Crónica mapuche: el vuelo del colibrí

Compartir

Los Calfú fueron desalojados de sus tierras de Nahuelpan en 1937. Otras 500 familias perdieron también sus propiedades en esa embestida comandada por la Sociedad Rural, la Policía y el Ejército e instigada por los terratenientes de la zona. Mónica Calfú vive actualmente en Lago Rosario. En el 2000 fue despedida por Franco Macri del Correo Argentino. Su abuelo Emilio y ella se encargaron de esa estafeta postal en Chubut durante años. Una historia mapuche de persecusión, resistencia y amores.

Fotos de Santiago Vivacqua, Manu Fernández y Diego Balaunzarán

El auto avanza por un lugar donde el cielo se confunde con el agua y la inmensidad de lagos y montañas atraviesan el pecho y los ojos para que nazca la emoción del encuentro. El pueblo mapuche cree en el lenguaje misterioso de la naturaleza ante la llegada de un viajero. “Yo sabía que ustedes venían, porque un pajarito se posó en mi puerta –dice Mónica Calfú- y cantó de una forma distinta a la habitual, anunciando su visita. Y cuando lo vi llegar a mi casa no sentí ese frío en los huesos. Por eso lo recibí, por mi corazón”.

Mónica Calfú está parada en su casa de Lago Rosario. Nunca habló con un periodista. Invita a pasar y ofrece mate y té con un dulce de Calafate riquísimo que hace ella misma con los frutos de su tierra. Su hijo Jesús Callecul tiene la televisión encendida en Los Simpson. Jesús escucha y cada tanto interviene para dar algún detalle sobre la historia de la comunidad y su cultura. Así se quiebra el estereotipo dominante del opresor. Jesús habla de historia y de series. Circula el mate y el fuego. Las palabras vienen de lejos. Afuera el silencio del viento azulado anda hondeando por los banderines de la memoria sobre la casa de chapas del abuelo Emilio y su mujer Rosa, cuyas voces son el eco de este paisaje cósmico.

“Mi mamá me tuvo a los 15 años y viajó a Esquel para trabajar como empleada doméstica. Así que no la vi hasta los 5 años más o menos. Todavía me acuerdo de ella una vez que vino a verme al campo. La recuerdo de esa forma, como los niños. Sufrí mucho en la vida pero siempre hay que tratar de mirar desde un lado positivo las cosas, porque es mejor dejar los malos recuerdos atrás y seguir adelante con las buenas personas. Estoy rodeada de gente buena. Mis abuelitos me dieron mucho amor. El amor cura y es mejor así. Me criaron mis abuelos, Emilio, Rosa, y también Juan Coliman. Mis abuelitos me dieron muchos consejos también. Una vez al abuelito Emilio le conté que había visto un colibrí muy bonito de colores hermosos. Y él me dijo que eso era un buen augurio, porque esos pájaros se acercan a las personas con buenos sentimientos. Me dijo que me iba a ir muy bien en la vida porque tenía un corazón en la tierra. ¿Sabe que el otro día apareció un nuevo colibrí en mi ventana? Ya vinieron tres veces este año. A uno lo tuve en mis manos cuando tenía 14 años. Lo cuidé y le di agua. Son cosas lindas que pasan acá. Lo demás es trabajar, emparejar el terreno, arreglar las cosas con el pico y la pala, cuidar las plantitas. Mis abuelitos me enseñaron a trabajar en el campo, cuidar los animales, cortar leña, cuidar los árboles, ir siempre por el buen camino y transmitir la historia de mi pueblo. Yo no molesto ni le hago mal a nadie, pero el que me busca me encuentra. Porque ellos sufrieron mucho, ¿sabe? Sobre todo mis abuelos Emilio, Juan y sus hermanos, que fueron desalojados de Nahuelpan en 1937 y tuvieron que venir acá para sobrevivir”.

