Aproximación y desafío al proceso macrista

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Los sectores del privilegio ejercen un poder basado en importantes dosis de fuerza y de consenso, controlando piezas clave tanto de la estructura económica nacional como de la superestructura a través sus aparatos político-jurídico e ideológico. Un poder que si todavía no es plenamente hegemónico es, entre otras causas, porque no ha abandonado su fase corporativa, aun cuando haya logrado confundir a vastos segmentos -por ahora incautos- que suponen que los intereses dominantes coinciden con los propios. El desafío es, pues, desarticularlo y simultáneamente construir poder popular contrahegemónico, tras el objetivo estratégico de instituir el régimen más favorable a los sectores populares dentro del orden capitalista.

[…] la supremacía de un grupo social se
manifiesta de dos modos, como “dominio”
y como “dirección intelectual y moral”. […]

Antonio Gramsci. Tomo 5, C. 19 (1934-1935), p. 387.

Lo que sigue es un intento por contribuir a desentrañar el proceso inaugurado en diciembre de 2015, necesidad de toda acción política destinada a revertirlo.

Mi hipótesis es que el país está ante una situación de vacancia en términos de hegemonía completa, pero que tanto los triunfos electorales del macrismo como las persecuciones y arbitrarias privaciones de la libertad de Milagro Sala y altos funcionarios del gobierno anterior, el encubrimiento de la Gendarmería en relación con la desaparición forzada de Santiago Maldonado, los intentos por obstruir los juicios a genocidas, la revisión de condenas por crímenes de lesa humanidad, la transformación del Estado para trasladar toda capacidad regulatoria a los sectores oligopólicos, la abrupta modificación del régimen de acumulación del capital y otras transformaciones estructurales -las ya consumadas y las que vienen-, el control del Congreso por encima de las representaciones formales, la subordinación de áreas estratégicas del Poder Judicial y la censura a periodistas de investigación son, entre otros, hechos que no podrían haberse consumado con la sola voluntad de un gobierno que hace seguidismo de encuestas, son algo más que la punta de un iceberg pero no todo el iceberg.

Entiendo que la citada sucesión de “cambios” no sólo confirman -y son posibles por- aquel aserto de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante -con su nada desdeñable influencia en el comportamiento político de vastos sectores sociales-; son, además, la manifestación de un salto incremental en la construcción de un poder hegemónico retardatario.

En cuanto a las ideas dominantes, no es necesario ser un avezado analista para percibir su fuerte impronta en afirmaciones del tipo “se robaron todo”; o en la indiferencia, cuando no el tácito aval, ante la impunidad en la que se ampara la violencia de fuerzas de “seguridad”, que actúan protegiendo de los pobres y de cualquier grupo que se considere “marginal” a las capas medias y altas. Violencia y protección cuyo fundamento es la construcción ideológica que supone que pobreza y peligrosidad son sinónimas. En cambio, los delitos de las capas medias y altas -tales como los manejos financieros ilegales, la evasión fiscal, la explotación infantil o el trabajo esclavo- no son percibidos como amenazas al statu quo, sino todo lo contrario; razón por la cual para la ideología dominante no son peligrosos y, por lo tanto, no merecen la condena social. Este control ideológico es constituyente del consenso necesario a la hegemonía en cuestión.

Los nuevos viejos principios empresariales

Lo sabe la derecha argentina que lee a Gramsci desde hace años y conoce también los aportes de las figuras más importantes de nuestro pensamiento nacional, desde Bolívar y Artigas hasta Scalabrini Ortiz y Jauretche. Se inspira en el revolucionario sardo para construir y mantener el poder social y en los patriotas para hacer exactamente lo contrario de lo que ellos propusieron. El objetivo ha sido siempre el mismo: proteger y consolidar sus privilegios e intereses. La novedad está en que esta vez parece estar aplicando el pensamiento gramsciano con mayor rigor y mejor aprovechamiento de las condiciones de contexto.

Si se admite que el dominio social se puede dar en distintos grados y formas, con el macrismo la clase dominante ha dado un paso más en su hasta ahora frustrado intento por alcanzar una hegemonía completa o clásica sobre el conjunto social, y así lograr su transformación estructural, mas también irreversible. El indicador más elocuente de la histórica incapacidad de los sectores dominantes para establecer tal hegemonía, es decir, para constituirse como grupo dominante y dirigente, fue su otrora insalvable necesidad de apoyarse en la fuerza de las instituciones armadas o en el fraude para imponer, pero sobre todo para mantener su dominio: nunca alcanzaron la hegemonía plena, aunque nunca perdieron completamente el dominio; las distintas experiencias del movimiento nacional y popular lo pusieron en jaque, pero no lo quebraron.

