Amor – Odio

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El binomio amor-odio ha deambulado por los afectos humanos a nivel individual y social tomados de la mano. Los títeres de la derecha de Nuestra América desde su indigencia lingüística y conceptual, llámense Santos, Uribe, Macri o Bolsonaro han optado por el extremo disgregador del odio imperial que cada tanto evidencia Trump en sus desbordes discursivos. En nuestro mequetrefe local y sus adláteres, como en el resto de los mortales conviven sin dudas esas pulsiones contrapuestas pero políticamente han decidido optar por descargar e inocular a sus seguidores con el odio al opositor “envilecido”, al diferente, al “extranjero”, al terrorista que se atreve a defender sus derechos y/o su territorio. Esto siempre ha resultado sumamente peligroso porque, ya sea desde el Estado asesino o desde sus fanáticos seguidores, la violencia simbólica y física se ha descargado en todas sus variantes sobre los supuestos “enemigos” de la República y las leyes.

Cuentan que Empédocles de Agrigento en el siglo V a.c. paseaba por su ciudad envuelto en un manto púrpura adornado de oro y lucía largos cabellos ceñidos con una corona de laurel. Lo seguían sus discípulos y ciudadanos que le pedían que curara sus enfermedades.

Empédocles había sintetizado las teorías de los jónicos con respecto al principio originario de la realidad y afirmaba que objetos y organismos nacen de la unidad de cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra. Cada nacimiento es una mezcla de estos elementos y cada muerte es la separación de lo que estuvo unido durante un tiempo.

La fuerza que une los cuatro elementos es el Amor y la que los separa es el Odio. Estas fuerzas no cesan de disputarse la hegemonía del mundo y cada una conoce alternativas de éxito y fracaso.

Recorriendo las páginas de los diversos medios de comunicación actuales no parecen quedar dudas sobre qué fuerza está triunfando en el mundo, en la Región y en nuestro país en estos momentos.

Las guerras y sus consecuencias, la depredación del ambiente, las políticas económicas mercantilistas del capitalismo neoconservador, la xenofobia y el clasismo, el individualismo egoísta, la anestesia social, los fundamentalismos de diverso cuño, el dogmatismo retrógrado, el analfabetismo cultural y político, el imperialismo intervencionista, el patriarcado machista y violento, forman un combo explosivo que tiende a la disgregación de lo mejor que el amor puede unir.

“El pensamiento dialéctico se puede describir como un modo de concebir una idea que involucra la necesaria coexistencia de su contrario o complementario… Dentro de la multitud de matices del lenguaje de las pasiones, parece natural proponer que los dos grandes polos en que se agita el Alma del mundo, como también el alma humana individual, son las emociones básicas del amor y del odio, en una tensión dialéctica constante” David Emilio Morales Troncoso.

Así es como el para amor-odio ha deambulado por los afectos humanos a nivel individual y social tomados de la mano.

Los títeres de la derecha de Nuestra América desde su indigencia lingüística y conceptual, llámense Santos, Uribe, Macri o Bolsonaro han optado por el extremo disgregador del odio imperial que cada tanto evidencia Trump en sus desbordes discursivos.

En nuestro mequetrefe local y sus adláteres, como en el resto de los mortales conviven sin dudas esas pulsiones contrapuestas que bien describiera Sigmund Freud en el concepto de ambivalencia y Lacán en la “odioenamoración”. Pero políticamente han decidido optar por descargar e inocular a sus seguidores con el odio al opositor “envilecido”, al diferente, al “extranjero”, al terrorista que se atreve a defender sus derechos y/o su territorio. Esto siempre ha resultado sumamente peligroso porque, ya sea desde el Estado asesino o desde sus fanáticos seguidores, la violencia simbólica y física se ha descargado en todas sus variantes sobre los supuestos “enemigos” de la República y las leyes.

Las fuerzas represivas tienen vía libre para ejercer todo tipo de violencia represiva de la protesta social, los servicios actúan al amparo de enmascaramientos absurdos, pretendiendo ser aquellos a quienes combaten por violentos, los políticos oficialistas y sus fotocopias pseudo-opositores descargan su incontinencia verbal televisa con quienes atentan contra una gobernabilidad de pacotilla.

El amor oficialista tiene en cambio un simbolismo peculiar. Nos impulsa a todes a ser poliamorosos con quienes saquean nuestros recursos, pretenden reemplazar nuestras fuerzas productivas por las de ellos, ocupar militarmente nuestro territorio (con infantiles excusas) y mantener la dominación económica, cultural y política a través del mecanismo histórico de una deuda usuraria mientras la oligarquía local sigue explotando y hambreando al pueblo. Pongamos las dos mejillas y las nalgas al servicio amoroso del enemigo, parece ser el mensaje oficial. Piñera y su banderita chileno-estadounidense constituye el mejor ejemplo del neoesclavismo latinoamericano.

Finalmente tendremos que darle la razón a Platón cuando afirmaba que los que hemos conocido a EROS (como representación además del BIEN) en la praxis política no nos podemos arrepentir (como hacen algunos en los tribunales) y seguiremos peleando colectivamente a su cobijo por un mundo más justo, solidario, igualitario y libre.

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