducción del Instituto para ser enclaustrado en la abadía francesa de la Pierre-qui-Vire, situada en un bosque de Borgoña. Desde allí, él siguió manejando los hilos de su ya lejano feudo. En Roma, mientras tanto, se acumulaban 25 denuncias de sus víctimas. La Santa Sede demoró casi siete años en darlas por probadas. Aún así, en todo ese tiempo, el padre Buela no fue ni siquiera rozado por la Justicia terrenal.

Ya se sabe que la noticia del reconocimiento pontificio de sus actos agitó a la feligresía mendocina dada su infeliz coincidencia con otros dos escándalos del mismo ramo: la detención de los sacerdotes Horacio Corbacho y Nicolás Corradi –este último, muy activo a los 82 años en todos los aspectos– por sus deslices con menores sordomudos en el Instituto Próvolo, regenteado por la Iglesia Católica en Luján de Cuyo; y la viralización de un video en el que el cura Fernando Yáñez –procesado por abuso de adolescentes en el Hogar San Luis Gonzaga, de San Rafael– se autoincrimina con las siguientes palabras: “Uno está rodeado de varones y necesita cariño”. Sin embargo, a diferencia de aquellos casos, el infierno sexual del Verbo Encarnado reactualiza además un asunto suplementario: el rol del padre Buela durante la última dictadura y –ya bajo el orden democrático– la protección orgánica del Instituto a represores en apuros.

Claves para un mundo mejor

Está demostrado que la jerarquía católica estuvo notablemente implicada en el apoyo político y espiritual al régimen más sangriento de la historia argentina. Y también en el ocultamiento de sus crímenes. En sus motivaciones, resalta la influencia ejercida entre curas y militares por la organización ultraderechista francesa La Cité Catholique, fundada por el sacerdote Jean Ousset en base a una cosmovisión sustentada sobre tres pilares: la guerra contrarrevolucionaria, el método de la tortura y su fundamento tomista. Al respecto, Louis Delarue, un capellán del ejército colonial, acuñó una frase muy difundida luego en los cuarteles criollos: “Si la ley permite, en interés de todos, suprimir al asesino, ¿por qué razón se pretende calificar de monstruoso el hecho de someter a un delincuente, reconocido como tal y por ello pasible de la muerte, al rigor de un interrogatorio penoso, pero cuyo único fin es, gracias a las revelaciones que hará sobre sus cómplices y jefes, proteger a inocentes?”. Con dicha lógica, los capellanes reconfortaban las almas de los represores, a veces muy turbadas por sus actos aberrantes en víctimas indefensas. Tal era la tarea primordial de los religiosos que reportaban al Vicariato Castrense, a cargo de monseñor Adolfo Tortolo, un ex arzobispo de Paraná vinculado al integrismo católico. Entre sus discípulos, por cierto, se destacaba el padre Carlos Buela.

Nacido en Parque Patricios en 1942, a ese individuo prematuramente calvo y gordinflón se lo recuerda en el Seminario porteño de Devoto –donde inició su formación eclesiástica– por su fanatismo futbolístico hacia Huracán y la gran admiración que le profesaba al cura Julio Meinvielle, considerado el mentor ideológico del grupo fascista Tacuara. “Mi padre en Cristo”, supo tildarlo en un opúsculo in memoriam. Ya entonces dio la nota al enviar misivas a todos los obispos en las que exponía su visión integrista, criticando a muchos por no dar misa en latín. Tal reclamo idiomático alcanzó al mismísimo arzobispo de Buenos Aires, Antonio Caggiano, quien lo expulsó del Devoto. En virtud de tal vicisitud, fue admitido en el Seminario de San Martín, por el ex obispo de esa diócesis, Manuel Menéndez, un sujeto cuya posición ideológica lo situaba a la derecha de Atila. Luego, ya ordenado sacerdote, hizo sus primeras tareas pastorales en la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de Villa Progreso. Fue entonces cuando monseñor Tortolo –por entonces, arzobispo de Paraná– se fijó en él. Y su siguiente escala fue el Seminario de aquella ciudad. Sería un gran salto en su carrera.

En Paraná se reencontró con su amigo Alberto Ezcurra Uriburu, el fundador y otrora líder de Tacuara, quien por esa época ya había abandonado la acción política para volcarse al sacerdocio. Juntos formaron en esa diócesis una dupla memorable, siempre bajo el ala de Tortolo.

Y a partir del 24 de marzo de 1976, éste lo nombró capellán ayudante en el Liceo Militar, aunque también cumplió funciones idénticas de modo ocasional en otras latitudes; por caso, Bahía Blanca, en donde asistió al capellán del V Cuerpo del Ejército, Aldo Vara, quien acostumbraba simular auxilio espiritual a los cautivos para arrancarles datos de inteligencia. Es probable que el joven Buela lo haya secundado en ello, pero al respecto no hay ninguna denuncia en su contra.