Debo aclarar que las citas del pensamiento de Gramsci -incluyendo la del epígrafe- corresponden, a los “Cuadernos de la cárcel”, edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana; publicada en español, en 1999, por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, y Ediciones Era.

La reflexión gramsciana sobre la hegemonía estuvo determinada por la preocupación por hallar una estrategia política que favoreciera la toma del poder por el proletariado, de ahí su pertinencia analítica en relación con la conquista y el ejercicio del poder en distintos casos, siempre que se consideren las condiciones de la situación histórica en cuestión. Al referirse a Occidente, Gramsci atribuye relevancia a la sociedad civil que, como la sociedad política, se hallan dentro de la superestructura del bloque histórico -conceptos cuyo significado suele no coincidir con el que se les da en el lenguaje político corriente-. Esta particularidad de Occidente conduce a que la hegemonía prevalezca sobre la mera dominación política de clase, dado que “es la ascendencia cultural de la clase dominante la que garantiza esencialmente la estabilidad del orden capitalista. […] hegemonía significa la subordinación ideológica […]”. (Perry Anderson, Las antinomias de Gramsci, 1981, p. 46).

Cabe agregar que la hegemonía completa según Gramsci no es equiparable a una mera supremacía ideológica, pues señala claramente que “si la hegemonía es ético-política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejercita en el núcleo decisivo de la actividad económica”. Cuando es completa la hegemonía de una clase sobre toda la sociedad, esa clase disgrega a sus adversarios, logra el consenso de las clases y grupos sociales aliados, tiene intelectuales orgánicos, produce una crisis orgánica en el viejo orden social, aglutina y configura una voluntad colectiva en un partido revolucionario, tiene las riendas de la economía para transformarla de raíz y consigue primacía en las superestructuras ideológicas, convirtiendo su filosofía en cosmovisión de masas y sus intereses en universales (nacionales).

Aunque, como fue señalado en el documento de trabajo n°15 de FLACSO-CIFRA, CTA (2016), bajo dirección de E. Basualdo, en las “actuales circunstancias […] los movimientos nacionales y populares no cuestionan todas las formas de dominación del capital sobre el trabajo sino la explotación que ejerce un bloque de poder específico y el tipo de Estado que la acompaña. Es decir, que (en nuestro caso, M. d C.) la problemática popular delimita un espacio social diferente a la problemática clasista […]”. Así, los hechos antes mencionados pueden ser considerados como reflejo de un avance de los sectores dominantes en procura de la hegemonía completa, y el consecuente retroceso de los sectores subalternos en una construcción contrahegemónica.

Ésta es la situación a la que debemos enfrentarnos hoy en la Argentina: los sectores del privilegio ejercen un poder basado en importantes dosis de fuerza y de consenso, controlando piezas clave tanto de la estructura económica nacional como de la superestructura a través sus aparatos político-jurídico e ideológico. Un poder que si todavía no es plenamente hegemónico es, entre otras causas, porque no ha abandonado su fase corporativa, aun cuando haya logrado confundir a vastos segmentos -por ahora incautos- que suponen que los intereses dominantes coinciden con los propios. El desafío es, pues, desarticularlo y simultáneamente construir poder popular contrahegemónico, tras el objetivo estratégico de instituir el régimen más favorable a los sectores populares dentro del orden capitalista.

Aplicados a la situación nacional, los aspectos del pensamiento gramsciano que he considerado -breve y parcialmente-, nos llevan a analizar el bloque de poder que habrá que enfrentar. Sólo haré una somera descripción, suficiente a los efectos de este trabajo.
Desde la asunción del gobierno de la alianza Cambiemos se pudo comprobar la conformación del nuevo bloque de poder considerando la composición del gabinete de ministros, a partir del concepto gramsciano de intelectual orgánico. En el citado documento de FLACSO-CIFRA, CTA se encuentra un pormenorizado análisis del proceso de formación de intelectuales orgánicos de los sectores dominantes desde 1955, y se afirma que “El gabinete del gobierno de la alianza Cambiemos expresa hasta donde maduró ese proceso del cual son hijos”.

