Darío Sztajnszrajber: “La Revolución de las Viejas implica una transformación radical de la vida”

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El filósofo Darío Sztajnszrajber habló del cambio que significa asumir la vejez como una etapa activa y romper con lo establecido socialmente. Dejar de pensar a los viejos como improductivos jubilados. El pensador conversó en un vivo con Gabriela Cerruti, quien presentó su libro La revolución de las viejas. El cambio político que hace falta para la vejez. 

Podemos pensar que toda edad es política. Esta, la vejez, también lo es. Estirada gracias a la ciencia y los cambios tecnológicos. Podemos vivir más pero todavía no está resuelto, de maner cultural y social, cómo y para qué. Cuál es el lugar de las personas adultas mayores, sus cuerpos, sus deseos, su sexualidad. La contradicción de ese tiempo que queda por delante y la estructura del sistema para colgarles el cartelito de “pasivo”, de alguien que ya cumplió su ciclo y lo alcanzó la fecha de vencimiento.

Una revolución en ciernes

Gabriela Cerruti: La Revolución de las Viejas empezó de manera casual,como suelen comenzar las cosas. Yo estaba con amigas en casa, hablando de algunos temas recurrentes. Tengo 55 años y dentro de cinco, seré una vieja, una adulta mayor. De un tiempo a esta parte, la vejez es ese lugar donde pasás a ser parte de la irrelevancia, de lo que no le importa a la sociedad, de los que tiene que pasar su tiempo esperando la muerte. Esto tiene que ver cómo era la sociedad en el siglo pasado. Pero en el siglo XXI, se alargó la expectativa de vida, vivimos más años. Y en realidad, lo que se alargó es  la vejez. No se estiraron los años de la niñez o de la juventud. Llegás a los 60 y te quedan como veinte, treinta o quizás cuarenta años por delante.  

Esto da lugar a nuevas vejeces. Si bien la edad es una construcción social, la vejez es distinta según donde vivas, entre otras cosas. Y también tiene que ver sobre cómo se piensa el tiempo en distintas sociedades. Para algunas, como en algunas partes de África, significa la frontera donde ya no tenés que aprender más palabras.

Darío Sztajnszrajber: Un tema que me parece fundamental tiene que ver con concepciones filosóficas del tiempo y de lo humano como parte de la totalidad. Ese ejemplo que mencionás de «aprendimos todas las palabras» me parece maravilloso. No tenemos una concepción de la vida como si cerraramos una totalidad, como un cierre de lo que vivimos. Nuestra concepción de la vida y de la muerte está ligada a una interrupción. Es como si la muerte no hubiera llegado, entonces hubiéramos seguido viviendo. Y es una cagada porque nuestra vida tiene un final. Y esto significa tener conciencia de la finitud; nacimos para morir. La muerte llega en algún momento.

Tecnológicamente, es cierto que estamos extendidos en la posibilidad de sostener la vida. Entonces, ¿hasta qué punto inciden o no las construcciones culturales en torno a la edad?

Biológicamente es un cierre, pero culturalmente las otras etapas también están en un cisma. La juventud se expande, hay una juvenilización de la existencia, en un tono mercantil que impide que cada etapa de la vida tenga su propio devenir. En realidad, se definen las etapas de la vida desde el adultrocentrismo. La adultez es donde más se supone que alcanzamos el modelo ideal del ser humano. De chico, sos un proyecto de adulto, de joven estás desarrollando la adultez y de viejo, ya estás pasado. Es decir, el adultocentrismo empaña las otras edades. E impide pensarlas al interior de sus propias problemáticas. Las que las asignamos a la vejez son desde otras edades. Por ejemplo, la improductividad, porque la productividad es otra etapa de la vida.

G.C: El adultocentrismo es parte del modelo capitalista, consumista, productivista. Cuando te preguntan qué sos, uno contesta de qué trabaja. Habría que redefinir el qué soy. A lo mejor, hay que rever qué supone hoy el trabajo como el gran ordenador de nuestras vidas. Porque de hecho, el trabajo diseñado como en el siglo pasado cambió…

D.S.: Cuando se le asigna a la vejez la improductividad, se lo hace desde la producción del trabajo enajenado. Cuando hablamos de capitalismo, no lo hacemos como algo divertido, estamos mostrando que hay una forma de trabajo que se instaló como hegemónica donde los viejos sobran y se excluyen a todos los que no son productivos para el sistema, dando vuelta toda una tradición en la cual, al inicio, la gente mayor era una poseedora de bienes. 

Lo comparo con otros sistemas. Por ejemplo, haciendo una deconstrucción del amor y la crítica a las políticas que se sustancian en la monogamia. Necesitamos mostrar que para salirse del sistema político de la  monogamia, no basta un acuerdo en una pareja que deciden no serlo. Se necesita un cambio más profundo. Y a la Revolución de las Viejas, no se la puede pensar sin una transformación política y radical con otros aspectos de la vida.

G.C: Mi generación es la que salió a las calles en los ‘80, la que militó y peleó por muchos derechos que fuimos consiguiendo: los derechos humanos,el divorcio, recientemente, el aborto. Sin embargo, esta generación no está nombrada en la Argentina. Entre otras cosas, porque nos pasaron los ‘90 por encima con la entronización de la juventud y el neoliberalismo que  inventó la vejez como un problema.

D.S.: Hay dos grandes etiquetas que soslayan la potencialidad de alguien que vive en la vejez. Por un lado, la etiqueta de jubilado, como alguien que terminó un ciclo, como clase pasiva. Pero además de pasivo, el jubilado es alguien que terminó un ciclo dentro de un esquema ligado de ese modo. Y por otro lado, la abuela como un estereotipo y etiquetamiento. Te dicen abuela cuando incluso no lo sos o podés haber tenido una elección de vida que pudo haber sido otra.

