Contra-redes

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Las redes son herramientas insoslayables para los que concentran todas las decisiones y pretenden seguir haciéndolo porque además de modificar las conductas sociales penetran aún más profundamente en la psiquis de sus usuarios convirtiéndolas en campo de juego de las peores conductas humanas, esenciales para corromper los lazos solidarios de una sociedad desperdigada en mil pedazos.

Las llamadas “redes sociales”, tienen la virtud de ser accesibles para cualquiera que desee expresarse. De allí la masividad de su utilización en el planeta, lo cual tiende a hacernos pensar que estamos ante un verdadero prodigio de la democracia socializadora de la palabra, un ámbito donde se podrían lograr esos sueños de libertades individuales tan caras a la humanidad desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, semejante maravilla de las comunicaciones, arrastra consigo la pesada carga de un poder que nunca abandona su empecinada tarea de apropiación de los sentidos mayoritariamente impuestos a la población mundial a través de las más diversas formas. Las redes son, entonces, herramientas insoslayables para los que concentran todas las decisiones y pretenden seguir haciéndolo, en nombre de supra-poderes nunca visibles, pero presentes en cada acción que nos genere dependencias derivadas de necesidades inventadas para asegurar sus dominios.

Además de modificar las conductas sociales hacia la aprobación mayoritaria de políticas económicas y financieras generadoras de desigualdades profundas en el acceso a los derechos humanos elementales, penetran aún más profundamente en la psiquis de los usuarios de esas redes comunicacionales, convirtiéndolas en campo de juego de las peores conductas humanas. Son alimento esencial para corromper los lazos solidarios de una sociedad desperdigada en mil pedazos, base para una desintegración identitaria a través de la destrucción de los mejores valores filosóficos e ideológicos elaborados a lo largo de la rica historia de los pueblos.

De ahí al resultado obsceno de lo publicado en esas redes, solo está el paso de la descerebración de los usuarios, reducidos a “parlantes” que vibran al compás de los algoritmos ordenados desde el ciberespacio, controlado por nuestros amos neuronales, dirigidos con absoluto desparpajo a la autodestrucción de la sociedad a la que someten con perversa “pasión”.

Allí es que encontramos las peores diatribas, los mensajes más soeces, los ataques más despiadados, las palabras más dañinas, todo con los oscuros y manifiestos objetivos de acabar con quienes les han señalado como sus enemigos. Construyen estructuras psicológicas complejas imposibles de romper, mediante las cuales aseguran pensamientos sin base de sustentación en verdad objetiva alguna, pero suficientes para señalar el camino que deben seguir los enajenados al comando de sus teclados fabricantes de sentidos inhumanos.

Lo evidente deja de serlo por imperio de la ceguera de los odios creados con la inaudita razón de la destrucción de falsos enemigos, convertidos en fetiches del rechazo generalizado, en símbolos donde aplicar todos los desprecios, con las furias que no les permiten razonar sobre el origen de sus propias desgracias. Millones de imágenes y textos repetidos casi al infinito, terminan por mellar cualquier mente no preparada para semejantes ataques, haciendo papilla lo aprehendido a lo largo de sus vidas, dejando al costado de una senda abandonada en busca de ridículos futuros, todos los conceptos que alguna vez formaron parte de sus sueños de sociedades solidarias.

Pero nada es absoluto ni ninguna acción puede evitar tener su reacción. Las armas (y las redes lo son) pueden ser utilizadas en ambas direcciones, con resultados tan opuestos como estemos dispuestos a obtener. Aun con semejantes poderes concentrados, manejando estos enormes dispositivos controladores de nuestras capacidades intelectuales, será posible vencerlos en esta “guerra” informática, si quienes todavía razonamos por encima de sus controles absolutos, encontramos la forma de establecer lazos de unidad inteligentes, concientizar a las mayorías destinatarias de semejantes ataques a sus almas y aplicar remedios tan astutos como demanden sus horrores enfermizos.

No es posible aceptar tanta inmundicia mediática sin levantar la voz. No es opcional posicionarse, ante estos energúmenos y sus mandantes, con la fuerza y la capacidad que solo brinda la acción unitaria y organizada de un pueblo concientizado. Porque es imperioso derrotar a los malditos hacedores de la miseria cotidiana, para llegar al cimiento mismo de esa obra deleznable que han construido los que nunca dejarán de hacernos daño, para desenterrar las vidas que nos robaron. Con redes o sin redes.

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