Aromas dulces

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El Día de la Inmaculada Concepción, en la iglesia de la Santa Cruz, se evoca en una misa a 12 personas que se reunían allí. El 8 de diciembre de 1977 fueron secuestradas en la puerta de esa parroquia diez personas, entre ellas la religiosa francesa Alice Domon, que preparaban una solicitada para reclamar por desaparecidos. Dos días después, fueron llevadas de sus casas Azucena Villaflor de De Vincenti, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, y otra monja, Leonie Duquet. 40 años después, con los hechos de represión de los últimos tiempos y las declaraciones de personajes que no endrían que tener nunca más voz en la democracia, ¿será posible repetir esta conmemoración?

Este vez serán 40 años. Como todos los 8 de diciembre la muchedumbre se convocará al pie del calvario de un Cristo crucificado de la iglesia de la Santa Cruz, en ese lugar preciso de donde se los llevaron en 1977. El accionar siniestro se completó el 10 de diciembre, dos días después, con las últimas Madres.

Tradicionalmente cada 8 de diciembre el pueblo creyente recuerda a la virgen María, por eso una Madre de Plaza de Mayo le coloca, como un ritual sagrado “a la campesina embarazada de Nazaret”, figura modelada en arcilla, un pañuelo blanco en la cabeza, pañuelo que también tiene el valor simbólico – según repiten – de un pañal de cualquiera de los niños desaparecidos en cautiverio.

A los cristianos estos actos le dan la posibilidad de volver a memorar aquellos momentos iniciales de su propia vida impregnada de fieles lealtades, que se fueron convirtiendo con el tiempo en militancia creyente, social, ecuménica, conciliar, también con ausencias, flaquezas, oscuridades, tinieblas y circunstanciales incertidumbres. Seguramente un personal “huerto de los olivos”.

Algunos no comprenderán el sentido de ese acto comunitario -pleno en la diversidad de ideologías y creencias- donde en democracia jamás existió dificultad alguna para pasar del «Todo al Uno»? Ese Uno que en cada “presente” levará manos con dedos abiertos en «V», otras cerradas en puño, voces apagadas, gritos fuertes, estentóreos, silencios abrumadores. Oraciones de niñez y adolescencia de distintos credos, y de ninguno, desgranadas en el misterioso interior de la memoria. Trascendencias e intrascendencias. Tan opuestas, pero aun así, “Todos en Uno”.

Con respetuosa serenidad, comprensibles dolores, justificables vivencias. En ese hermoso jardín humano, surgen cada año los nombres pasados que antaño brotaron y se convirtieron en flores de esperanzadas alegrías, aromas dulces de cosas por venir, secretos voceados desde la humildad de los que se creyeron abandonados y en la penumbra del amanecer todavía vislumbran un nuevo día. Destino último. Definitivo encuentro con el amado.

Cabe preguntarse, faltando dos meses ¿será posible repetir esta conmemoración universal el próximo 8 de diciembre? ¿no vendrán aquí los encapuchados que antes nunca vinieron? ¿querrán recordarnos que el dolor siempre es posible?

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