Los verdaderos dueños de Cushamen

Qué curioso el espiral de la vida. A los abuelos de Mónica los desalojó la Sociedad Rural, la Policía y el Ejército del “Boquete de Nahuelpan”, otorgado y reconocido por Figueroa Alcorta al grupo del cacique Francisco Nahuelpan en 1908. Eran tres leguas de tierra, unas 120 mil hectáreas. Y Mónica Calfú perdió su último trabajo estable en el año 2000 por culpa de Franco Macri. “Trabajé 17 años en el Correo como encargada de la estafeta postal de la comunidad de Lago Rosario. Pero cuando el Correo fue comprado por la familia Macri me echaron de un día para el otro, porque dijeron que no era rentable mantener una estafeta en esta zona de Chubut. Dijeron que había pocas cartas y encomiendas. Así que cerraron todo y me dejaron sin trabajo, sin nada, sin un peso. Y pagaron apenas la mitad de la indemnización que me correspondía por la ley. La demanda judicial se perdió entre la burocracia de los abogados y la Justicia. Desde entonces vivo de mis animalitos nomás, de mis plantas, de mis cositas, que vendo o intercambio con el resto de los vecinos en una feria que estamos haciendo con un stand comunitario. Ahora también quiero terminar de construir un camping para la gente que viaja, pero no me alcanza la plata para terminarlo. Este es un lindo lugar para dar hospedaje a las personas que hacen turismo. Lo que pasa es que los materiales de construcción son muy caros y me cuesta mucho. Tengo 24 ovejas y un carnero. Unos poquitos animales para mantenernos con unos cuantos corderitos”.

El sol se confunde en la montaña nevada y perfora las nubes grises. Los rayos de luz confluyen y hacen del agua un espejo transparente. Unos kilómetros más allá, los flamencos sobrevuelan con sus colores rosados en las plumas. Tanta belleza es conmovedora. En este lugar el tiempo es circular e implacable. Así como da vida, la arrebata.

Bajamos con Mónica del cerro donde tiene a sus animales. No hay zorros cerca, ni pumas. Pero deben andar a unos pocos kilómetros por el surco de las montañas. Es la época de parición. Su hijo Rodolfo tiene sus animales por acá. De lejos ve que su madre está siendo entrevistada. Pero después me cuenta Mónica que decidió no acercarse por una cuestión de pudor y respeto. Si ella aceptó la entrevista, entonces él también. Rodolfo estudió en el Escuela Agro-técnica de Trevelin, aunque le faltan algunas materias para recibirse. Tuvo que trabajar como todos los mapuches. Siempre rápido, desde muy jovencito. Hoy es empleado del Municipio dando el servicio de agua potable. No sobran los francos para los mapuches.

Un reencuentro familiar mapuche en Mina del Indio

Lo mismo sucede con los baquianos de la Estancia Leleque del magnate italiano, Luciano Benetton –todos ellos mapuches–, las vaquitas, las ovejas, y los pinos son ajenos. Un peón de campo se jubila como antes de 1945. Sólo le queda una bombacha de campo, un catre viejo, una foto ajada de sus hijos y nietos, su cuchillo, y las huellas de lo que pasó marcadas en la piel. La leña es del patrón, el agua es del patrón –que la regula a su antojo–, y la vaca vieja para comer es también del patrón, como la caballada y el destino. No hay abrigo posible que calme el dolor.

En esta región de la Argentina, como en otras, se impone la persecución de las comunidades indígenas, preexistentes al Estado, además de una atroz discriminación cultural y política. Se trata de una regresión histórica tan profunda que se remonta primero, a la campaña exterminadora de Julio Argentino Roca y después, a la Década Infame.

El arreo brutal de esas 500 familias de Nahualpan se concretó el 15 de diciembre de 1937 y fue en plena época de parición de animales. De esa forma las familias mapuches se quedaron sin nada y en la más absoluta pobreza. ¿Cuál era el fin? La exterminación por segregación y hambre de un pueblo digno.

