Último adiós a Bonadio, un juez servil y cruel

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El fallecido juez federal Claudio Bonadio acumuló 51 denuncias ante el Consejo de la Magistratura, de las cuales 9 seguían vigentes. Demostró su crueldad con Héctor Timerman, enfermo terminal perseguido hasta el último día. También, frenando una demanda de contagiados de HIV a la espera de sus muertes. Pasó de estudiante crónico a juez gracias a Carlos Corach. Fue servil al menemismo y al macrismo. Ocupó el rol de inquisidor con Cristina Fernández Kirchner y su obra cumbre fue el expediente de las “fotocopias”, gesta persecutoria cifrada en un festival de “arrepentidos”. Su legado es un himno a la caída del Estado de Derecho. 

El documental Nisman: el fiscal la presidenta y el espía actualizó el martirio de Héctor Timerman a raíz de la acusación en su contra por el Memorándum de entendimiento con Irán. Allí, ya con su dolencia oncológica muy avanzada, utiliza el último aliento que le queda en probar su buen nombre y honor. 

Esa causa instruida por el juez federal Claudio Bonadio fue un himno al desplome del estado de Derecho. Y el procesamiento del ex canciller requirió –por su debilitada salud– una dosis extrema de crueldad. 

Timerman falleció el 30 de diciembre de 2018.

Aún no habían pasado cinco meses desde entonces cuando Bonadío fue ingresado con urgencia a un quirófano tras detectársele un cáncer de cerebro. ¿Acaso en ese momento el magistrado –un hombre temeroso de Dios– haya atribuido semejante circunstancia a un “vuelto” divino? 

Lo cierto es que días después retornó a su juzgado. El único vestigio de su mal era una gorrita en la cabeza. Sonreía con un dejo sobrador. Y hasta se permitió una humorada, al proclamar: “Los registros sobre mi muerte están exagerados”. Los empleados lo aplaudieron. 

Tal vez ellos ahora evoquen esa escena con tristeza. El doctor Bonadio exhaló su último suspiro al clarear el 4 de febrero.

Bonadio, el garrote judicial de Macri que terminó acusado

Leyes y pistolas

Una silueta un poco obesa detrás de un fogonazo fue la última imagen que el hampón Germán Lorenzatti, alias “Pirincho”, se llevó al Más Allá. Él había alcanzado a disparar su revólver al estómago del acompañante de su matador al desplomarse sobre el pavimento. Tal vez haya dejado de existir antes de concluir la caída. Aún así recibió otros seis balazos a quemarropa. Junto a su cadáver gemía Daniel Villa, alias “Monito”, un cómplice. La sangre le corría por el tórax. Un tiro de gracia lo silenció para siempre.

Entonces, con actitud casi deportiva, la silueta obesa enfundó su Glock calibre 40 en la sobaquera para caminar hacia el Audi frenado en la esquina de Matienzo y San Martín, de Villa Ballester. En la cabina yacía el otro herido. Y el tirador, como para infundirle ánimo, le palmeó un hombro con delicadeza. A lo lejos ya se oía el ulular de las sirenas.

Era la noche del 28 de septiembre de 2001. Ambos habían llegado hasta ese sitio con el propósito de visitar un templo umbanda situado a media cuadra de allí. No pudo ser. El atraco que ese hombre acababa de repeler hizo que su amigo terminara en un quirófano del Hospital Central de San Isidro, mientras él era indagado en el despacho del fiscal Luis Celaya por “doble homicidio en defensa propia”. Se trataba del juez Bonadio

Así, en cuestión de horas, supo brincar al otro lado del mostrador dado que durante la mañana de ese viernes había interrogado al malhechor Cristian Battiga por el secuestro del empresario textil Abraham Awada; o sea, el padre de Juliana. Ella, 14 años después, sería la primera dama. Y él, nada menos que garrote judicial de su esposo, Mauricio Macri, en su paso por la Casa Rosada. Vueltas de la vida.  

