Bolivia

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El silencio y la aparente indiferencia europea ante el golpe en Bolivia llama la atención, como llaman la atención las “exóticas” justificaciones que se utilizan para minimizar la significación que tiene el golpe en términos económicos, políticos y sociales, y las consecuencias que el golpe tendrá para el futuro de la región en su totalidad. Digo «en principio» porque no hace falta mucha perspicacia para comprende que estos silencios e indiferencias son parte importante del decorado que exige el momento.

(Desde Barcelona) La prensa europea, en su mayor parte, se plegó al relato de las derechas vernáculas en América Latina, y replicó, con matices, el entusiasmo de la Administración Trump, que se apresuró a festejar el golpe. Algo semejante ocurrió en 2002, ante al golpe contra Chávez. Y unos años más tarde, ante el golpe contra Zelaya. Estos y otros comportamiento revelan una política de Estado.

Esta vez, Trump fue más que explícito en su apoyo a los golpistas. Felicitó en un comunicado a las Fuerzas Armadas de Bolivia por el trabajo realizado en “pos de la democracia y la felicidad del pueblo boliviano”. El mensaje es consonante con la larga historia de intervencionismos de los Estados Unidos en la región. También el rol de la OEA reveló el lugar que ocupa en el tablero geopolítico como cabeza de playa del imperialismo estadounidense en la región.

En principio, el silencio y la aparente indiferencia europea ante el golpe en Bolivia llama la atención, como llaman la atención las “exóticas” justificaciones que se utilizan para minimizar la significación que tiene el golpe en términos económicos, políticos y sociales, y las consecuencias que el golpe tendrá para el futuro de la región en su totalidad. Digo «en principio» porque no hace falta mucha perspicacia para comprende que estos silencios e indiferencias son parte importante del decorado que exige el momento.

Anti-populismo

A nadie se le escapa que América Latina, pese a lo variopinto de su geografía y su cultura, conforma un bloque en el cual las vicisitudes nacionales se traducen en epidemias regionales.

La derrota del llamado “bloque populista”, después de más de una década de victorias electorales y relativos éxitos de gestión, en un período que se bautizó, tal vez ingenuamente, como “posneoliberal”, lo articuló una Santa Alianza formada por (1) el poder corporativo (en el cual el rol del periodismo fue crucial); (2) el eje transatlántico; y (3) un poder judicial convertido en brazo armado del poder financiero y los sectores clave de la economía local, que convirtieron en enemigos a los contrincantes políticos, persiguiéndolos, acorralándolos y encarcelándolos.

Ocurrió con Chávez en Venezuela, con Zelaya en Honduras, con Lugo en Paraguay, con Dilma y Lula en Brasil, con Cristina en Argentina, y con Rafael Correa en Ecuador, mientras los defensores a ultranza de sus respectivas democracias, aquí en España, cada uno envuelto en su propia y particular bandera, guardaban un silencio cómplice o tergiversaban los hechos para acomodarlos a sus propias circunstancias.

Milicos

Ahora bien, el golpe a Evo se distingue en un aspecto crucial de los golpes blandos y el lawfare a los que nos tiene habituados el establishment, porque ha entrado en escena un nuevo-(viejo) actor (4) las fuerzas armadas, y eso eleva la alarma de peligro a nivel rojo.

Porque mientras aquí se discute el franquismo “amagado” de la sociedad española, un golpe de Estado en Bolivia, perpetrado por las Fuerzas Armadas y apoyado explícitamente por la diplomacia estadounidense y europea (un golpe de Estado perpetrado contra el experimento progresista más inusual y feliz que haya vivido el mundo en muchas décadas) es ignorando enteramente, no solo por las derechas explícitamente xenófobas, sino también por aquellos cuyos lemas y postureos habituales se asumen como progresistas.

No hace falta ser muy leído (aunque se exige una buena cuota de desmemoria para no reconocerlo de este modo), que las proscripciones políticas, los exilios, los asesinatos, los encarcelamientos, las desapariciones, las falsas denuncias, las extorsiones, han sido (en gran medida) acciones perpetradas por las derechas de la región para torcerle el brazo a las fuerzas populares envalentonadas y ambiciosas de libertad e igualdad. Mientras tanto, las fuerzas “progresistas europeas” optan por la indiferencia o la intelectualización fácil, para evitar confrontar con el poder hegemónico en sus propios campos de batalla.

Macri

La reacción del gobierno saliente en la Argentina es una amenaza velada dirigida contra el gobierno entrante de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.

Al justificar el golpe, al describirlo como “inestabilidad institucional” y al retratar los acontecimientos como una mera dimisión del presidente Morales, consecuencia de sus propias faltas institucionales (el hipotético fraude), Macri y sus aliados en la región le guiñan un ojo a las Fuerzas Armadas, les reconoce el lugar de reserva moral que antiguamente servía para atizar sus intervenciones para interrumpir los procesos institucionales cuando la valoración ético-política de las élites lo juzgaban necesario.

De este modo, la derecha latinoamericana, ahora en retroceso (lo vemos en Chile, en Ecuador, en Argentina, en Brasil), se guarda la carta de la violencia política ante la eventualidad del resurgimiento de un política progresista que ponga en cuestión la adquisición de nuevos privilegios por su parte.

Racismo

Pero el golpe de Bolivia tiene un aspecto que debería avergonzar aún más al progresismo europeo, enfrentados al negacionismo institucional y mediático que los envuelve. El golpe en Bolivia es un golpe racista, perpetrado contra el gobierno indígena de la región, dirigido explícitamente contra estos colectivos.

Hoy sabemos que la denuncia del supuesto fraude está en duda, que el informe de la OEA, una vez más, fue una jugada de la organización para facilitar la instauración de un gobierno títere en el Palacio Quemado que responda a los intereses estadounidenses. No debemos olvidar los repetidos enfrentamientos que durante los últimos catorce años ha tenido el gobierno de Morales con la Embajada Estadounidense en el país, y los gobiernos de turno en la Casa Blanca.

La Unión Europea se ha desentendido enteramente de la cuestión y deja hacer.

Por su parte, el Parlament catalán, que con tanta fruición en los últimos años ha promovido tantas proclamaciones inútiles a favor de personajes siniestros que, como Juan Guaidó o Leopoldo López han llegado a animar intervenciones militares en la región, sigue sin emitir juicio alguno sobre el golpe racista en Bolivia.

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