24 de marzo de 1976. Desaparecida, mi infancia

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¿Será la edad, los años?, que me hacen preguntar casi de manera retórica CUANTO DE QUE PERDÍ DESDE ESE 24 DE MARZO DE 1976 hasta… quien sabe cuando, si es que tuvo solución de continuidad esa llaga provocada por el silencio, la censura, la violencia, la guerra, las miserias, la deuda, el vacío intelectual, la soberbia…

Quizás sea la edad, no sé, las canas, las ganas, el cansancio, el estar cerca de la infancia pero solo como tutor y fiel y atento vigilante de sus juegos. Quizás sea el devenir de estos últimos tiempos con su impronta de violencia cotidiana, intolerancia malhablada, inseguridad sentida o sufrida, desconfianza total de todo.

Como sea, en ese merengue hecho de amargura para servirlo en la copa de la frustración de sueños de vida que nunca fueron, de pronto, caigo en la cuenta que yo, como millones que nos sentamos a la mesa argentina al ser también acá fieles y atentos vigilantes de lo que pasa, nos damos cuenta que esos niños grandes que son nuestros compatriotas están jugando juegos sin ton ni son, repletos de egoísmo e irresponsabilidad civil y social.

Como chico nuevo del jardín de infantes del que creemos formar parte, observo cual tutor, el comportamiento egocéntrico hasta lo enfermo y es entonces que me planteo… ¿será la edad?

¿Será la edad, los años?, que me hacen preguntar casi de manera retórica CUANTO DE QUE PERDÍ DESDE ESE 24 DE MARZO DE 1976 hasta… quien sabe cuando, si es que tuvo solución de continuidad esa llaga provocada por el silencio, la censura, la violencia, la guerra, las miserias, la deuda, el vacío intelectual, la soberbia…

Porque esos jóvenes y no tanto que casi te pisan sin verte mientras miran la pantalla de su celular, palabra que en aquellos años solo refería a una unidad móvil policial, son como yo y como todos, nacidos antes, durante o después de aquel período, producto de esa sociedad que fue herida por un sablazo de irracional “deber ser” de la República Argentina.

Hijos de la ansiedad provocada por la inseguridad de no saber si lo escrito se cumpliría.

Hijos de los miedos de quizás ser lo que no “se debía”.

Hijos de la frustración de soñar un logro y perderlo todo y más al otro día.

Hijos de la violencia, de la venganza, de la crueldad, del maltrato, hijos de una familia, la sociedad toda, destruida.

Hijos sin casa, sin tierra, sin Patria, sin identidad, sin orgullo, sin SER.

Descendientes directos de la picardía, para zafar de todo ello, de la estafa como único medio de tener, de la rapiña para no arriesgar el trabajo propio.

HIJOS DE LA INJUSTICIA, de lo ilegítimo.

Hijos heridos, discapacitados moralmente por la constante violación de derechos humanos y de los otros.

Hijos ESQUIZOFRÉNICOS que oían la MORAL y sufrían la VERDAD que era la REALIDAD.

Acreedores de un legado de “héroes” patéticos, cual padres violentos a los que una madre enferma obliga a venerar.

¿Qué conmemoro el 24 de marzo? Lo del título, la muerte de la niñez que DEBIÓ SER y no la dejaron.

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