Ciento veintinueve

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Luego de una fenomenal política de DDHH implementada por Néstor y Cristina, este régimen, al momento de la presentación en sociedad de la última nieta recuperada por parte de Abuelas, prefirió guardar un estruendoso silencio antes de reconocer la valentía, empeño, constancia y perseverancia inclaudicable que las Abuelas pusieron en la recuperación de aquellas criaturas que, habiendo sido arrebatadas de sus familias originales, debieron sobrellevar sus vidas a la par de las de sus apropiadores.

Tan sólo a veintiún y diez años de haber padecido los horrores de las dos últimas dictaduras cívico-eclesiástico-militar, el 24 de marzo de 1976, y ya con el golpe “oliéndose” en el ambiente, esa madrugada, la tapa del Gran Diario Asesino expresaba “Nuevo Gobierno”, eufemismo con el que denominaba la instauración en nuestro apetecido país, de lo que sus autores apodaron “proceso de reorganización nacional”, el cual superaría en cretinismo, profanación y codicia asesina los dos golpes precedentes ya que, reitero, –casi- cada diez años se derrocaban gobiernos surgidos de los votos (no de la voluntad popular), si tenemos en cuenta que muchos de ellos fueron simulacros llevados a cabo en medio de exilios o proscripciones.

Las caras visibles las aportaron Jorge Videla, Eduardo Massera y Ramón Agosti, aunque el cerebro e ideólogo fue –también una vez más- José A. Martínez de Hoz, hijo y nieto de terratenientes propietarios de vastas extensiones de tierra espúreamente habidas. Ambos, M. de Hoz y Videla –extrañamente- habían nacido en junio de 1925 (con once días de diferencia) y uno y otro, con 51 años, se encargaron de enterrar, el primero las chimeneas de miles de fábricas y el segundo, dramáticamente, a ¿30.000? compatriotas.
Durante esa nefasta etapa, se violaron derechos y viviendas, se vulneraron libertades, reprimieron opiniones, se implantaron campos de concentración, se inventaron enfrentamientos y así pasamos a ocupar un suelo donde todos éramos sospechosos y cualquiera podía, -por más ínfimo que fuera el motivo-, ser detenido, encarcelado y desaparecido.

Si todo este rosario de calamidades no hubiera sido suficiente para describir el pensamiento y el accionar de estas bandas incalificables, va de suyo que tampoco tuvieron la más mínima piedad con las compañeras embarazadas, a las cuales, en general, contuvieron mínimamente con la sola finalidad de apoderarse de los frutos de esas entrañas torturadas y escarnecidas para luego, como supremo botín de guerra (no se me ocurre o no quiero emplear otro término), REPARTIRLOS siguiendo vaya a saberse qué criterio.

En el siguiente punto, venciendo el asco que me provocan con sus dichos algunos personajes, debo estar de acuerdo sobre las famosas “cifras” de desaparecidos, ya que no creo en treinta mil jóvenes y adultos y quinientos niños en tales condiciones ya que, considero, deben ser muchísimos más.

Un año y pico después del golpe, doce valientes mujeres, se dieron a conocer como “Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos”, pero, con el paso del tiempo, comenzaron a ser reconocidas simplemente como “Abuelas de Plaza de Mayo”.

Obviando la grosería de no poder nombrar a todas y cada una de ellas, simplemente quiero abarcar en la figura de Estela, (a la que la vida recompensó con la restitución de su propio nieto), la valentía, empeño, constancia y perseverancia inclaudicable que pusieron en la recuperación –pacientemente- de aquellas criaturas que, habiendo sido arrebatadas de sus familias originales, debieron sobrellevar sus vidas a la par de las de sus apropiadores.

Que se sepa, a comienzos de mayo de 1982, con tan sólo 23 meses de edad, en Uruguay, una patota se apoderó de una niña para luego, como una práctica cruel, habitual y de rutina, hacer desaparecer a sus padres. En 1987, y como fruto de su tesón personal, la niña es recuperada por su propia abuela.

Sería muy largo -ni pretendo-, enumerar las incontables obras, gestiones, visitas a líderes mundiales, esfuerzos inclaudicables o el vencer los temores que inspiraban los tétricos Falcon verdes en sus raides de muerte y destrucción, me basta con expresar la admiración que siento por esas canas, por esas arrugas, por esos pies cansados de caminar y girar por mil caminos argentinos y extranjeros hasta llegar, en estos días al mágico número de 129, que no significa en sí mismo ni tan sólo una cifra ni una estadística, sino que es haberle devuelto, a los cuarenta y pico, su historia, su identidad y la verdadera familia a una mujer, aunque en lo más recóndito de nuestros corazones, nos sigamos refiriendo como a los “chicos desaparecidos”.

Luego de una fenomenal política de DDHH implementada por Néstor y Cristina, este régimen, al igual que con la gesta de Malvinas, al momento de la presentación en sociedad de la última nieta recuperada por parte de Abuelas, prefirió guardar un estruendoso silencio acompañado el mismo por numerosos connacionales, muchos de los cuales no habrán vacilado, en aquellos años durísimos de la dictadura, en lanzar sus célebres “Algo habrán hecho, o Por algo será”. Apropiémonos de las mismas al momento de ver sentados ante los jueces o frente a algún tribunal, a todos los integrantes de esta nueva apropiación a la Patria.-

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