En 1984, ya concluido el ciclo militar, la estrella de Tortolo se fue apagando lentamente, tras ser reemplazado en Paraná por el obispo Estanislao Karlik. Y a Buela el clima de esa ciudad empezó a resultarle asfixiante. Por tal motivo, decidió emigrar a la ciudad de San Rafael con el propósito de crear su propio grupo: una congregación ultraconservadora, destinada a negar los preceptos del Concilio Vaticano II. Así nació el Instituto del Verbo Encarnado.

El aguantadero de Dios

La criatura del padre Buela empezó a funcionar poco después, dividida en tres ramas: un instituto clerical para la preparación de nuevos sacerdotes con vida apostólica y contemplativa, un instituto femenino –con idénticas pautas– y una orden secular destinada a laicos consagrado bajo voto. Junto a su crecimiento exponencial –las técnicas de reclutamiento y manipulación de su creador eran muy efectivas–, el Verbo Encarnado no tardó en convertirse en un semillero de conflictos; en especial, con la jerarquía católica. También hubo un cúmulo de denuncias por conductas deshonestas y maltratos a seminaristas, abuso de poder, abuso sexual y encubrimiento.

A la vez, el Instituto era visitado asiduamente por golpistas y carapintadas; entre los más conspicuos, Mohamed Alí Seineldín y el director del mensuario fascista Cabildo, Ricardo Curutchet, junto con viejos cuadros de la dictadura. Un vidrioso círculo de relaciones para una congregación con 800 sacerdotes y presencia en 40 países de los cinco continentes. Ahora, además, se sabe que, desde que se iniciaron los juicios por crímenes de lesa humanidad, el Verbo Encarnado –junto a la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA), liderada por el cura Aníbal Fosbery– suele aportar financiamiento, consuelo espiritual y hasta techo a represores prófugos.

Al respecto, un caso testigo.

En la mañana del 25 de julio de 2013, el ex teniente Gustavo De Marchi y el ex mayor Carlos Olivera –apodado “El carnicero de San Juan” por su labor en el Destacamento de Inteligencia del RIM 22 de esa provincia–, se fugaron del Hospital Militar, tras ser condenados por sus crímenes a perpetuidad. Así se convirtieron en los hombres más buscados del país.

El 4 de agosto de aquel año, el autor de esta nota publicó en el diario Tiempo Argentino que el posible paradero de ambos podría ser algún inmueble de la congregación de Buela en Mendoza. Por tal información, el fiscal general de San Rafael, Francisco Maldonado, allanó la sede del Verbo Encarnado. Pero los evadidos ya habían puesto los pies en polvorosa. Aún así, el fiscal halló rastros de su paso por el lugar en una habitación de huéspedes.

En realidad, sus efímeras presencias en el lugar tuvieron una razón de peso: el reverendo padre Javier Olivera –primogénito del represor– pertenece a las filas del Verbo Encarnado.

Y hay un episodio que lo pinta por entero. En julio de 2000, cuando el papá languidecía en la cárcel romana de Regina Coeli –tras ser capturado en Italia durante un viaje de placer a raíz de un pedido del juez parisino que instruía la causa por la desaparición de la modelo franco-argentina Marie-Anne Erize–, el joven Olivera, quien por entonces era apenas un abogado recién recibido, fatigaba estudios de TV, junto a la madre, para minimizar el carácter criminal de su progenitor. En aquellas circunstancias, acudió al programa de Mariano Grondona, cuyo show en tal ocasión consistió en convocar a un sobreviviente del centro clandestino La Marquesita, de San Juan, donde Olivera despuntaba su fervor por la tortura.

– ¿Te puedo tutear? –le soltó el hijo del represor– Porque yo también soy del pueblo, así como vos. Te puedo tutear, ¿no? Vos decís que laburás con las manos. Mostrá las manitos. ¿A ver? ¿Vos tenés manitos de laburante? A mí me parece que tenés manitos de las que le pegan al gatillo, ¿eh?”

Mamá intervino en el diálogo:
– ¿Cómo fue que te soltaron?
– No sé, me soltaron.
– Habrás colaborado –dijo ella.
El hijo, entonces, acotó:

–Es porque traicionabas, ¿no?
Ese tipo era la viva imagen de su padre.

Lo cierto es que Javier Olivera, quien a los 23 años era un católico fanático que frecuentaba círculos integristas, viajó a Italia para asistir a su padre. Y su primer paso fue conchabar al abogado fascista Augusto Sinagra, un integrante de la afamada logia P-2 que llegó a ser defensor de Licio Gelli. Ahora se sabe que el retoño del “Carnicero” no fue ajeno a la maniobra –urdida desde las entrañas del Ejército– que consistió en el envío de documentación falsificada a Italia para lograr su liberación, cosa que ocurrió tras 42 días de arresto.

Ordenado sacerdote a fines de 2008 en el Verbo Encarnado, el ahora padre Javier es un destacado integrante de la congregación. Allí se desempeña como profesor del Seminario Diocesano, es autor de cuatro libros teológicos y sigue impartiendo misa en la parroquia San Maximiliano Kolbe.

Su padre biológico, en tanto, sigue prófugo.

Y el cura Buela –su “padre en Cristo”–, a disposición de la justicia de Dios.

 

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