G.C.: Yo tengo hijos pero no se si voy a ser abuela. En todo caso quiero elegir mi abuelidad. Durante la pandemia, muchas mujeres dejaron de trabajar porque no podían dejarle los chicos a sus madres porque eran grupos de riesgo. Ahí entra también, toda una revelación acerca de esa parte de la economía del cuidado. Otro tema es que las mujeres en esta edad, transitamos, o ya pasamos, la menopausia, con lo cual dejamos de ser objetos sexuales. Es interesante que el sexo siga ligado a la reproducción. Y a la vez se abre una vida sexual diferente. Porque al no estar ligado el sexo a los mandatos, el erotismo y la sexualdiad, son muy plenos. Se les permite al hombre, pero la mujer a está apagada. Y esto tiene que ver con la idea de que la sexualidad sigue estando en la cabeza de muchísima gente, ligada a la idea de ser madre y abuela.

D.S.: Creo que una sociedad que todavía está en un proceso reciente de su deconstrucción en cuanto a la sexualidad, concebir la sexualidad en esta etapa, estamos a años luz. Y no se va a resolver si antes no hay un trabajo más intenso de toda la sexualidad, que viene marcada por lo heteronormativo y donde garchar es para un objetivo superior, reproductivo. Spinoza decía “nadie sabe lo que puede un cuerpo” y ese poder se expresa en las formas de la sexualidad. Y esto va en línea con el placer sexual que está asociado a la genitalización, al utilitarismo, a la economía. Pensar hoy el sexo de los viejos es pensar un sexo adultrocéntrico, desde los parámetros normalizados. Cuando se piensa en el sexo en esa etapa remite a “lo que le cuesta a un señor mayor una erección” como si la erección rápida fuera señal de algo positivo. De ese estándar, hay que salir. Y también, debemos pensar en la anomalía que implica un elogio de la lentitud en un mundo cada vez más acelerado. Sería un valor pero también es dar en uno de los pilares estructurantes de la sociedad de hoy. A los viejos se los señala por la lentitud. Yo creo que tiene que ver una decisión sobre cómo relacionarnos. 

G.C.: En el movimiento de las viejas, está en muchas la fantasía de irse a vivir juntas, en comunidad, para evitar que sus hijos e hijas se hagan cargo o terminar en un geriátrico. La idea del geriatrico como lugar de aislamiento es como la idea del manicomio o instituto de menores, es la idea de encierro y aisla a quienes la sociedad aquello que no sé cómo resolver. Les estamos sacando una carga a les pibes. Así como peleamos “mi cuerpo mi decisión”, también nos preguntamos cómo vivir los últimos años. Empezar en el final de la vida y en qué condiciones. ¿Por qué puedo tomar decisiones sobre mi cuerpo a los 18 años pero no después de los 70? La vejez tiene cosas que nos asusta más que la muerte. Me preocupa más el deterioro.

D.S.: Yo cuento los Mundiales que me quedan, que son cada cuatro años… Lo que vos planteás es comprender los problemas en su contexto. Hay una relación entre la vejez y el rendimiento del cuerpo hegemónico cuando en realidad, los cuerpos se transforman, van a otro tipo de funcionamiento. No podemos pensar eso en su contexto porque lo estamos midiendo desde la vara de lo que ya no pueden. Ahora que están de moda las burbujas, habría que establecer burbujas donde cada edad al interior de esas burbujas plantearan sus problemas. Sin embargo, esto que afecta a la vejez también afecta a los niños. No hay manera de pensar a la niñez sino como a adultos en potencia, al niño solamente hay que trabajarlos para ver cómo despliega su potencial adulto, lo cual  es un horror, porque no los escuchás…. Precisamente, infancia, etimológicamente, significa no tener voz. A los niños no los escuchamos. A los viejos tampoco. Y no es casual esa buena onda que muchas veces hay entre los niños y los viejos, esa especie de complicidad, de ser como los excluidos del sistema.

G.C.: Es así, absolutamente. Si pensamos en las ciudades  cómo están pensadas, lo están para un adulto varón que va y vuelve de su trabajo. Son muy difíciles para les niñes y les adultes mayores. Están pensadas para la sociedad del siglo XX. Muchas cosas de la sociedad siguen pensadas del mismo modo. Las edades fueron cambiando. Creo que en eso el feminismo ayudó para mirarlo desde ese lugar qué es el deseo, qué son las relaciones, desde qué lugar las pensamos porque la intensidad de las relaciones están centradas en el vigor físico de la juventud, de la adultez temprana. De todo esto, tratamos de hablar de este libro en particular, y la revolución de las viejas, en general. Que va de la mano de la revolución de las hijas, y que el 8 de marzo vamos a marchar juntas. 

D.S.: Maravilloso. Un placer haber leído el libro me parece un gran final lo que decís, es un gran resumen de lo que hablamos.

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Alba Piotto

Alba Piotto

Alba Piotto es periodista y Licenciada en Comunicación Audiovisual (UNSAM). Además, tiene una diplomatura en Sociedad y Ambiente (UBA) y es cofundadora de la Asociación Periodistas por el Planeta. Escribió dos ensayos: Cuerpxs equivocadxs. Hacia la comprensión de la diversidad sexual (Paidós, 2012) y Pantallas (Letras del Sur, 2016). Colabora en Nuetras Voces, es editora en la agencia GO Noticias y forma parte del equipo de asesores en el Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM).

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