Adictos a las drogas legales

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Las estadísticas son claras: la cartera de la dama y el bolsillo del caballero argentino rebalsa de fármacos, muchas veces utilizados sin receta médica ni conciencia de las consecuencias que puede ocasionar el abuso o el mal uso de los mismos. Este fenómeno se da con más fuerza en las ciudades de mayor población. Mientras que en cualquier metrópoli del mundo una abuela toma Rivotril antes de dormir, a la vez que su marido recurre al Viagra esperando el milagro, un veinteañero abusa de los fármacos para mejorar su rendimiento en el estudio y un ejecutivo arrasa con un blister para bajar la ansiedad, en algún pueblo de Formosa o de Santiago del estero hay un paisano que duerme relajado la siesta, recostado bajo un árbol.

El escritor inglés Aldous Huxley publicó en 1932 una novela de ciencia ficción a la que llamó Brave New World (traducida al castellano como Un mundo feliz). Huxley, que gustaba de experimentar en la década del cincuenta con todo tipo de drogas psicodélicas, sitúa su historia en un futuro en el que el estado reparte una droga llamada soma, con la que el hombre satisface todos sus deseos, sin ningún tipo de secuelas. El soma, en esta sociedad feliz, era poco menos que Dios.

Hoy, en el tercer milenio y en la vida real, la fantasía del hombre moderno de estar activo la mayor cantidad de tiempo posible, sin sufrir sueño, ni ansiedad, soportando fácilmente la incertidumbre y la presión promete hacerse realidad gracias a los avances de la ciencia en la fabricación de medicamentos.

Durante los últimos cuarenta años las drogas legales que afectan al sistema nervioso central fueron logrando una mayor complejidad, mientras los efectos secundarios indeseables disminuyeron notablemente.

Los números demuestran que los argentinos creen firmemente en los beneficios de este modo de vida que el psiquiatra estadounidense Peter D. Kramer denominara con el nombre de “cosmética”. Los medicamentos que más se consumen en Argentina son los que afectan al sistema nervioso central.

Sin embargo Doña Rosa, segundos antes de abalanzarse sobre el botiquín, sigue escandalizándose por el aumento del consumo de marihuana en los jóvenes. De parte del Estado no hay un trabajo sostenido y profundo en concientizar sobre este problema.

Si bien el uso médico de las anfetaminas comenzó a partir de 1920 con el objetivo de combatir la fatiga en militares de distintas nacionalidades, hoy los argentinos recurren a ellas para casi todo, convirtiéndolas en drogas sociales. Estas drogas pueden causar una adicción psicológica. Sin embargo Doña Rosa, segundos antes de abalanzarse sobre el botiquín, sigue escandalizándose por el aumento del consumo de marihuana en los jóvenes. De parte del Estado no hay un trabajo sostenido y profundo en concientizar sobre este problema.

Las estadísticas son claras: la cartera de la dama y el bolsillo del caballero argentino rebalsa de fármacos, muchas veces utilizados sin receta médica ni conciencia de las consecuencias que puede ocasionar el abuso o el mal uso de los mismos.

Este fenómeno se da con más fuerza en las ciudades de mayor población. Mientras que en cualquier metrópoli del mundo una abuela toma Rivotril antes de dormir, a la vez que su marido recurre al Viagra esperando el milagro, un veinteañero abusa de los fármacos para mejorar su rendimiento en el estudio y un ejecutivo arrasa con un blister para bajar la ansiedad, en algún pueblo de Formosa o de Santiago del estero hay un paisano que duerme relajado la siesta, recostado bajo un árbol.

Los calmantes que más salida tienen en las farmacias criollas son principalmente Rivotril y Alplax, seguidos bien de cerca por Clonagil, Tranquinal y el famoso Lexotanil, al que saludara por las mañanas Fito Páez en su canción Ciudad de pobres corazones.

El avance científico en esta materia se inició en los años setenta en Estados Unidos cuando comenzó a estudiarse la sinopsis de las neuronas. De esas experiencias nacería la droga de diseño que sería conocida años después con el nombre comercial de Prozac, un antidepresivo que revolucionaría el mundo. Entonces parecía que ya no había razones para estar triste, estresado o ansioso. El hombre finalmente sería feliz, de una buena vez y para siempre.

En base a esta píldora que venía a salvar al hombre de todos sus males, el ya citado psiquiatra estadounidense Peter D. Kramer, escribió en los años noventa el libro Escuchando al Prozac en el que plantea una pregunta que nadie se había animado a hacer hasta ese momento y con la cual dejamos abierto el final de esta nota: “¿Cuál es la verdadera personalidad de un individuo, la que tiene cuando no está medicado o la que logra cuando, con pastillas, su neurotransmisión mejora?”. ¿Será, entonces, que es preferible cambiar al hombre antes que a su situación social?. En lugar calmar el ritmo frenético de las exigencias que la sociedad de consumo propone, nos subimos al caballo de un cócteles de pastillas que nos hacen ser más resistente a las obligaciones y más satisfechos por poder cumplirlas.”

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