Apartheid nacional

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Con el desprecio a flor de piel, “señoras bien”, han decidido impedir que sus empleadas domésticas puedan viajar en los mismos transportes especiales que poseen en Nordelta. Esta “lógica” propuesta, nos hace retroceder ahora a ese viejo “apartheid” sudafricano o al originario del imperio del norte, con sus mismas actitudes de asqueante odio racial.

Durante veintisiete años, Mandela soportó la cárcel solo por su condición de conductor de la lucha contra la discriminación en Sudáfrica. El “apartheid”, tal fue la denominación de aquel proceso, que cobró después carácter mundial para definir todo tipo de menoscabo a la condición humana, sea por el color de piel o por los niveles de pobreza de la población. Ese hombre inmortal, ese ejemplo de valentía y paciencia infinita, supo construir la fuerza capaz de derrotar a los perversos segregacionistas de su nación, para comenzar a transitar la difícil senda de la convivencia.

A pesar de semejante antecedente, esas miserables actitudes de odios descontrolados de quienes se consideran superiores por origen racial o económico, continúan siendo base de la construcción de las actuales sociedades, en todo el mundo. También en Argentina, por supuesto.

Nuestra historia como Nación nace basándose en hechos de profunda discriminación étnica. La acumulación de las fortunas de los dueños de la Argentina tiene sus inicios en el genocidio perpetrado contra los habitantes originales de nuestra tierra. A partir de ese hecho irrefutable de desprecio racial, comienza el largo derrotero de odios transmitidos de generación en generación, que fue sumando en su camino a las otras clases sociales que, paradójicamente, fueron también originariamente segregadas cuando sus primigenios integrantes, inmigrantes pobres de la Europa sureña, llegaron a intentar sobrevivir a las matanzas y las hambrunas que los expulsaron de aquel continente.

La condición oscura de la piel, a pesar de las falsas palabras de discursos almibarados de los politiqueros oligarcas que se fueron sucediendo, se convirtió en razón principal para mantener alejado a ese sector de la población del constituído por viejos y nuevos ricos. El empoderamiento que se le dió a los trabajadores en la década que comenzó en 1945, no fue suficiente basamento para un cambio cultural que nunca pudo afianzarse, incluso con una nueva camada de antiguos discriminados convertidos en discriminadores de sus pares más pobres.

Con semejante antecedente, no extrañan los hechos acaecidos en ese paradigmático desarrollo inmobiliario denominado “Nordelta”, especie de conjuntos de barrios cerrados habitados por “oligarquitas” de prosapias poco claras y fortunas de orígenes, a veces, demasiado oscuros.

Con el desprecio a flor de piel (y de labios), “señoras bien”, rubias por fuera y por dentro (al decir de la Legrand), han decidido impedir que sus empleadas domésticas puedan viajar en los mismos transportes especiales que posee esa urbanización. Esta “lógica” propuesta de semejantes energúmenas, nos hace retroceder ahora a ese viejo “apartheid” sudafricano o al originario del imperio del norte, con sus mismas actitudes de asqueante odio racial.

La oligarquía ha logrado, muy a pesar de los sectores populares que pregonan la igualdad, invadir los sentidos culturales más profundos, aprisionando las rebeldías naturales a semejantes despropósitos sociales, naturalizando una realidad bestializada, convirtiendo al odio en motor de la vida social y política, anulando los conceptos más elementales de la condición humana.

Deconstruir semejante desvarío es una tarea primordial para articular una nueva Argentina. Modificar el oscuro sentido antihumano de la estructura social actual, resulta un objetivo imprescindible para comenzar a cambiar la realidad que le dio orígen y sostén. Evolucionar hacia nuevos estadíos de natural convivencia entre iguales, desechando las falsedades y corriendo de la escena decisoria a los falseadores, es la actitud inescindible de la labor reconstructora de lo económico y lo político.

Y expulsar a los malditos herederos de los sanguinarios “ocupas” de tierras y poderes que nunca les correspondieron por derecho, es la labor inexcusable de un Pueblo que quiera poner punto final a una historia que nos fuera contada por relatores de fraudulentas honestidades, tan falsas como sus pretensiones aristocráticas y tan cínicas como sus vilezas disfrazadas de nobles propósitos.

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