Choripanes Sí, Cacerolas No: Hacia un Frente Nacional

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Las sucesivas movilizaciones de marzo, el reciente ataque frente al Congreso y el consecuente paro de los maestros, han modificado dramáticamente el acontecer político en el país. A punto tal, que el choripán se ha convertido en un símbolo del temor de las facciones dominantes por la renovada presencia en la calle de los sectores populares decididos a defender sus conquistas, enfrentando la represión de la protesta social. El olor del choripán es revelador del movimiento histórico real que está cocinando la sociedad argentina.

Las sucesivas movilizaciones de marzo, el reciente ataque frente al Congreso y el consecuente paro de los maestros, han modificado dramáticamente el acontecer político en el país. A punto tal, que el choripán se ha convertido en un símbolo del temor de las facciones dominantes por la renovada presencia en la calle de los sectores populares decididos a defender sus conquistas, enfrentando la represión de la protesta social. El olor del choripán es revelador del movimiento histórico real que está cocinando la sociedad argentina.

En este contexto, el llamado de Cristina a conformar un frente ciudadano, debe convertirse en el núcleo dinámico de la construcción de un nosotros, que no debería ser otra cosa que un frente nacional en el marco de la contradicción fundamental que envuelve a los argentinos desde hace más de doscientos años: la lucha inconclusa entre la entidad Nación-sectores populares por un lado, y la alianza oligárquico-imperialista por el otro. De no ser así, aquella convocatoria sería una mera fórmula ahistórica y atemporal.

Un frente nacional en el marco de la contradicción fundamental que envuelve a los argentinos desde hace más de doscientos años: la lucha inconclusa entre la entidad Nación-sectores populares por un lado, y la alianza oligárquico-imperialista por el otro. De no ser así, aquella convocatoria sería una mera fórmula ahistórica y atemporal.

Desde una perspectiva filosófica, ese nosotros expresaría el tránsito del individualismo liberal a una sociedad solidaria que potencie y no anule el pleno desarrollo de sus componentes. Desde un punto de vista político, sería el nuevo bloque histórico que disputaría la hegemonía al que hoy se expresa políticamente en la alianza gobernante. Ambas dimensiones del problema son relevantes si se tiene en cuenta que el discurso hegemónico tiene su anclaje en el pensamiento clásico griego y en una versión de la tradición aristotélico-tomista; y tiene además la potencia suficiente como para desvirtuar el referido núcleo dinámico central.

En efecto, más allá de los retoques duranbarbistas, sobresalen las invocaciones platónicas del tipo “Juntos podemos”, “Unidos somos más”, que identifican “virtud” con armonía social: son los “bárbaros” del choripán los causantes de conflictos “destituyentes” y que “cuestan miles de millones de pesos al país”.

El macrismo clasista y futbolero -de palco techado, no de la popular- supone que la lucha de clases es una cuestión “actitudinal” y no un fenómeno propio de toda sociedad con explotadores y explotados, independiente de la actitud de unos y otros; así, el conflicto social -manifestación inequívoca de la lucha de clases- excluye toda posibilidad de “virtud” y de “dignidad individual” dado que es, por definición, la disociación de los elementos “naturales” de la sociedad.

En otras palabras, lo sepa o no, acude a la definición platónica del llamado “Estado de Justicia”, según el cual cada clase realiza sus funciones al servicio del todo y ejerce su “virtud específica”, “educada en conformidad con su destino para servir a la armonía del todo”; ignora que la lucha de clases no es un mandato, ni un imperativo ético o táctico, sino el movimiento mismo de la historia. Recordemos que no la inventó ni la impulsó el marxismo, que se convirtió -sí- en su reflejo consciente cuando Marx demostró que la existencia de determinadas clases está ligada a niveles dados de desarrollo técnico y organización del trabajo.

Por eso es oportuno señalar que el pensamiento clásico griego fue elaborado en el momento de crisis y decadencia de la polis esclavista y, por su impotencia para concebir un orden superador, es en esencia antihistórico. Cuando Aristóteles habla de la inferioridad natural del bárbaro, no comete un error científico: racionaliza los intereses de los esclavistas griegos.

Si el llamado de Cristina no apunta a una romántica y ahistórica articulación de los elementos “naturales” de la sociedad, y está dirigido a organizar la nueva relación de fuerzas que emerge de la reaparición activa de los sectores populares en el primer plano de la vida política nacional, entonces la consigna que encabeza este texto podría significar una expresión cultural primaria de este trascendente hecho político.

Pero el camino de liberación iniciado en 2003 debe ser explicado. Es indispensable teorizar la situación estructural activadora de la contradicción fundamental en este momento histórico, pues la expresión ideológica reaccionaria de la cultura hegemónica oscurece el proceso iniciado hace quince años y le pone fuertes obstáculos para dar cuenta de sí mismo, ganar nuevas conciencias y mantener el respaldo político necesario hasta alcanzar sus objetivos.

Con esa ideología se pretende suministrar, para un problema nuevo de un país dependiente con un desarrollo burgués considerable e importante incidencia de las organizaciones de los trabajadores, una teoría paternalista y estamentaria de “equilibrio de clases”, garantía de desarticulación de los desbordes transformadores surgidos de las bases del movimiento nacional renacido en 2003: esta asfixia ideológica no sólo lo debilitó programáticamente, sino que contribuyó a aislar entre sí a sus componentes principales hasta llegar a enfrentamientos circunstancialmente irreversibles al carecer de un discurso unificador.

Asimismo, la batalla ideológica tiene lugar hasta ahora en el campo que eligió el adversario: la “corrupción”; y ha llevado a los sectores populares a asumir una posición defensiva que facilitó el resurgimiento de la idea nada ingenua de “racionalizar” el movimiento, el cual, sin un andamiaje teórico, corre el riesgo de deslizarse hacia cualquier variante del neoliberalismo hegemónico. Así las cosas, adquiere revitalizada vigencia la firmeza de Yrigoyen cuando se negaba a definir a la Unión Cívica Radical como “partido” diferenciado por un “programa”, e insistía en preservar el carácter totalizador de la Causa frente al Régimen.

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