La suya, sin duda, fue una existencia signada por la audacia, el don de la oportunidad y sus consiguientes dobleces. Tanto es así que durante la gestión de Néstor Kirchner llegó a encarcelar a Leopoldo Galtieri, a Emilio Massera y al “Tigre” Acosta. Pero enturbió aquellas proezas al también ordenar el arresto de los ex jefes montoneros Fernando Vaca Narvaja y Roberto Perdía en la causa de la Contraofensiva. Aquel apego a la Teoría de los Dos Demonios le valió, en octubre de 2003, un tirón de orejas por parte de la Cámara Federal.

En los seis meses previos hizo todo lo posible para acomodarse con el kirchnerismo. “Soy peronista desde los 15 años”, solía declamar por esos días ante todo micrófono que tuviera a tiro.

Las pruebas de que Bonadío protege a Macri, Iecsa y Techint

Fruto de una familia de clase media afincada en la localidad bonaerense de San Martín, el joven Claudio se recibió de bachiller en el colegio La Salle a fines de 1973. Pero tardó 15 años en obtener el diploma de abogado. En dicho lapso alternó su condición de estudiante universitario crónico con la militancia en Guardia de Hierro, una organización peronista entre cuyos cuadros hubo personajes tan polémicos como José Luis Manzano y la olvidada Matilde Menéndez, además de contar entre sus simpatizantes con el sacerdote jesuita Jorge Bergoglio. Al concluir la dictadura se vinculó con Miguel Ángel Toma y Eduardo Vaca, los referentes del Frente de Unidad Peronista (FUP) que dominaba el PJ de la Capital. En ese contexto le cayó en gracia al ascendente Carlos Grosso; así consiguió conchabo de asesor en el Concejo Deliberante. Y en los albores del menemismo éste lo acercó al hombre que sería su definitivo mentor: Carlos Corach. Por su intermediación, Bonadio pasó a ser funcionario del Ministerio de Salud a cargo de Eduardo Bauzá. Después fue nada menos que el segundo funcionario en la estructura de la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, a cargo del propio Corach. En tanto, aún fatigaba los pasillos de la Facultad de Derecho. Recién se recibió en 1990.

“¿Querés ir al Tribunal Oral de Morón?”, dicen que le propuso Corach a fines de 1991. “Creo que no estoy preparado”, fue la encomiable respuesta de Bonadio. En realidad, a los 37 años, aquel hombre pretendía desembarcar en la justicia federal, algo que finalmente logró en 1994. No es un secreto que su nombre encabezaba la famosa servilleta del ministro. Su bautismo de fuego: haber acelerado un expediente por “enriquecimiento ilícito” contra Domingo Cavallo, ya enemistado con Carlos Menem y Corach.

El nombre del flamante magistrado comenzaba a circular en la opinión pública, aunque con mala prensa. Una constante en su carrera.

El inquisidor

Alineado en el frente judicial con los magistrados menemistas Gustavo Literas y Adolfo Bagnasco, el doctor Bonadio supo satisfacer en tiempo y forma los deberes impuestos por el Poder Ejecutivo. Y sin un ápice de pudor.

Bonadio, el Inquisidor

Tanto es así que desde el Juzgado Federal 11 investigó al corresponsal del Financial Times en Buenos Aires, Thomas Catan, para determinar el modo en que accedió al dato sobre unas coimas solicitadas por algunos senadores a ciertos banqueros para frenar una ley que los perjudicaba. También le puso el ojo al inefable Marcelo Bonelli por revelar la declaración jurada del entonces titular del PAMI, Víctor Alderete. Una afrenta inadmisible.

Sin embargo, dadas sus lealtades zigzagueantes, ya bajo el kirchnerismo no dudó en procesar a Alderete por “administración fraudulenta” y también a María Julia Alsogaray por irregularidades en la contratación de un estudio jurídico durante el proceso privatizador de la ex ENTel.

