8 de marzo

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La política es la mejor herramienta para la evolución de las sociedades. Por eso se adelantan desde el poder para mostrar sus caretas feministas, de manera de lograr cambios que no cambien nada en lo profundo. Es hora que aprendamos a ver detrás de los antifaces de nuestros enemigos, para despertar una nueva realidad que tenga como base primordial a la justicia social. Entonces sí, la igualdad de géneros dejará de ser solo un sueño, y el horror primigenio de aquel 8 de marzo, habrá tenido sentido.

Los disfraces, además de servir para participar de las fiestas de carnavales, son utilizadas para no mostrarse tal cual se es en realidad, también en el ámbito político. Son formas de pasar desapercibidos entre las mayorías, mimetizando apariencias y discursos para hacer ver rasgos que hagan ganar confianzas y apoyos, ocultando intenciones y pensamientos que podrían alejar las voluntades necesarias para hacerse de los cargos en nombre de lo que se sabe que espera el común de las personas.

No hay tema que no esté involucrado en estos disimulos. Pobreza, trabajadores, pequeños empresarios, educación, justicia, seguridad, son recurrencias permanentes para tratar de elevar en la consideración popular a los candidatos. Caricias y sonrisas, abrazos y saludos, impostaciones de seriedades que no siempre se tienen, forman parte indisoluble de las campañas electorales, cuando se necesita hacer contacto directo con los posibles votantes.

Pero existe, por estos tiempos, un elemento fundamental que se suma a la parafernalia discursiva de los demandantes de favores de cuartos oscuros. Se trata del feminismo. Nadie, por conservador y retrógrado que sea, dejará de expresar algún párrafo dedicado a la mujer, de mostrar empeño en comprender sus reclamos, a veces exagerando posturas que generen empatía con el oferente de supuestos futuros pródigos para el género femenino.

Las luchas de las mujeres han logrado despertar, a la mayoría de ellas, del largo letargo de sometimiento al patriarcado vigente en todo el Mundo. Son batallas que se fueron ganando o perdiendo, pero produjeron el lento avance hacia estadíos sociales donde las aberraciones de la dominación machista han ido perdiendo, en cierto grado, su predicamento.

Pero, junto con ese estímulo feminista real, aparecen los otros, los simulados, los que solo buscan la continuidad de sus poderes por otras vías, incluso resignando algunas apariencias de “machos cabríos” que les dieran resultados en tiempos donde todavia reinaba la resignación entre las mujeres, de su papel complementario y no protagónico. Y si estas “actuaciones” resultan repudiables en los hombres, peores son todavía en las mujeres que adoptan esas actitudes de falsas adhesiones a las luchas feministas, para después retroceder casi hasta el medioevo, a la hora de tomar decisiones propias del cargo que les toque ejercer.

Sabido es que la construcción del imaginario mayoritario forma parte indisoluble de la lucha por el poder. El aparato mediático es la punta de lanza de esa estructuración del pensamiento social, pero antes está el sistema educativo formal, donde las “taras” del machismo son introducidas inadvertidamente en las tiernas mentes infantiles, con programas que no se adecúan al paso del tiempo y docentes que arrastran sus propias formaciones basadas en conceptos que resumen la dominación del patriarcado.

La política es la mejor herramienta para la evolución de las sociedades. Por eso se adelantan desde el Poder para mostrar sus caretas feministas, de manera de lograr cambios que no cambien nada en lo profundo. Es a eso que debe prestar atención fundamental el movimiento de mujeres. Es evitar esa cooptacion de sus luchas uno de los objetivos cruciales para no perder los esfuerzos de tantos años de batallas, reconociendo a los verdaderos enemigos, esos que se esconden tras las máscaras de lo que nunca sentirán.

Es hora que las mujeres (y los hombres) aprendan a ver detrás de los antifaces de sus enemigos, para despertar una nueva realidad. Una que tenga como base primordial e indispensable a la justicia social. Entonces sí, la igualdad de géneros dejará de ser solo un sueño, y el horror primigenio de aquel 8 de marzo, habrá tenido sentido.

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