Y lo hizo el Ejército a través del Destacamento 7º de Montaña, que se instaló en Esquel ese mismo año, el 37, más la Policía y la Dirección General de Tierras. La instigación provino como sucede hoy en día de parte de las familias de terratenientes: los Amaya, Roberts, San Román, y Baroni, entre otros. La mujer de uno de estos personajes se inscribió en el Instituto de Tierras reclamando 10 mil hectáreas tras el desalojo de las 500 familias indígenas. Hicieron exactamente lo mismo que en 1878 y 1885 con Roca: destruyeron vidas y tomaron mano esclava para sus emprendimientos rurales. Tal es así que Francisco Nahuelpan II (familiar del lonko que fuera corrido de Junín de Los Andes por las tropas del general Conrado Blas Excelso del Corazón de Jesús Villegas) terminó sus días como peón de un horno de ladrillos en las tierras que antes le perteneció a su pueblo y que usufructuaron los hermanos Nicanor y Florencio Amaya.

Fue tan brutal el robo que les quemaron todas las pertenencias desde los cimientos hasta los techos, en su mayoría de juncos, y luego los trasladaron en camiones del Ejército hasta la zona de Cushamen (donde se crió la familia Jones Huala en Mina del Indio), Gualjaina, y Cerro Centinela, cerca de Corcovado en la frontera con Chile. La familia de Mónica se quedó con otros pobladores en la zona de Lago Rosario y Sierra Colorada. Otros grupos mapuches y tehuelches se asentaron en el Barrio Ceferino de Esquel, donde vivieron en la pobreza por décadas. Es decir que de tener miles de animales y campo para pastura, el patrón Amaya, ni siquiera les permitió que sus caballos comieran pasto de un cuadro de campo. Tan lejos llega el odio que se pierde en este horizonte como la codicia, la ruindad, la canallería y el discurso del diálogo falsario.

Ignorar a un desaparecido, reprimir mapuches y defender a Benetton: Sí, se puede

En la ciudad de Esquel, justo del otro lado del arroyo, muchos niños y ancianos mapuches murieron de hambre y de frío en ese primer invierno del ‘37. Lo narró el historiador local Chele Díaz, que analiza el despojo: “Este problema de la tierra nunca se solucionó del todo por los intereses de los grandes latifundistas y las corporaciones empresarias ruralistas. Y a pesar de semejante hostigamiento y exterminio, en los años ’60 y ’70 una generación joven comenzó a recuperar la voz de los mayores en relatos orales que pasaron de familia en familia. Esa es la verdadera historia mapuche”, remarca Chele Díaz.

En el libro “Esquel, poder, prácticas y discursos, 1890-1945”, el historiador Jorge Oriola también profundiza sobre la idea del colono bueno y sano para “la argentinidad”, en contraste con la estigmatización de los pueblos originarios. Tan loca es la historia oficial que se pretendió que la inauguración de un telégrafo fuese considerada el origen del lugar. Nada dijeron sobre la raíz de la palabra Esquel, que deriva en verdad de “Eshqel Kayke”, como llamaban al lugar los antiguos “tehuelches aonikenk”. Y así lo reflejó el espía y explorador de la Corona Británica, George Musters en 1869. “Musters viajó con los aonikenk desde Punta Arenas hasta Carmen de Patagones y compartió muchas de sus costumbres. Hay un lago muy grande en el departamento Sarmiento de Chubut, que lamentablemente lleva su nombre. Como todos los pueblos del Sur, los aonikenk iban siguiendo a sus presas, los guanacos y los ñandúes, en un ciclo anual. Y a Esquel lo llamaban Eshqel Kayke, que significa el lugar de un arbusto que da una flor amarilla. En la época que ellos andaban por esta región había una gran cantidad de Mamuel Choique –un nombre mapuche–, que significa ‘la leña del ñandú’, el lugar del Mamuel Choique”, explica el lingüista Antonio Díaz Fernández.

Mónica Calfú (en lengua mapuche “azul”) rememora a su abuelo Emilio yendo a caballo con la bolsa blanca del Correo para cumplir con su trabajo en la estafeta postal. Igual que ella. Con lluvia, viento o nieve, Emilio iba por la huella hasta el paraje donde se depositaban los sueños en las cartas. Quizá por eso, Mónica, habla de su nieto de un año y tres meses. Su hija Carolina Emilia transformó ese dolor antiguo en el vuelo de un colibrí.

@jotaalonso

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones


NuestrasVoces.com.ar 2017 - Todos los derechos reservados - Contacto