2 de abril de 1982

Compartir

El 2 de abril, se escuchó por radio un parte triunfalista sobre “La gloriosa recuperación de nuestras islas”. La misma muchedumbre que días antes había sido reprimida por protestar contra el dictador, salió a vivarlo. El hecho incuestionable de nuestra pertenencia, el cómo, por qué, con qué y sin soslayar al mentor de esta intervención armada desigual y absurda puesto que sólo un puñado de mentes delirantes podría prever una victoria.

El 30 de marzo de 1982, el movimiento obrero argentino protagonizó la primera y mayor movilización obrera convocada por Saúl Ubaldini bajo la consigna “Paz Pan y Trabajo”. Llevábamos seis años soportando la dictadura que en 1976 fuera encabezada por José Alfredo Martínez de Hoz y Jorge Videla, bajo la complaciente mirada de la iglesia conducida por monseñor Juan Carlos Aramburu, quien fuera acusado de haber colaborado con la dictadura, estar de acuerdo con las posteriores privatizaciones de C. Menem y de apoyar abiertamente el indulto a los militares genocidas.

Esa mañana, con un grupo de compañeros dejamos nuestras ocupaciones en las oficinas de S.E.G.B.A de González Catán y partimos, -a como se pudo- hasta la plaza del Congreso con la intención de caminar hasta la usurpada casa de gobierno. A pesar de contar sobre mis espaldas con centenares de marchas, nunca había visto la saña y la ferocidad con que la guardia de infantería reprimía a la multitud calculada en unas cincuenta mil personas, presenciando el caso particular de un grupo de compañeros acorralados sobre el antiestético monumento al Quijote emplazado en Av. de Mayo y Lima, que fuera donado en 1980 por la reina Sofía al “conmemorarse” los 400 años de la segunda fundación de Buenos Aires, conociéndose al tiempo el asesinato –en Mendoza- del obrero José Benedicto Ortiz a manos de la policía bajo la gobernación de Bonifacio Cejuela, perteneciente al Partido Demócrata.

El dos de abril, camino a mi trabajo escucho por radio un parte (ya) triunfalista sobre “La gloriosa recuperación de nuestras islas”. El contemplar (a la tarde) por TV la muchedumbre (tal vez aporreados tres días atrás por el mismo dictador vivándolo), no pude admitir la dualidad de criterio de tanto conciudadano.

En mayo de 1983 PROARTEL, productora perteneciente a Goar Mestre, difundió un documental sobre la guerra. Años más tarde, el Grupo Clarín, (ya propietario en mesas de tortura de Papel Prensa), funda ARTEAR, (Arte Radiotelevisivo Argentino) y a partir de ese momento comienza una acumulación inconcebible de radios y canales, incluso a nivel latinoamericano. Posteriormente, Mestre, en sociedad con la Famiglia Macri, funda Televisión Independiente SA.

Al término de la proyección, fui invadido por dos sentimientos contrapuestos: el hecho incuestionable de nuestra pertenencia, seguido por el momento, el cómo, por qué, con qué y sin soslayar al mentor de esta intervención armada desigual y absurda puesto que sólo un puñado de mentes delirantes podría prever una victoria.

El momento concordaba con el punto más ardiente de una crisis económica agobiante, con empresas quebradas o a punto de serlo, desocupación, desnutrición, analfabetismo y miseria.

El cómo, era difícil de responder ¿En guerra, si por televisión veíamos a la selección disputar sin pena ni gloria el Mundial España 82”?; ¿En combate, si un gran porcentaje del país no tomó conciencia de la contienda y la consideraba algo «Muy lejano en el sur ?; ¿Dejamos de ir al cine, al teatro, a cenar afuera?; ¿Llevamos todos una vida recoleta , o nos dejamos arrastrar por la misma prensa canalla en todas sus formas, encabezada por José Gómez Fuentes que nos vendía alguna que otra victoria y nos ocultaba los horrores ajenos y – lo más terrible-, los propios?.