Esa misma etapa de su carrera judicial coincidió con profundos cambios en su propia persona. Aquel juez que nunca había ocultado su inclinación por las armas, los vehículos de lujo y las motocicletas de alta cilindrada, renunció súbitamente a su extravagante look: cabello largo atado con colita –a pesar de su semicalvicie–, anteojos oscuros y camperas de cuero. Así acostumbraba a dejarse ver en Comodoro Py. A partir de entonces empezó a lucir trajes con demasiada fibra sintética, y siempre con el cuello de la camisa montada sobre el saco. Pero su trabajo judicial fue tan sinuoso como siempre.

Bonadio y un fallo a la medida del Grupo Clarín

En resumidas cuentas, Bonadio acumuló 51 denuncias ante el Consejo de la Magistratura. Un récord en la materia. La mayoría fueron desestimadas. Pero al menos nueve seguían vigentes. Entre sus irregularidades procesales más alevosas resaltaban las trabas impuestas a los abogados defensores para acceder al expediente. “Se maneja como un comisario; la instrucción es de él, y de nadie más”, decían de él sus propios empleados. Sin embargo también incurrió en desajustes más graves, como demorar a propósito determinadas causas para favorecer a los procesados. Ese fue el caso del expediente que investigaba el uso irregular de subsidios por pare de la curtiembre de Emir Yoma. Y el que tramitaba por defraudación al Estado y administración infiel contra Tandanor. De todas formas su tardanza más escandalosa fue haber paralizado por años una denuncia presentada por pacientes hemofílicos a raíz de una “mala praxis” que los contagió de HIV. Él se demoraba en citar a los imputados y los querellantes se iban muriendo.

Ya en 2013 comenzó a ser inocultable su animosidad hacia la entonces presidenta (y actual vicepresidenta) Cristina Fernández de Kirchner. Ese año la puso en su mira por la causa llamada “Hotesur”. Así inició una ofensiva en su contra que intensificó durante el régimen macrista con otros expedientes no menos antojadizos e inquisitoriales. La procesó 11 veces y en siete ocasiones ordenó su prisión preventiva; sus fueros como senadora frenaron la detención. Y la obra cumbre de Bonadio fue el expediente de las “fotocopias”, una gesta persecutoria cifrada en un festival de “arrepentidos”, aunque con una mácula de origen: el papel del espía polimorfo Marcelo D’Alessio como auxiliar en la sombra del fiscal Carlos Stornelli, el socio de Bonadio en esta trama. Hasta el papa Francisco ha destacado el parecido metodológico del flamante difunto con el estilo judicial de la Revolución Libertadora.

No fue una comparación caprichosa. Si hay alguien a quien Bonadio se le  parecía, ése es Próspero Germán Fernández Alvariño, más conocido como el “Capitán Gandhi”, un ex comando civil notoriamente chiflado, quien fue puesto a trabajar por los militares que derrocaron a Perón en lo que peor podía hacer un paranoico: la investigación de delitos. Así fue colocado en la llamada Comisión 38, con sede en una oficinita del Departamento Central de Policía. Ante su escritorio desfilaron “sospechosos” de la talla del historiador José María Rosa y Héctor J. Cámpora, entre otros.

Bonadio, un juez de la guerra

Allí, en aquel oscuro cubículo, el tal Gandhi despuntó su gran obsesión: probar que el suicidio del hermano de Evita, Juan Duarte –ocurrido en 9 de abril de 1953–, fue en realidad un asesinato ordenado nada menos que por el presidente derrocado. El asunto –sin duda un antecedente profético del caso Nisman– tuvo ciertos ribetes dignos de mención. 

En el marco de aquella pesquisa, fue interrogada una antigua amante del finado, la actriz Fanny Navarro. Y tal vez para conjurar su  reticencia, Gandhi simplemente dijo: “Le voy a mostrar algo que la va a ayudar a recordar”.

Entonces puso en medio del escritorio una caja de cartón, y lo abrió con estudiada lentitud.

Antes de caer desmayada, ella alcanzó a ver la cabeza descompuesta de quien en vida fue el cuñado del General.

Cualquier similitud con Bonadío no es una mera coincidencia. 

Éste ahora ya no está entre nosotros. Qué su Dios se apiade de él. 

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