Alicia y el país de la «dictadura»

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Determinado por estos pasquines de mala muerte con ínfulas de grandes diarios, lo de Venezuela es una dictadura. Y lo de Alicia Castro es la defensa de una dictadura. Con lo cual se mata dos pájaros de un tiro: se envenena la razón con lo virtual de una afirmación miserable basada en las obscenas teorías “democráticas” del imperio; y se estigmatiza a uno de los mejores cuadros políticos nacionales de los últimos tiempos. Y, de paso, se intenta horadar el sentido unitario y diverso de la coalición gobernante.

El título de uno de los diarios del establishment argentino, lo dice todo acerca del grado de putrefacción del periodismo y de la ideología de quienes manejan empresarialmente esos medios. Refiriéndose a los dichos y la carta de renuncia de Alicia Castro al cargo de embajadora en Rusia por no compartir, puntualmente, la orientación de la Cancillería y del Gobierno en general respecto al voto en las Naciones Unidas en dos temas que involucran a la República Bolivariana de Venezuela, titula: “Alicia Castro defendió a la dictadura de Maduro…”

Nadie puede obligar a ningún periodista a adherir a tal o cual ideología, a considerar positiva o negativamente a tales o cuales personajes públicos, políticos sobre todo. Pero lo que esa que debiera ser siempre una profesión u oficio donde prevalezca la búsqueda de la verdad, aún con el grado de subjetividad que cada uno le pueda imprimir, no debe hacer, es establecer, mediante terminologías tajantes, valoraciones sobre figuras públicas que resulten inapelables, ultrajando los derechos de esas personas sin que jamás se les permita expresarse en las páginas de tales periódicos.

Todo se resuelve de acuerdo a los intereses de los ganadores de la eterna puja mundial por la dominación del pensamiento. Todo se tamiza a través de la criba de lo establecido por “la embajada” y sus siervos políticos. Por ella pasa cualquier palabra que se escriba o se emita, asegurando una orientación mayoritaria de la sociedad hacia el rincón de la ignorancia generalizada, un método muy eficaz para trabar la existencia de ideas libertarias y tendencias a la apertura mental hacia otras orientaciones ideológicas.

Determinado por estos pasquines de mala muerte con ínfulas de grandes diarios, lo de Venezuela es una dictadura. Y lo de Alicia Castro es la defensa de una dictadura. Con lo cual se mata dos pájaros de un tiro: se envenena la razón con lo virtual de una afirmación miserable basada en las obscenas teorías “democráticas” del imperio; y se estigmatiza a uno de los mejores cuadros políticos nacionales de los últimos tiempos. Y, de paso, se intenta horadar el sentido unitario y diverso de la coalición gobernante.

No hay, en esos escribas del Poder, vergüenza alguna por decir lo que no pueden probar ni sostener lo que nunca investigan. Nada de eso importa demasiado, porque la noticia es un arma con la que intentan matar cualquier pensamiento alternativo. Los fines justifican a los medios (de comunicación) y la realidad es una madeja retorcida donde se enredan las verdades y se anudan las certezas.

La “dictadura” venezolana lo seguirá siendo en sus páginas tramposas. Por su lado, Alicia Castro sufrirá, de aquí en más, la persecución de estos aneuronales que intentarán ponerla contra la pared de la ignominia. Pretenderán inducirla a destruir al gobierno del que deja de ser funcionaria, pero no sostén. La comprensión de la realidad no forma parte de la enseñanza que reciben los periodistas del Poder, por lo cual insistirán con sus monsergas miserables sobre esta figura digna como pocas, que unifica sus convicciones con sus actos, le convenga o nó a sus intereses personales.

La grandeza moral no cuenta para los escribas falaces. El respeto por quien no sostiene las mismas ideas, es sólo una pose destinada a socavar las conciencias de los inermes lectores de sus mendacidades. El ruido de sus insultos velados tras una cortina de supuestos inventados para cada ocasión, tapa la verdad que no se quiere mencionar, las certezas que brindan los hechos irrefutables, el conocimiento de las palabras de los actores denigrados de antemano por sus notas repletas de obscenidades semánticas. Y la sociedad queda así encerrada en la cárcel de la brutalidad, el oscuro rincón de las pasiones que sólo se basan en el odio.

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