El por qué se explica a la luz de un autogobierno que daba sus últimos estertores de ahogado, el mismo que secuestró, torturó, mató, el que proscribió, censuró, el que nos mantuvo siete años bajo estado de sitio, ¿Con qué? ¿Con la esperanza del «vía libre» de los EE. UU?, ¿Con nuestra mediocre preparación táctico-estratégico-militar?, ¿Con una flota modelo 1944?, ¿Con jefes de escritorios?, ¿Con el etílico comandante que bramaba “QUE VENGA EL PRINCIPITO” y tras declarar que “no se suicidaba porque era católico y útil” (¿para quién?), padeció la subasta de su gorra en Londres?

Y, al arribar al QUIEN: ¿Advertimos que el mentor del despropósito congeniaba con la bebida?, ¿Reparamos en la traición a su antecesor en el cargo?, ¿Asimilamos que un día expresó que “daba lo mismo que murieran 4000 o 40000 soldados”?

Evidentemente no lo captamos y fueron millares quienes, -eufóricamente -se embarcaron a festejar esa locura colectiva, no faltando quienes la compararan con la celebración del dudoso Mundial 78”.

Muchos dirigentes políticos y sindicales participaron del famoso chárter junto al etílico general, cosa de no quedar a contramano si todo salía bien, y… ¿cuántos ciudadanos donaron lo que pudieron y luego se comprobó que hasta eso fue saqueado por el régimen, salvo el no recibido aporte de Víctor Heredia al ser considerado “de izquierda”?

Todo eso vino a mi memoria esa noche, al ver los rostros aterrorizados de los soldados en el frente de combate, arrancados brutalmente de lugares tan dispares y distintos al del «teatro de operaciones».

Los imaginaba recogiendo algodón, talando un monte, levantando una red de pesca, estudiando; en una fábrica, en una oficina, riendo, amando, llorando, soñando, pero no, ya habían conocido los padecimientos del combate, la destrucción, el hambre, la ceguera, el frío, los estaqueamientos (negados por la Corte Suprema de (In) Justicia como delitos de lesa humanidad), la muerte, agazapada tras un sofisticado aparato de relojería o por la tarea manual de un combatiente nepalés.

A esas mismas caras se les negó durante años el derecho a reunirse, contar sus experiencias y dar a conocer al país la verdad de lo acontecido. Fueron a quienes se trató de ocultar desmalvinizando su heroicidad y su protagonismo, hasta que, lustros después, un gobierno popular como los de Néstor y Cristina los amparó y los cobijó.

No les fue igual en tiempos donde los cipayos anglófilos amarillos que rigieron los destinos del país se empeñaron a diario en desmalvinizar, resignar soberanía y entregar petróleo, pesca, y territorio.

Las incalificables claudicaciones PROcesistas ante la corona pirata, y la cobarde cipayería puesta al servicio de quienes no son “un pueblo nativo”, contrastó con el maltrato y muerte que le propinaron a quienes sí fueron indudablemente nuestros ancestros.

Retornando a los combatientes, son aquellos a los que criamos, educamos, nutrimos, reprendimos, corregimos durante 18 años para que después «… la Nación los reclame…» y para que luego, algún oficial, en nombre de ese mismo País al que ellos mancillaron por décadas, nos entregue una medalla para colgar en un pecho juvenil desgarrado o nos indique en algún ambiguo documento que “Usted ha perdido un Hijo, la Patria, perdió, un Soldado…»

Desde Villa Luzuriaga, escuchando “La Memoria”, por el inconmensurable León,
Carlos Galli.- 02/04/2021.-

Comentarios

Comentarios

Mi Voz

Mi Voz

Los artículos de nuestros lectores. Porque Nuestras Voces no es un medio, es una comunidad. Para escribir tu artículo ingresá al menú Mi Voz, opción Escribí tu nota.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 10/04/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto