Carolina nunca nos entenderá

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Esta semana distintas organizaciones sociales de sectores vulnerables acamparon sobre la Av. 9 de julio. La millonaria abogada, Carolina Stanley, que puede verlos desde su cómodo despacho, poco y nada sabe sobre ellos. Nada sabe sobre lo que fue cocinar unos humildes guisos sobre la avenida con mercadería donada, o dormir sobre el asfalto o ir a cagar o mear atrás de un árbol o una lona y volver a la villa con las desilusiones intactas.

Desde las últimas horas del martes 14, las carpas de las distintas organizaciones sociales que componen la parte más vulnerable de un entramado social devastado florecieron como hongos frente al edificio del ex Ministerio de Obras Públicas ubicado en Av. 9 de Julio 1925, y actual sede parcial del Ministerio de Desarrollo Social.

Las muchedumbres originarias de enormes barriadas del conurbano abandonadas a su suerte, llegaron hasta ahí con la intención de –en principio- hacerse visibles y peticionar justas reivindicaciones saqueadas por este manojo de acaudalados que ofician de gobierno.

Allí pasaron la noche, malcomieron tal cual es su costumbre, y el amanecer los chocó con una feroz tormenta que se abatió inclemente durante toda la jornada.

Habrá sido improbable que desde el coqueto despacho del piso catorce que ocupa la ministra de Desarrollo Social, la millonaria abogada Carolina Stanley, posaran sus ojos sobre tan incómoda multitud.

Habrá sido improbable que desde el coqueto despacho del piso catorce que ocupa la ministra de Desarrollo Social, la millonaria abogada Carolina Stanley, posaran sus ojos sobre tan incómoda multitud.

La ministra, de 41 años, hija de un banquero con fértiles negocios en el Citibank durante la época menemista, obtuvo su título en la UBA con un promedio de 9,45 y está casada con Federico Salvai, a la sazón jefe (galán) del gabinete de María Eugenia Vidal y que en más de una oportunidad fantaseó con ser la “la Evita” del gobierno, olvidando torpemente que el rústico graznido de la urraca es incomparable con el trino del ruiseñor.

Seguramente, en base a enormes méritos personales (muy PRO), inició su carrera en la CABA escalando posiciones hasta ocupar el cargo de ministra de Desarrollo Social capitalina.

El primero de sus tropiezos judiciales se originó con las fatídicas inundaciones de abril de 2013 que dejaron, sólo en la ciudad, entre seis y diez muertos mientras Carolina veraneaba en Punta del Este junto a su coqueta familia. Fue denunciada por “estrago doloso seguido de muerte”, junto al -por ese entonces- intendente Mauricio Macri y varios funcionarios más, aunque el juicio, radicado en el Juzgado de Instrucción número 14 a cargo del doctor Ricardo Luis Farías parece estar aletargado.

En 2014, tras ubicar a su prima Cecilia como “Gerente de Operaciones Adolescentes”, dependiente de su misma cartera, fue acusada de utilizar dineros públicos para actividades privadas proselitistas consistentes en la impresión de remeras partidarias.

En 2014, tras ubicar a su prima Cecilia como “Gerente de Operaciones Adolescentes”, dependiente de su misma cartera, fue acusada de utilizar dineros públicos para actividades privadas proselitistas consistentes en la impresión de remeras partidarias.

En 2015, la PROCELAC la imputa por incumplimiento de los deberes de funcionario público y por administración infiel. Recientemente, en 2017, la ministra comete un grosero “error” (¿o traición del subconsciente?) al enviar un mensaje de salutación vía su cuenta en Twitter publicando un mapa de la apetecida República Argentina sin incluir nuestras Islas Malvinas.

Sin ni siquiera pensar en recibir a alguna representación de los acampantes, menos podemos suponer hasta qué punto conoce Carolina los padecimientos de los mismos.

¿Se habrá levantado alguna vez por un pibe con fiebre a las cuatro de la mañana y caminado hasta la posta sanitaria más cercana donde tras esperar una fila de nueve mamás tan necesitadas como ella es atendida por una médica al borde del colapso y a la que se acabaron las muestras gratis del antibiótico que su hijo necesita?

¿Habrá ayudado a su marido cartonero a atar el caballo al carro y verlo salir rogando que vuelva con algunos pesos para comer?; ¿habrá sacado con sus manos piojos empecinados en mortificar las cabezas de sus hijos?; ¿habrá tomado agua contaminada por la cercanía del pozo negro a la bomba?; ¿habrá mantenido alguna relación parecida al amor en una pieza de tres por cuatro con varios chicos alrededor?; ¿sabrá lo que es ver cómo la empresa te corta la luz porque no pudiste pagar la factura y te enganchaste?; ¿y qué, cuando se te acaba la garrafa y cocinas con madera?

No, nada sabe de esto Carolina, como tampoco sabe lo que fue cocinar unos humildes guisos sobre la avenida con mercadería donada por manos solidarias, dormir sobre el asfalto, soportar horas y horas promiscuamente hacinada bajo una chapa, ir a cagar o mear atrás de un árbol o una lona y volver a la villa con las desilusiones intactas.

Recuerdo que en la elecciones de 2015, tras dejar por una hora mi puesto de fiscal en una escuela de San Justo e ir a votar donde estoy empadronado, al salir, escuché a un tipo decirle a otro muy suelto de voz y de cuerpo que le “daba lo mismo votar a Mauricio Macri o a Daniel Scioli”, y que ante mi planteo que no “era lo mismo”, recibí como respuesta que me fuera al carajo.
Evidentemente, mí querido, desinformado e ignoto compatriota, no fue lo mismo.

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