Si bien el gabinete ha sufrido algunos cambios, las variantes no reflejan alteración en la conformación ni en las relaciones de poder en el interior del bloque -no exento de contradicciones-: los bancos transnacionales y empresas vinculadas a la producción y refinación de hidrocarburos y prestadoras de servicios públicos ejercen su conducción; lo que implica una diferencia importante con el bloque de poder conformado por la derecha en 1976, que fue liderado por los grandes grupos económicos locales. La reciente incorporación del presidente de la Sociedad Rural tiene un importante valor simbólico -respecto de lo cual haré algún comentario más adelante- pero no otra incidencia.

A partir de estos elementos se pueden hacer distintas consideraciones, me limitaré a señalar que las únicas expresiones políticas que no tienen sus raíces en alguna fracción de este bloque de poder y que por lo tanto están en condiciones de asumir la construcción de un bloque nacional-popular, son Unidad Ciudadana -que constituye la representación actual del movimiento nacional, popular y democrático- y algunas agrupaciones de la izquierda tradicional como el FIP. Entiendo que en la proclama de Cristina Fernández del 22 de octubre último “acá no se acaba nada, aquí empieza todo” habría que interpretar que lo que empieza no es solamente la preparación para las próximas elecciones sino una tarea más compleja y exigente que es la composición de una nueva hegemonía. De lo contrario, serviría para muy poco ganar elecciones. Este esfuerzo, que será largo y sostenido o no será, me lleva a reflexionar sobre el problema de la ideología de masas, en continuidad con las consideraciones realizadas más arriba.

Tal como Durkheim, Weber y Marx, también Gramsci concedió una importancia fundamental al estudio de la cuestión religiosa. Para él, como para los mencionados clásicos de la sociología, lo importante no fue el estudio del fenómeno religioso en sí, sino el uso del análisis socio-religioso para investigar otros aspectos; en otras palabras, el estudio de la religión en función de una finalidad no religiosa. En lo que aquí interesa, hay dos dimensiones clave del pensamiento del revolucionario italiano abordadas mediante el análisis de los hechos socio-religiosos: a) la transformación de la sociedad civil y b) la transformación de la ideología de masas.

Que la conocida historia del Presidente y las sucesivas conformaciones del gabinete pero sobre todo la actual, en la que conviven nada menos que quien fuera presidente de Shell en el país y quien era (¿o sigue siendo?) presidente de la Sociedad Rural -con todo lo que estas instituciones y sus conducciones deberían significar en el imaginario nacional-, no hayan hecho mella en la convicción de sectores sociales que por definición corresponden al campo popular, en cuanto a que este gobierno los beneficia y los va a seguir beneficiando, es un indicador inequívoco de la necesidad de un trabajo ideológico destinado a desalojar la ideología chatarra que se ha arraigado en distintos ámbitos de la sociedad civil.

Otra prueba del déficit popular en tal sentido estuvo dada por el efecto de las intervenciones de Cristina por cadena nacional que, como la mayoría de sus pronunciamientos, tenían un fuerte contenido ideológico, potencialmente orientador de un comportamiento político que no se verificó. En muchos destinatarios, no sólo de los discursos sino de los beneficios de su gobierno, pudieron más cuestiones de forma -como “es soberbia”- que el contenido de lo que estaban escuchando. Esto habla de un alto grado de despolitización y de la manipulación del pensamiento y los sentimientos que hoy se practica con los recursos más sofisticados, pero que -insisto- puede y debe ser contrarrestada.

Ante la necesidad de crear una voluntad colectiva revolucionaria, Gramsci se interesó por los problemas del conformismo y el hombre colectivo u hombre-masa (conceptos que se pueden ver en U. Cerroni, 1978). Destacó la “tendencia al conformismo en el mundo contemporáneo más extensa y más profunda que en el pasado: la estandarización del modo de pensar y de obrar asume extensiones nacionales o, aún más, continentales”; dada esta tendencia, hay que intentar con-formar a las masas hacia el fin político y cultural propio de la filosofía de la praxis, que incluye la crítica del modo de pensar popular: “La cuestión es ésta: ¿de qué tipo histórico es el conformismo, el hombre-masa del que forma parte? […] Criticar la propia concepción del mundo significa también […] criticar toda la filosofía existente hasta ahora, en cuanto ésta ha dejado estratificaciones consolidadas en la filosofía popular”.

En momentos de repliegue del poder popular en nuestro país, he considerado oportuno apelar al legado fundamental que se desprende del esfuerzo teórico de Gramsci, cuya síntesis se puede hacer diciendo que si la infraestructura social condiciona la posibilidad de generar una nueva historia, las superestructuras representan las iniciativas que realizan esa historia.

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