Brasil abrazador y una escena Dantesca

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El temor acudió instintivo, ese pavor ancestral de los seres vivos nos puso alerta.

Se huele hasta aquí, bien al sur, la magnitud de un incendio continental.

Primero fue un olor a quemado, el ardor en los ojos y un resplandor anaranjado. La nube negra, fantasmas espeluznantes ascendiendo, consumiendo todas y cada una de nuestras esperanzas. El discurso del odio y la xenofobia, la intolerancia y la homofobia prendieron la chispa junto a los resecos periódicos del ayer que solo sirven para avivar las llamas; que ya bailan sobre la mansarda.

El incendio se ha desatado; el palacio arde, y con él 200 años de historia. La herencia cultural de una Nación devorada en minutos por el fuego, el fuego al que como designio cósmico solo puede sobrevivir una roca metálica.

Revolotean agitados miles de insectos, salen de la selva y de la costa, del valle y las sierras, vuelan encandilados, enceguecidos su vuelo final.

Y no hay Dios que provoque la lluvia, ni creyente que invoque el agua, solo llanto desconsolado frente a los sueños hechos ceniza. Los bomberos se alejan para no morir, el fuego avanza insoslayable, todo se reduce a una escena dantesca y nosotros meros espectadores, lloramos en silencio, atentos, tomando distancia de la asfixia, ante la amarga noche que se avecina.

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